Jordi Savall puso punto y final a un viaje beethoviano iniciado hace años. Después de la integral sinfónica, la Misa solemnis en L’Auditori representó el desenlace de una dedicación casi plena a las partituras del de Bonn en estos últimos años. Acompañado por los instrumentos de Les Concerts des Nations y la coral de la Capella Nacional de Catalunya, abordó la titánica grandeza de una de las más grandes obras. Más que la disposición, la estructura o la forma de esta cumbre sinfónico-coral, lo realmente  sugerente de todo el ejercicio fue la introspección mostrada por todo el conjunto; un estado unitario del tejido musical, lleno de complicaciones y virtudes, donde la importancia final fue la transcendencia conseguida. Vislumbró la parte más genuina, el alma que alberga la pieza.

Jordi Savall al frente de Le Concert des Nations y La Capella Nacional de Catalunya
© May Zircus | L'Auditori

Dicho por el propio director oriundo de Igualada, es “una de las escrituras más imposibles escritas, pero a la vez una de las más mágicas”. Y con esta declaración, dispuso una lectura desde la reconstrucción de un mundo en clave de misterio y arquitecturas musicales enormes. El maestro interpretó la Misa con una maduración que sólo el trabajo y el tiempo logran; sensibilidad y meditación, resultado de años de estudio y un inmenso trabajo analítico detrás, que acompaña y certifica que este monumento musical. Por primera vez, Savall dirigió una pieza inmensa y difícil de enfrentar. Con un compuesto de calidad entre los integrantes y con una intencionalidad por el sonido original de Beethoven, partiendo de todas sus anotaciones, orquesta y coro lograron un sonido refinado y un auténtico acercamiento a los preceptos contemplativos del ideario musical. Partiendo de estas premisas, el conjunto trabajó la amplitud temática, los juegos melódico-rítmicos y atenta a la dificultad de las articulaciones.

Jordi Savall acompañado por solistas y conjuntos al término de la interpretación
© May Zircus | L'Auditori

Con una paulatina combinación entre música y voz iniciada en el Kyrie, se empezó a erigir una masa acústica reverencial; de tesitura feroz para el coro, con líneas amplias, y para un cuarteto solista algo desigual en expresión, aunque sabedores en los tempos de Beethoven, atajaron ya las primeras complicaciones en las dinámicas. En el Gloria predominaron los contrastes, y la complicidad entre coro y orquestación, destacando los metales en ímpetu, en las líneas vivaces de la sección. Marcados en carácter fortissimo, las variaciones tonales dibujaron las primeras transiciones con relieve hacia un Credo, en el que las frases agudas y los trazados incómodos fueron solventados por una masa coral apoyada en lo orquestal, destacando un especial esfuerzo en las cuerdas y los vientos en los finales fugados. En el preludio del Sanctus se exhibió un dominio cromático y la delicadeza que comporta; principalmente, esta parte fue dominada por la responsabilidad y el brillo del violín solista de Lina Tur Bonet, quien estableció un diálogo de alturas completo entre solistas y coro. La fuerza polifónica en la unidad, logrado a base del combo entre interludios, diversidad expresiva y el uso de silencios, entre otros, se mantuvo hasta el conclusivo Agnus Dei; con el final de esta personal dimensión litúrgica, el lirismo sombrío del conjunto enfatizó el dramatismo final hasta llegar al estallido jubiloso, con una solidez musical inherente.

El último ataque enérgico, loado, por una conducción que fue de principio a fin contundente, espiritual y plenamente introspectiva, contando una conclusión fugada que amasó todas las intencionalidades de Savall. El reclamo final del público constató que las facultades tanto instrumentales, corales y directivas lograron interpretar una Misa solemnis categórica y desbordante. Un viaje desde el alma, que vuelve al alma.

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