La celebración del centenario del nacimiento de Leonard Bernstein en 2018 acarreó un considerable incremento de las interpretaciones de su música y, en algunos casos, la puesta al día de parte de sus títulos. Trouble in Tahiti fue uno de ellos. Una partitura asequible para centros formativos por su mesura en medios y breve duración, sembrada de escollos que, insospechadamente, pueden poner en más de un brete a los intérpretes.

Alejandro Sánchez (Sam) y Laura Orueta (Dinah)
© Miguel Lorenzo y Mikel Ponce | Les Arts

La Dutch National Opera, propietaria de la producción, adaptó entonces esta obra de tintes autobiográficos para su programa de jóvenes talentos desde una perspectiva posmoderna y poscolonial, fundiendo Trouble in Tahiti, escrita a principios de la década de 1950, con A Quiet Place, una secuela en la que aparecen los hijos de la pareja protagonista más de treinta años después. De este modo, el regista Ted Huffman añade a la historia del matrimonio formado por Dinah y Sam la presencia de Junior, un actor que no canta. No obstante, el matrimonio sigue hastiado y entre ellos continúa haciendo “poco calor”. Solo el exacerbado consumismo y las frecuentes visitas al psiquiatra (ella) o al gimnasio (él) enmascaran la situación. Ninguno de los dos encuentra un momento para acompañar al joven en una de sus actuaciones del instituto. Por tanto, este es quien paga las consecuencias. Como diría un psicólogo: trastornos emocionales, alguna que otra adicción e hiperactividad. La misma que sufre la escenografía en general.

Alejandro Sánchez y Laura Orueta
© Miguel Lorenzo y Mikel Ponce | Les Arts

La representación comenzó con la interpretación de dos partes de A Quiet Place, “Prologo” y “Postludio”, resultando las maderas agudas un tanto agrias en el primero y un primoroso Adagio el segundo. Un preámbulo añadido por el equipo de Les Arts. Mientras, los rostros de los protagonistas, rotos por las tensiones y falta de entendimiento, eran proyectados en una gran pantalla y el coro nos hablaba de verdad, familia y amor. El cine es otro de los elementos que incorporó Huffman. Al mismo tiempo que los intérpretes desarrollan la acción en un primer plano, el trío de jazz, caracterizado como clowns-mimos, simula grabar una película que se proyecta en el fondo del escenario. Una duplicidad incómoda, sobre todo, al pretender hallar la fuente sonora en la imagen y comprobar que se encuentra en cualquier otro lugar. La referencia cinematográfica deriva de la película de la que se burla Dinah en la sexta escena, Trouble in Tahiti. Un imaginario filme, considerado en su momento como simplista, exótico (lo dice la música) y alienador, tildado de “racista” en los rótulos que se incorporan en la proyección.

Escena de Trouble in Tahiti en Les Arts
© Miguel Lorenzo y Mikel Ponce | Les Arts

Los músicos y los cantantes eran conocedores de los obstáculos, empero no todos salieron airosos en su resolución. La parte musical, dirigida por Jordi Francés, tuvo la suficiente cintura para acertar en la siempre incómoda rítmica sincopada y acentuada a la contra, propia de la música americana. Además, contrastó el melifluo swinguear del trío (émulo de los conjuntos que cantaban anuncios publicitarios en la radio de la década de 1950, intención que se pierde con la mutación temporal) con las partes más marcadas de la orquesta. Además, cuidó los planos dinámicos, fraseó con gusto los pasajes líricos y obtuvo la tímbrica adecuada para cada escena, chispeante unas veces y oscura hacia el final. En el conjunto descolló la pareja formada por la flauta solista y la soprano, Laura Orueta. Haciendo un símil con la escena de la locura de Lucia di Lammermoor, ambas forman un dúo en el pasaje que transcurre en la consulta del psiquiatra, donde Dinah sueña con sentirse amada y tener un jardín: “Then love will lead us to a quiet place” (nótese que del final de este verso tomó Bernstein el título de la secuela mencionada). Se trata de un momento expresivo, en el que el unísono dificulta la afinación (otro de los regalos envenenados del autor). Orueta puso mucho cuidado para solventarlo con éxito y por añadidura lució un apreciable legato. Por el contrario, en el aria que desmenuza Trouble in Tahiti, “¡What a movie!”, no obtuvo tan buen resultado. Se necesitan altas dosis de comicidad y mucha agilidad para pasar de forma vertiginosa por un fox-trot, una marcha, un bolero y un beguinne con cambios vocales y expresivos incluidos (voz nasal, chillona, lírica, pomposa…), a lo que hay que añadir el incordio que supuso el exceso de elementos teatrales. Una verdadera locura. 

El trío formado por Mariana Sofia García, Xavier Hetherington y Carlos Fernando Reynoso
© Miguel Lorenzo y Mikel Ponce | Les Arts

A Alejandro Sánchez en la escena del gimnasio le sucedió lo mismo. En apenas unos segundos tuvo que introducir el slow blues final (séptima y última escena, aquí “Epílogo”) mientras se desvestía y se volvía a vestir. No obstante, mostró un sonido oscuro y un acertado estilo repetitivo y entrecortado, reflejo de su ensimismamiento. Tanto a Sánchez como a Orueta les faltó un punto más de proyección en algún momento, mas fluyeron en los diálogos como el de la cuarta escena, a tempo di Gymnopédie. El trío formado por Mariana Sofia García, Xavier Hetherington y Carlos Fernando Reynoso estuvo muy bien en el canto y superó con creces las numerosísimas tareas que le encomendaron. No era fácil. Carlos Francés cumplió también como actor, completando un título que podría parecer menor, pero que no lo es. Nada de lo que hizo Bernstein lo es.

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