Han pasado años desde que Humet finalizó su obra Homenaje a Martha Graham (2006-13), de la que nacería un ciclo orgánico de vertiente intimista, que acabó por convertirse en un llamamiento a la interioridad del ser humano, a su pulsación más primitiva, y definitivamente, se convirtió en una obra en la que su planteamiento y complejidad iba mucho más allá de lo escrito en el pentagrama. La composición es el resultado de la transfiguración de los poemas de Mario Lucarda (Voltereta en el aire, 2002), que le serviría como fin para dar voz a su proyecto en conmemoración a Martha Graham, figura fundacional de la danza moderna. El punto de encuentro entre Graham-Humet-Lucarda se da en los conceptos de retracción en sus obras, la abstracción que muestra una mirada interior en el humano, la consciencia del entorno que le rodea y, ante todo, la voluntad de querer investigarlo. Humet tomó ese punto de encuentro para la creación estableciendo un diálogo entre música y danza, y en el que el espacio pasaba a ser un lugar en el que ambas disciplinas proponían un juego de preguntas y respuestas entre ellas. La música pregunta y el movimiento responde, la forma se presencia y el sonido la envuelve. Todo se basa en una única idea que forma el eje vertebral del planteamiento del homenaje: la de encontrar lo esencial en el sonido y el movimiento.

La bailarina PeiJu Chien-Pott © May Zircus
La bailarina PeiJu Chien-Pott
© May Zircus

Homenaje a Martha Graham cuenta con una serie de nueve canciones (sobre los poemas de Lucarda) para piano, en los que se van intercalando pequeños interludios llevados a cabo por un cuarteto de percusión y donde el trabajo corpóreo de la bailarina solista se muestra a su vez, acabando de hilar el discurso entre las piezas musicales y la danza. Uno no consigue saber quién alimenta a quién en esta premisa, donde dos mundos aparentemente antagónicos se presentan y acaban por fusionarse sin saber del todo bien cómo. Pero algo deja claro, y es que se trata de una celebración (meditativa, eso sí) donde diferentes campos del arte contemporáneo se articulan para llevar a escena este viaje sonoro. La composición se va desplazando entre dos dimensiones, pues; una primera línea de voz para piano, y una segunda puramente instrumental, acompañada de la parte danzada. Dejó ver, además, cómo se da ese fenómeno camaleónico encontrado en la partitura, mostrando la interacción entre instrumentos acústicos, por un lado, y el traspaso a mecanismos electrónicos de seguido. Mestizaje sonoro de primera línea.

PeiJu Chien-Pott en el centro del escenario rodeada por el resto de intérpretes © May Zircus
PeiJu Chien-Pott en el centro del escenario rodeada por el resto de intérpretes
© May Zircus

La envergadura de esta obra, coproducida por l’Auditori y el Centro Nacional de Difusión Musical, contó con un equipo magistral para su demostración. Sarah Maria Sun fue la soprano encargada de interpretar los temas compuestos a partir de las obras de Lucarda, con una tentativa sprechgesang; la calidad y potencia de su voz demostró por qué es una de las sopranos más buscadas en la escena musical contemporánea. Su versatilidad en la interpretación de las piezas la compartió con Alberto Rosado al piano, que demostró estilo y agilidad, e incluso en algunos momentos la partitura le permitía tener momentos solistas. En un segundo plano, Humet contó también con la coreógrafa y actual directora de la Martha Graham Dance Company, Virginie Mécène, encargada de llevar la expresión del cuerpo y el movimiento al epicentro de la escena. Para ello, la bailarina principal de la compañía, PeiJu Chien-Pott, desplegó su heterogénea capacidad en cada una de las piezas representadas. El ensemble que dio vida a las partes coreografiadas fue Neopercusión, un cuarteto de percusionistas madrileños que trabajan con elementos I+D, acompañados de una puesta de escena audiovisual. Finalmente, y no menos el deslumbrante, fue la aparición de Kaoru Kakizakai, maestro del shakuhachi (flauta japonesa hecha de bambú), quien conectó ambos mundos y sus dimensiones. Ejemplo claro de la calidad en la escena musical contemporánea, en que las grandes salas de la ciudad empiezan a llenar sus temporadas con más ensembles y apuestas de obras de nueva creación. Necesario a la vez que lógico. La confluencia de estilos, vertientes y conceptos en obras musicales que desarrollan artistas como Neopercusión (dejando de lado a Humet y a coetáneos de renombre), ya son casi de visionado obligatorio en nuestros días. Cierto es que para gusto colores pero, ciertamente, en pocas obras se encuentra la manera de resolver la complejidad conceptual y musical planteada en este proyecto y lograr que una pieza acabe dándose tan evidentemente natural y orgánica.

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