Lo de anoche fue una incongruencia. No solamente la radicalidad de esta Bohème destacó, sino también el criterio de cierto público que pareció no saber apuntar bien la escopeta que cargaba. Una producción del Teatro Regio Torino firmada por el furero Àlex Ollé, levantó una vesania inmerecida hacia su trabajo y su equipo. Para entender la problemática (si es que la hay), nos debemos situar en una lectura de La bohème fiel al libreto, pero de sacudida dramatúrgica importante. No tanto por lo que planteaba la escena, sino sacudida en términos expresos. El mundo de miseria en el que viven los protagonistas, donde siempre hay un hueco para la esperanza, es un fiel reflejo del aquí y del hoy. Montmartre no es un barrio de fantasía; es un suburbio. La pobreza energética no es cosa del romanticismo; es una realidad. La marginalidad no es bohemia, es un hecho.

Roberto de Candia (Marcello) y Atalla Ayan (Rodolfo)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

La propuesta escenográfica de Alfons Flores presentaba una profusión de andamios en todo el escenario siendo el casi único elemento estructural en escena, recreando la silueta de unos edificios cualquiera, en el que se encontrarían los habitáculos de los personajes y se desarrollaría la acción. Un trabajo bordado en la iluminación por Urs Schönebaum y un vestuario de Lluc Castells resolutivo, esbozaron la atmósfera vulnerable del barrio parisino de Henry Murger, romantizado por Puccini y actualizado ahora, por Ollé, a suburbio parisino en el que no solamente residen artistas enamorados, sino que el retrato y la crítica social están presentes. Un espejo incómodo quizás para algunos, en el que la pobreza multicultural, los sintechos o los manteros están en primera línea de batalla unidos por la supervivencia, y en el que no se encuentra ni un ápice de romanticismo estético. Un contraste acentuado por unos protagonistas que se buscan la vida como sea para poder comer y pagarse un alquiler (compartido, por supuesto), camuflando la inestabilidad económica y la incertidumbre futura con los placeres de la juventud y del momento, sin dejar de tener esperanza en un porvenir... ¿Nos suena? El eje dramático justo se encuentra en esta conexión circunstancial de la miseria ocultada en la juventud; el planteamiento funciona, consiguiendo unir a los jóvenes de Puccini con los jóvenes de ahora, los de la generación baby boom. 

Anita Hartig (Mimì) y Atalla Ayan (Rodolfo)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Este mismo factor se volvió a encontrar curiosamente en el reparto formado por un equipo bastante joven; conducido por la batuta de Giampaolo Bisanti, quien estuvo cuidadoso en el detalle y la descripción de los momentos más líricos, y que también resolvió con buena mano los instantes de más alcance dramático. El brasileño Atalla Ayan asumió un Rodolfo sin muchas sorpresas. Su canto estuvo nivelado, pero con falta de proyección, cosa que le hizo perder presencia y se supeditó a la clara ventaja en protagonismo de su compañera. La soprano Anita Harting en el papel de Mimì regaló momentos de auténtica brillantez, de los que destacó su “D’onde lieta uscì”. Toni Marsol fue el barítono que dio vida a un excéntrico Schaunard; el bajo Goderdzi Janelidze a Colline y otro barítono en la piel de Marcello, Roberto de Candia. Siendo francos, no hubo equilibrio de fuerzas entre el reparto. Las voces masculinas de Ayan y de Candia estuvieron por debajo de Harting durante toda la obra y la moldava Valentina Naforniță, como Musetta, se mostró cómoda en la interpretación y demostró una amplia flexibilidad de agudos y rapidez en los cambios de registros. El reparto masculino fue deficiente en asumir las necesidades musicales que requería la partitura... y fueron, paradójicamente, a quienes más se ovacionó. A propósito de lo de la incongruencia del inicio.

El entorno donde se desarrolla La bohème
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

La lectura musical de Bisanti sobrellevó la situación con una dirección marcada por la producción de las líneas líricas, recreándose en la parte descriptiva y marcando las direcciones cromáticas. La voluptuosidad del trato de las armonías ayudaron a presentar la atmósfera fría, sensible y achacosa que resolvería la narración con la muerte final. Destacó precisamente el último acto en cuanto a intensidad orquestal y precisión teatral de la partitura, expresando los motivos de la enfermedad con gran lirismo. La obra contó con una pequeña intervención del Cor de Cambra del Palau de la Música y Cor Infantil Amics de la Unió, llevando a cabo la escena del Parpignol.

Escena final de La bohème
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Un mensaje del presente por jóvenes del pasado. Definitivamente, esta Bohème es una producción brillante y sensible dedicada a la juventud, a pesar de haber tenido que toparse con la negativa del tradicionalismo extremo de una parte de los oyentes. Es importante saber elegir bien los títulos, pero más importante es contextualizarlos y dotarlos de sentido en la actualidad. Y, sobre todo, respetar el trabajo bien hecho aunque no guste. A los que abuchean, les invito a la reflexión. Mientras, algunos seguimos aplaudiendo. 

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