Es frecuente que los escenógrafos se inspiren en la cinematografía, pero en esta producción de Les Arts de Madama Butterfly dicha influencia podría ser doble. De lo que el cine aporta a la ficción hablaremos luego. En la vida real, la trayectoria de su regidor, Emilio López, se acerca a esas historias que nos han contado tantas veces; aquello del sueño americano. López es un profesional de la casa curtido desde abajo. Hace cuatro años Davide Livermore le encargó esta versión y, ahora, Jesús Iglesias le ha confiado la inauguración de otro curso difícil. La sala estaba llena y del resultado no encuentro mejor resumen que el que hizo una vecina de butaca al finalizar: “aunque la ópera es conocida no deja de ser sobrecogedora”.

Pinkerton (Marcelo Puente), Cio-Cio-san (Marina Rebeka) y Suzuki (Cristina Faus)
© Miguel Lorenzo | Palau de les Arts

Esto lo sabe López, cuya propuesta, gracias al pulido texto de Illica y Giacosa, ahonda en la interioridad de los personajes a la vez que señala de forma inequívoca que el crimen es machista y sistémico. El cónsul de los EE.UU., Sharpless, es consciente de lo que va a pasar. Al principio recrimina la actitud de Pinkerton, pero no impide el desenlace. Durante el primer acto, el regista envuelve este drama con un decorado de postal japonesa, en el que personas y fondo son todo uno. El movimiento teatral es conciso, bien pensado y trabajado. Por otra parte, López sitúa la acción en un momento preciso: el bloqueo de EE.UU. a Japón entre 1941 y agosto de 1945, después del lanzamiento de la bomba atómica en Nagasaki. Los efectos se ven en escena, convertida esta en una réplica de las fotografías que muestran la devastación. Solo el torii (arco de entrada a los santuarios sintoístas) se mantiene en pie, por lo que cobran mucha fuerza elementos simbólicos como las flores de primavera, que deberían dar la bienvenida al marino después de tres años de ausencia, el vuelo de una mariposa durante el coro a bocca chiusa (momento de bellísima factura y sonoridad) o el flashback proyectado en gran pantalla durante el “Intermezzo”. De este modo, el regidor se lleva a Puccini a su terreno, pero solo en parte: la luminosidad del tema de la noche de bodas da paso a la penumbra cuando vuelve a sonar al inicio de un segundo acto literalmente velado. Una tenue cortina, apenas perceptible, cubre el plano representando la ceguera de Cio-Cio-San, que aún espera que vuelva el teniente, quien, por un momento, al reaparecer al final, nos hizo dudar y desear que salvase a la protagonista.

Pinkerton (Marcelo Puente) y Cio-Cio-san (Marina Rebeka)
© Miguel Lorenzo | Palau de les Arts

Decía que la escenografía sobrepasó a la partitura en parte, y es que Puccini sabía de sobra accionar los resortes emocionales y psicológicos. Principalmente, con el uso del leitmotiv y de largas melodías incisivas e in crescendo, que el tutti orquestal replica después de oírlas en las voces. Fórmulas reiteradas posteriormente, incluso un tanto esclerotizadas en manos de algunos compositores modernistas, pero sumamente efectivas. Hay que añadir que el director musical, Antonino Fogliani, colocó los efectivos orquestales de forma que produjo una sonoridad muy atractiva: las cuerdas en el centro del foso (contrabajos incluidos), metales graves y trompetas a la derecha y trompas y maderas a la izquierda. Por ello, a veces, el sonido parecía crear un leve oleaje, que junto a una adecuada dosificación de las tensiones de las que hablaba, permitieron, por ejemplo, construir un emocionante final del primer acto.

Madama Butterfly en Les Arts
© Miguel Lorenzo | Palau de les Arts

No había sido así el inicio, cuando Fogliani cubrió las intervenciones de Marcelo Puente y Ángel Ódena con un exceso de decibelios. Para Puente esta circunstancia fue un hándicap, ya que, pese a su entrega, su sonido no consiguió sobrepasar la boca del escenario en muchas ocasiones, además mostró un timbre opaco y poco lucidor. Para Ódena no hubo obstáculo que le impidiese comunicar las diatribas de su papel al público, tanto en lo teatral como en lo vocal, desde su primera aparición por el fondo del escenario. Cristina Faus puso mucho empeño en la parte actoral, siempre atenta en el cuidado de Cio-Cio-San y valiente al enfrentarse a los hombres. Lució color bonito y expresividad. Pero, sin duda, el éxito fue de Marina Rebeka, quien derrochó matices tímbricos, caudal, agudo amplio y ductilidad. Fue una niña ilusa, una mujer convencida de que en Occidente las cosas se hacían bien, madre protectora y un tanto esperanzada, empero cansada y, finalmente, vencida. El resto del elenco resultó desigual, destacando el acertadísimo Goro de Mikeldi Atxalandabaso, al igual que los conjuntos, desequilibrados por lo comentado más arriba. Con todo, disfrutamos de una buena tarde de ópera.

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