La Orquesta Sinfónica de Tenerife presentó un programa con obras de Mozart, Hummel y Beethoven, y al frente de la misma, se se subió al podio la directora rusa Anna Rakitina; contaron además con la presencia del trompetista español Manuel Blanco. Tal y como viene siendo habitual desde las últimas semanas, los protocolos sanitarios se llevaron de manera eficaz en el Auditorio lo que permitió que la seguridad y el disfrute estuvieran garantizados.

El concierto comenzó con la obertura de La flauta mágica, obra maestra de Mozart, que Rakitina enfocó con energía, prestando especial atención al ritmo y a los balances orquestales. Sus gestos fueron claros, rítmicos y eficaces. Faltó quizá algo de control en los acordes iniciales y claridad en las texturas, pero fue una buena versión en la que la orquesta mostró virtuosismo y conectó perfectamente con las indicaciones de la directora.

Anna Rakitina y Manuel Blanco
© Auditorio de Tenerife | Miguel Barreto

Manuel Blanco demostró ser un espléndido virtuoso de su instrumento que desborda musicalidad. El trompetista posee también una presencia escénica desenvuelta y encantadora. Su versión del agradable y muy bien escrito Concierto para trompeta y orquesta en mi mayor de Johann Nepomuk Hummel fue extravertida y jovial, sin perder de vista los momentos de mayor calma, aunque el segundo tiempo (Andante) podría haber sido aún más emotivo y variado. El tercer tiempo (Rondo), fue tocado con gran seguridad, incluso en los pasajes más complejos. En el primero (Allegro con spirito) supo ofrecer brillantez y variedad de caracteres. En conjunto, Manuel Blanco estuvo sobresaliente. Al éxito de esta versión contribuyó la magnífica dirección de Rakitina, eficaz tanto en los tuttis, con una espléndida prestación orquestal, como en la colaboración con el solista, con un magnífico entendimiento. Blanco ofreció dos regalos, obras de Piazzola y Falla, que mostraron los aspectos más líricos de este gran trompetista.

El solista Manuel Blanco y la Orquesta Sinfónica de Tenerife
© Auditorio de Tenerife | Miguel Barreto

La Quinta sinfonía de Beethoven es una de las obras más emblemáticas del repertorio orquestal, además de una piedra de toque para cualquier director. Rakitina (directora asistente de la Sinfónica de Boston y Dudamel Fellow con la Filarmónica de Los Ángeles) resolvió el desafío con una versión más que notable de esta obra. Siguiendo unos parámetros de tempi rápidos (y controlados), énfasis rítmico y control de los recursos orquestales; desde el primer momento consiguió mostrar un sonido orquestal muy cuidado. Ofreció un primer tiempo (Allegro con brio) enérgico, equilibrado y bien planificado, con atención a ciertos momentos especiales (como el solo de oboe). En el Andante con moto destacaron las frases bien hechas y los contrastes, aunque en algunos momentos se echó de menos algo más de tranquilidad y reflexión. El tercer tiempo (Allegro) fue tomado con mucha rapidez, pero Rakitina consiguió mantener el control gracias a su capacidad técnica, convenciendo especialmente en el trío central, con acentos variados y atención a la polifonía. La transición al cuarto movimiento estuvo muy bien interpretada. Todo el Allegro final resplandeció con un trabajo orquestal muy logrado y una interpretación desbordante. La orquesta respondió de manera efectiva a las indicaciones de la directora, tanto en el conjunto como en los detalles.

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