El Auditorio de Tenerife se vistió de gala para recibir a una de las estrellas del piano en la actualidad, el polaco Rafał Blechacz. Junto a la Orquesta Sinfónica de Tenerife y su principal director invitado, Víctor Pablo Pérez, nos ofreció su versión del Concierto para piano núm. 1 en mi menor, op. 11 de Frédéric Chopin. La velada se completó con la impresionante Sinfonía núm. 2 en re mayor op. 43 de Jean Sibelius.

Rafał Blechacz es un pianista de gran elegancia en sus movimientos, dominio técnico de muy alto nivel y gran convicción en sus interpretaciones. En la versión del concierto de Chopin que nos ofreció, pudimos observar varias cualidades notorias: sonido puro y muy cuidado, ausencia de sentimentalismos, un rubato muy moderado (casi ausente, a veces) o enfoque virtuosístico de algunos pasajes (tomados a gran velocidad), por ejemplo. Dio la impresión de que el pianista quería evitar a toda costa mostrar un Chopin enfermizo o excesivamente afectado, por lo que presentó un enfoque objetivo y moderno de la obra. Quizás se le podría haber pedido algo más de drama en el primer movimiento, y su visión general no será del gusto de todos, pero es indudable que es digna de conocerse, dada la calidad del intérprete.

El pianista Rafał Blechacz
© Marco Borggreve

Por otro lado, estas maneras contrastaron con el enfoque de Víctor Pablo Pérez, algo que ya se pudo observar desde la introducción del Allegro maestoso donde el director hizo muchos rubatos y, en las transiciones, jugó con los tempi de manera muy personal y notoria. Lo que podría haberse convertido en dos interpretaciones contrarias y enfrentadas no resultó así, sino que estas diferencias aportaron variedad a la interpretación. Además, Pérez acompañó muy bien al solista. Fue en este primer movimiento donde se notaron más algunas de esas diversidades, ya que en el segundo y tercero, las discrepancias estilísticas fueron menos evidentes. Así, la Romanza fue sentida y expresiva, con el pianista cantando con fluidez, dialogando con los solistas de la orquesta y mostrando un sonido muy bello; mientras que el Rondo fue tomado por Blechacz a un tempo muy rápido, pero sin perder el control y perfectamente acompañado por director y orquesta. Ante la insistencia del público, el pianista regaló una estupenda versión del Vals en do sostenido menor, op. 64, núm 2, de Chopin, en la que volvió a mostrar virtudes como calidad técnica, sutileza, intimidad, dominio del canto y otras muchas.

Para concluir la velada, Víctor Pablo Pérez y la Sinfónica de Tenerife ofrecieron una versión importante de la Sinfonía núm. 2 de Sibelius, prueba de fuego para el director y la orquesta. Estuvieron atentos a todas las demandas de la partitura y lograron mantener el interés durante toda la obra, algo que es especialmente difícil en los movimientos segundo y cuarto, en los que es muy fácil decaer y crear puntos muertos. El primero comenzó con un enfoque rítmico y pastoril, combinado con la atención a los diferentes matices y a las diversas secciones (magnífica sensación de misterio creada en el desarrollo). El segundo fue interpretado con fluidez y especial atención a los momentos dramáticos, que Pérez resaltó de manera ejemplar; mientras que el tercer movimiento no fue tomado demasiado rápido, lo que permitió resaltar muy bien la polifonía (aunque se podría pedir algo más de excitación). Excelentes el canto del oboe en el trío y la transición al cuarto movimiento, que fue enfocado con brillantez. Destacaron el brío de los metales y la suavidad de las cuerdas.

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