Ya desde el comienzo, el anuncio de un Il trovatore para abrir la temporada operística del Gran Teatre del Liceu con dirección de Gustavo Dudamel y una Anna Netrebko en la primera fila, causó expectación. Verdi, Dudamel y Netrebko fueron las palabras mágicas para que los incondicionales de la casa fueran a hacerse con entradas para este acontecimiento; precios de escándalo, por cierto, que muy seguramente justificaba más el coste de tener a la diva rusa en escena más que por el director venezolano. Pero el batacazo vendría pocos días después de la noticia, en la que la misma Netrebko cayó del programa a causa de una neumonía después de haber contraído la covid-19. Lo dicho: batacazo para el teatro en su inicio de temporada, para su público y sobre todo para sus bolsillos.

Los solistas y el Coro del Liceu durante la interpretación de <i>Il trovatore</i> © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Los solistas y el Coro del Liceu durante la interpretación de Il trovatore
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Era la primera vez que Dudamel representaba esta ópera y la primera vez que pisaba el Liceu; doblete inaugural que no dejó a nadie descontento. Con una orquesta entregada a la garra y entusiasmo de la batuta del venezolano, la dirección fue dada brillando en los detalles, con fuertes contrastes, llena de minuciosidades y originalidad a la hora de resaltar los colores de la partitura. Que la vitalidad melódica es un rasgo innato de Dudamel es algo más que sabido y hablado, pero uno ha de experimentarlo para saber realmente lo que es. En esta ocasión, su trabajo comunicativo con el foso orquestal se resolvió en toda la capacidad melódica verdiana que requería el certamen. Tanto el coro femenino como el masculino fueron la otra fuerza motora con la que contó el director, preciso y medido, y haciendo de la mascarilla ya algo mundano en esta nueva etapa.

El director Gustavo Dudamel © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
El director Gustavo Dudamel
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Fueron estos los apoyos consolidados con los que contó Dudamel, llegando a un alto grado resolutivo. Ahora bien, el reparto para esta ópera verdiana fue algo irregular. Se oye siempre que para Il trovatore se necesita llamar a los mejores cantantes a fila para llevarla a cabo. Con la ya mencionada caída de cartel de la soprano Anna Netrebko, la sustitución a contrarreloj fue la norteamericana Rachel Willis-Sørensen, quién debutó en el teatro con esfuerzos. Claramente, es un reto para cualquier soprano ser la sustituta de Netrebko, y Willis-Sørensen no lo tenía fácil; además, se le debe añadir que el rol de Eleonora exige de una técnica muy establecida para hacer frente a la intensidad, la expresividad, el dramatismo y la agilidad del papel. Pese a tener una voz bella, con cuerpo y con un desarrollo de los armónicos adecuada, el personaje de Eleonora le quedó grande y con alguna dificultad para llegar a interpretar a pleno rendimiento todas las exigencias, poniendo como ejemplo algún que otro agudo mal colocado o el esfuerzo en poder llegar a los graves. Con amenazas, pero no haciendo peligrar el rol que representaba, la americana salió del paso. Cabe preguntarse también, sin que sirva de justificante, si esto se debe a que viene de una Traviata muy reciente en Burdeos. Eso sí, su posición distante y la casi total falta de interpretación fueron claros factores que sumaron en su contra.

Ludovic Tézier © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Ludovic Tézier
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En el papel de Manrico, se encontraba un Yusif Eyvazov algo desubicado. Otro reto para el tenor, que se enfrentaba a uno de los papeles más difíciles en el mundo verdiano, y en solitario, ya que no contaba con la habitual presencia de su consorte Netrebko en escena. Se le vio tenso y con un tono monótono, en el que hubo ratos en que también le costó llegar a los momentos más inspiradores de la obra. "Di quella pira", la reina cabaletta para los spinto, también quedó algo reducida en belleza por una proyección poco precisa. Sin duda, fue el barítono Ludovic Tézier quien se convirtió en la estrella, con su bordada interpretación y ejecución de un Conde de Luna limpio, resolutivo y creíble. El francés mantuvo un rigor equilibrado durante los cuatro actos, sin rebajar la potencia ni el tesón que le marca el personaje.

La mezzosoprano Okka von der Damerau, metida en la piel de Azucena, tampoco resultó ser rotunda. No es por falta de calidad ni de belleza en su voz, pero impera la necesidad de un temperamento y un recorrido en el repertorio dramático de Verdi para llegar a dominar el papel; a Damerau le faltó eso, y la indiferencia en la interpretación, de nuevo, fue el detonante para que sus aptitudes fuesen pasadas por alto. El punto intermedio en esta plantilla fue la presencia de Dmitry Belosselskiy como Fernando; la tarea del bajo fue segura y contundente e hizo de contrapunto entre las voces.

Se recordará el nervio y júbilo de Dudamel para este Il trovatore. Sin duda, se llegará a oír a otro elenco mejor en otra ocasión.

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