Es curioso como el estreno valenciano de Iolanta, la última ópera de Tchaikovsky, ha generado dos relatos diferenciados aun partiendo de la misma persona: el director de escena Mariusz Treliński. El regidor lleva la acción a una cabaña a modo de casita de muñecas; con aire infantil, a pesar de las cornamentas que la adornan. Sobre ella se proyectan ramas o copos de nieve para transformar el escenario en una pequeña bola de cristal: un juguete.

<i>Iolanta</i> en el Palau de les Arts © Mikel Ponce & Miguel Lorenzo
Iolanta en el Palau de les Arts
© Mikel Ponce & Miguel Lorenzo

Y es que este cuento habla de la pérdida de la inocencia: “Sé mi maestro, soy joven, seré una alumna obediente.”, le dice Iolanta a Vaudémont cuando le pide que coja una rosa, precisamente, roja. El otro discurso incide sobre la ceguera y el confinamiento de la protagonista (de ahí la aislada cabaña) como símbolos de la marginación de Tchaikovsky por ser homosexual. Según Treliński, esta ópera es un canto a la diversidad. Sin embargo, esta narrativa del sufrimiento topa con la evidencia. En esta etapa, meses antes de que el ruso muriese por cólera, éste se sentía satisfecho, deseaba abordar sus proyectos y su orientación sexual era relativamente aceptada.

De Iolanta también se ha dicho que es una ópera de cámara, lo cual se refleja en una orquestación liviana en las primeras escenas, pero compleja hacia el final. De ella se encargó Henrik Nánási, quien comenzó con unas maderas un tanto gruesas. Incluso llegaron a tapar algunas voces. No obstante, cogió el pulso para apoyar la teatralidad del dueto entre Vaudemont y Iolanta y, sobre todo, para llegar clímax final en el que se alaba a Dios. Antes, cuando la princesa recupera la vista, los acordes de metales y el violín resultaron coloristas y estremecedores. La recurrencia al tema de la luz, solemne, sin demora en el tempo y bien explicitado, unificó las últimas escenas para resaltar el mensaje que contiene: quien no conoce la luz no puede amar a Dios. La cuerda sonó tersa, en los chelos hubo un atisbo de sacar algún pasaje similar a los de la Obertura 1812 y, entre los sobresalientes solistas, destacó el carnoso sonido del clarinetista Tamás Massányi que llenó la sala. De la misma manera brilló el coro.

Escena de <i>Iolanta</i> en el Palau de les Arts © Mikel Ponce & Miguel Lorenzo
Escena de Iolanta en el Palau de les Arts
© Mikel Ponce & Miguel Lorenzo

Lianna Haroutounian encabezó el elenco. Después de un inicio incierto mejoró notablemente su canto, caudaloso y timbrado, pero falto de matices. Tal vez, debido a su preocupación por encarnar correctamente a una discapacitada, como así lo expresó antes de la representación. La pareja de esquiadores que descubren a la joven, Valentyn Dytiuk (Vaudemont) y Boris Pinkhasovich (Robert), irrumpió en escena de forma llamativa. Ambos se complementaron bien: el primero construyó un pretendiente tierno y adornó su romanza, cantada con seguridad, con un interesante falsete filado final; el segundo mostró musicalidad, equilibrio sonoro y gracia. Vitalij Kowaljow cantó con empuje, volumen adecuado y buena proyección. Gevorg Hakobyan moduló su monólogo con intensidad y tensión crecientes (el mismo efecto que se percibió en la iluminación). El trío de enfermeras (Pinchuk, Zharikova y Syniakova) y el resto de papeles resultaron acertados.

A pesar de que Iolanta es poco programada, en este coliseo la hemos visto dos veces. La primera fue en 2012, en versión concierto, con los cuerpos del Teatro Real de Madrid y Teodor Currentzis. En esta ocasión, se recurrió a la escenificación en solitario de un cuento con moraleja: el conocimiento interior y el deseo de ver iluminan la oscuridad.

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