Una multitud de intérpretes llena la sala. No está solo la orquesta acompañada de los cuatro solistas en el escenario; la bancada del coro está ocupada por nuestro Orfeón más internacional. Además, los asientos de las gradas posteriores no han salido a la venta y los llenan un centenar de voces masculinas adicionales. Y en las galerías laterales, hay un número aún mayor de voces femeninas. En total suman más de 500, y todo está listo para una representación espectacular del Réquiem de Verdi. Una interpretación en la que el tamaño, contrariamente a que se suele decir, lo será todo. Esta es la propuesta del evento participativo que la Orquesta Filarmonía y el Orfeón Donostiarra han organizado para el cumpleaños del compositor.

La Orquesta Filarmonía, el Orfeón Donostiarra y el coro de refuerzo © Orquesta Filarmonía
La Orquesta Filarmonía, el Orfeón Donostiarra y el coro de refuerzo
© Orquesta Filarmonía

Por número, por intención y por sus cualidades, el coro fue el absoluto protagonista de esta interpretación. El director José Antonio Sainz Alfaro y Nuria Fernández, la responsable de los más de 400 extras, realizaron un trabajo notable de integración en esta formación efímera. El reto es considerable y el conjunto funcionó bien como una unidad: las entradas y dinámicas realizadas adecuadamente coordinadas e, incluso en los momentos más polifónicos, sin sensación de pérdida. El fragmento de referencia para un conjunto así es por supuesto el célebre Dies Irae, que por una idea original de Verdi funciona como un ritornello que se repite hasta en cuatro ocasiones. En todas ellas la intensidad vocal se exhibió atronadora e imponente, aunque solo en la última se pudo adivinar algo de la sensación de terror que el día de la furia debe traer consigo. Y es que el tamaño de un conjunto y la intensidad de las emociones que transmite, no siempre van parejos.

Con tal cantidad de músicos a la vista, en todas direcciones, el espectador se encuentra en una posición inversa a la que le es habitual. Desde el patio, esta disposición recordaría a la situación surrealista de un espectador que saliera al escenario para que una sala entera de músicos interpretara desde las butacas solamente para él. Esto contribuyó a crear el momento más insólito y evocador de la velada, el Sanctus. Delicadamente ejecutado, con su estructura en fuga y las voces entrando desde diferentes puntos cardinales, consiguió generar una original sensación de extrañeza por la pérdida del sentido espacial, algo poco frecuente en una sala de conciertos.

Las voces solistas no se han confiado en esta ocasión a grandes estrellas. Y desde la presentación del cuarteto principal en el Kyrie, se pudo comprobar el reto que para ellos supone enfrentarse a esta obra. Cada uno lo superó a su manera, y con diferentes grados de éxito.

La soprano Amanecer Sierra posee un innegable carisma, un interesante uso de las dinámicas y, sin duda, la voz más grande del conjunto. Siempre exhibiendo la fortaleza de su instrumento e imponiéndose incluso al coro a plena potencia, fue de menos a más, desde unas intervenciones de carácter lírico donde estuvo algo incómoda –un fiato algo corto provocaba que la respiración interrumpiera la línea de canto– a unos movimientos finales verdaderamente emocionantes. Fue especialmente acertado el Ofertorio y sobre todo, su intenso Libera me, dramatizado, interpretado a modo de heroína verista, que supuso el momento más conmovedor de toda la representación. La mezzo Ainhoa Zubillaga es un claro contrapunto a Sierra, una voz más recogida, de color homogéneo en toda la tesitura y buen fiato. Ofreció una interpretación honesta, con escasas dinámicas vocales, pero siempre cargada de emotividad y patetismo. Al tenor venezolano Carlos Silva se le notó apurado durante toda la representación; posee sin embargo un bello timbre, buen gusto e intención elegante en el canto. Más completa fue la actuación del bajo Francisco de Santiago, asentada en un centro sólido, un atractivo color de resonancias cavernosas y excelente dicción.

El director del Orfeón Donostiarra, reconvertido a director de orquesta para la ocasión, dirigió con tiempos estrictos y seguridad, tanta que en alguna ocasión abandonó el podio para darse un paseo, muy ufano, entre la orquesta. Las cuerdas funcionaron bien como acompañamiento aunque sin momentos de protagonismo, hubo detalles delicados en las maderas, y los metales resonaron con más brío que brillo en el Tuba mirum, una vez más colocados en esa distribución multidireccional que confunde el sentido del espacio.

Y en definitiva, el ensamblaje de todos los elementos produjo un espectáculo grandioso en algunos momentos, evocador e hipnótico en otros, pero en general, algo falto de emoción. Estas iniciativas son cuando menos interesantes. Acercar la obra de arte al público, sacarla de su posición de objeto inaccesible de museo, es una constante en el ámbito de la creación artística. Una manera de hacerlo sería, como hizo Verdi, añadir a una sagrada Misa de réquiem unas buenas dosis de espectáculo teatral y dramático. Y otra, invitar a cuantos cantantes quieran a unirse a una multitudinaria ceremonia colectiva, en la que lo importante es participar.