Decía el poeta Mark Strand que cada cuadro de Edward Hopper es una “invitación a construir un relato” con el que llenar los silencios que acumula. En ellos hay soledad, desencanto y melancolía. Fluctúan entre lo banal y lo profundo, lo espurio y lo auténtico. Lo mismo sucede con Leonard Bernstein, que era capaz de escribir pasajes hondos y vigorosos junto a otros absolutamente intrascendentes. Esta dualidad entre lo popular y lo culto marca la revisión de su producción, desde West Side Story a sus sinfonías, las cuales gozan de una consideración en alza. Serenade, after Plato's Symposium está entre lo segundo. Además, presenta un curioso paralelismo con Digresión filosófica de Hopper. En este cuadro aparece un hombre sentado en una cama, una mujer tumbada a su espalda y un libro de Platón abierto. Sin embargo, cuál es la clave: ¿Tan trascendente es la lectura? ¿O es una excusa que da pie al título? Humphrey Burton, biógrafo de Bernstein, duda de la profundidad de la relación entre El banquete platónico y Serenade. Para otros autores, la alusión sirve para mostrar la homosexualidad de la que hablan los griegos.

Christopher Franklin y Francesca Dego © Miguel Lorenzo
Christopher Franklin y Francesca Dego
© Miguel Lorenzo

En todo caso, este concierto es una página exquisita que merecía mejor acústica. La de este auditorio es árida y no facilita la apreciación de los colores del violín de la italiana Francesca Dego. Algo se pudo intuir en el inicio de “Fedro”, en el que una cuarta aumentada anuncia el tema de María en West Side Story, y en el pianísimo de “Agatón”, tan lírico como enérgico. Tras éste llegaría el clímax emocional, bien construido por Franklin y la solista. La orquesta estuvo atenta, lo cual no impidió que los pizzicati de “Aristófanes” resultasen confusos. Finalmente, Dego regaló una brillante “Obsesión”, preludio de la Sonata para violín, núm. 2, de Eugène Ysaÿe.

Precedió The school of scandal de Barber. Una clásica obertura de concierto en la que Christopher Franklin dejó al descubierto la herencia de Antonín Dvořák en el uso de temas populares nativos (como en los solos de oboe y corno inglés). La lectura fue grácil y de sonoridad empastada, aunque trompetas y trombones tuvieron algún que otro roce.

Como Hopper, West Side Story es un icono de la cultura occidental. Incluso las bandas de música han recurrido a ella muchas veces para demostrar cintura rítmica y expresión. Su carácter jazzístico y popular no fue ajeno a una Orquestra de la Comunitat Valenciana, precisa y exuberante. En el “Prólogo” arrancó con brío y el complejísimo “Mambo” resultó cálido en su justa medida, sin espurios exhibicionismos. Las trompetas, comedidas en los característicos shakes, trinos fortísimos y electrizantes en el registro agudo. Franklin, activo siempre, marcó con exactitud, moldeó la agógica con gusto, exigió carácter e indicó los detalles.

Ese mismo cuidado puso en Rodeo, de Copland. Una obra que bebe de la estética que Richard Taruskin denomina “neonacionalismo de pradera” de tinte folclórico. Este fue bien entendido por un conjunto dúctil, disciplinado y colorista en el que los solistas acertaron con el gracejo vaquero que el cine ha llevado al ideario común occidental. Porque, en definitiva, estas partituras mostraron los EE. UU. que tienden puentes y no muros infranqueables.

***11