Decía Sergiu Celibidache que el meollo de la interpretación se encuentra en la intención con la que se llena el espacio que hay entre una nota y la siguiente en una melodía o entre un acorde y otro en la armonía. En esta concepción fenomenológica de la música, las notas, los sonidos, son objetos ponderables (frecuencias) y es en dicho intersticio, el intervalo, donde se encuentra la subjetividad; el elemento que incide en la percepción del oyente, en la conciencia. En definitiva, es lo que en términos posmodernos se denomina emoción. Así, el debut de Javier Camarena en el Palau de la Música de Valencia, con sede temporal en el vecino coliseo de Les Arts, fue un magnífico ejemplo de este paradigma. El mexicano se presentó excusándose por la afección gripal que llevaba padeciendo durante toda su gira española. Avisó, además, de que la víspera había tosido considerablemente, por lo que intentaría seguir el programa prescrito y que de no verse capacitado cambiaría alguna de las piezas por “algo más ecléctico”. Pero, incluso en esta aparente improvisación, acompañada de continuos gestos de incomodidad del cantante por las condiciones de su aparato fonador, todo resultó milimétricamente calculado. “Me escucho como si pisara el acelerador al manejar y éste no me respondiera”, añadió con gracia.

Ángel Rodríguez y Javier Camarena durante el recital © Live Music Valencia
Ángel Rodríguez y Javier Camarena durante el recital
© Live Music Valencia

De las ocho páginas previstas solo se cayeron dos: la primera aria del protagonista de Riccardo e Zoraide fue sustituida por la de Ramiro en La Cenerentola, “Si, ritrovarla io giuro”, y la de Alfredo en el acto segundo de La traviata por el “Lamento di Federico”, de L'Arlesiana. Y pese a que el estado de salud del tenor le llevó a atacar alguna nota de forma abrupta y algún paso de registro resultó empañado, el conjunto fue excelente.

La intensidad creciente del recital fue vehiculada por un canto cautivador, en el que se percibió la profunda meditación que lo sustenta. Durante la velada, Camarena dio muestras de poseer un amplísimo catálogo de recursos con los que enriquecer, como decíamos, el tránsito entre nota y nota. La mayor parte de las veces, el sonido fue emitido desde la nada: límpido inicio de “M'appari tutto amor”, de la ópera Martha de Friederich von Flotow. De la misma manera, redondeó con mimo la conclusión de cada frase, como por ejemplo en “Salut! Demeur chaste et pure”, del Faust de Charles Gounod. En la segunda estrofa de la alborada “Vainement, ma bien-aimée”, de Le Roi d’Ys, incluyó ondulaciones muy sugerentes y en pasajes de fuerza, como el final de “Seul sur la terre…”, de Dom Sébastien, Roi de Portugal, se pudo constatar la presión diafragmática en la que se apoya tan caudaloso sonido. Al final de la primera parte, en la famosa “Ah! Mes amis”, apareció un bello color y, constantemente, el cuerpo colaboró con el elocuente fraseo. Como resumen de todo lo dicho, Camarena concluyó narrando el citado “Lamento di Federico”, o “È la solita storia del pastore”, desde la intimidad, con un falsete carnoso, afilados pianos y portando cada sonido al siguiente con la tirantez y direccionalidad justa para llenarlo todo de lo que Ernest Ansermet, otro fenomenólogo, denominaba tensión afectiva. Al piano, Ángel Rodríguez, no anduvo a la zaga: ora lírico, ora orquestal, casi siempre corpóreo y tridimensional.

Las armas de Javier Camarena quedaron en evidencia. Unas armas, a las que hay que añadir un acertado sentido constructivo de cada pieza, con las que demostró que su intención es comunicar, contar las historias de amor, desamor o soledad que rezuman en ellas para seducir al oyente. Este, en su subjetividad compartida y contagiosa, se vio arrastrado por un torrente emocional. Incluso en un formato tan previsible como el del recital, refugio de páginas operísticas olvidadas por los teatros, y en cuatro bises mexicanos y universales tan escuchados como "Valencia mía", de Agustín Lara, el huapango "Malagueña salerosa", la canción "Cielito lindo" y la ranchera "El rey", coreada por los presentes en fraterna y festiva comunión.

****1