La Sinfónica de Tenerife presentó obras de R. Strauss, Ravel y Brahms en el último concierto de su temporada de abono 2020-2021, una velada atractiva desde diversos puntos de vista. El excelente director Antonio Méndez se despedía de la titularidad de la orquesta, después de tres temporadas en las que ha demostrado una calidad que lo coloca entre los más importantes directores españoles de su generación. Por otro lado, como solista, actuó el francés Pierre-Laurent Aimard, figura más que consagrada del pianismo internacional y una de las máximas referencias en obras de los siglos XX y XXI.

Antonio Méndez
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

Don Juan, op. 20 de Richard Strauss fue la composición que dio comienzo al concierto. Realmente un plato fuerte para empezar y que nos permitió disfrutar de una versión juvenil y llena de pasión, con el contraste de los momentos de remanso de la sección central. Se pudo pedir más control de los balances orquestales y algo más de cuidado en ciertas sonoridades, pero Méndez y la orquesta lograron convencer con muchos momentos de gran interés. La actuación de los solistas de la orquesta fue admirable.

Pierre-Laurent Aimard fue la estrella del Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel, una obra impresionante en la que el compositor francés consigue que la mano izquierda valga por dos, e incluso por más. Desde una visión de gran calado intelectual, pero al mismo tiempo expresiva y sin evitar el riesgo, Aimard nos llevó desde la ceremoniosidad de la primera cadenza, pasando por los pasajes líricos (muy bien cantados) a los ritmos influenciados por el jazz y culminando con la última y magnífica cadenza, donde el control técnico y de las dinámicas fue enorme. Una visión personal, con un sonido muy cuidado, que fue seguida admirablemente por Méndez y la orquesta, a los que solo se les podría a ver pedido algo más de refinamiento sonoro (en momentos puntuales) y un comienzo de la obra algo más misterioso. Excelente versión, en todo caso.

Pierre-Laurent Aimard
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

Pero fue en el Cuarteto en sol menor para piano y cuerdas op. 25 de Johannes Brahms, en orquestación de Arnold Schönberg, donde director y orquesta dieron lo mejor de sí. La labor de Schönberg no mejora la disposición camerística original, pero logra ofrecer perspectivas propias que iluminan diversos aspectos de la obra, algo que Méndez supo entender y realizar en esta magnífica versión, en la que volvieron a triunfar los solistas de la orquesta. Ya desde el primer movimiento (Allegro) destacaron el fraseo expresivo y el muy cuidado balance entre secciones e instrumentos solistas, aprovechando la experimentada orquestación. En el segundo (Intermezzo: Allegro) Méndez trabajó muy bien el control rítmico y los contrastes. El tercero (Andante con moto) fue intenso y muy bien cantado, con una minuciosa preparación de los clímax y un gran control de los matices más suaves. En el último (Rondo alla Zingarese: Presto), Méndez y la orquesta desplegaron la riqueza de la orquestación del inventor del dodecafonismo y mostraron especialmente bien algunas curiosidades instrumentales (como el uso del xilófono), además de adentrarnos en los ritmos y cantos de origen zíngaro, tan amados por Brahms. Lograron momentos de mucha emoción y el concierto concluyó de manera brillante, lo que supuso una gran despedida del hasta ahora director titular de la orquesta.

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