Las notas de Wozzeck son una denuncia. Un mensaje crudo, una crítica sin filtros. El antimilitarismo es el inicio y el final de una obra que transita por todas las brutalidades de la condición humana, llegando a ser atemporales, y en el que cada acción es motivo de reflexión de su condición. Alban Berg compartió el contexto de guerra del protagonista, siendo testigo de los atropellos a los que son abocados las víctimas de un conflicto bélico. Conflictos que se repiten una y otra vez. Wozzeck es la Primera Guerra Mundial. Y también la Segunda. Y Sarajevo, y Johannesburgo, y Ucrania. Una ópera radical en su lenguaje que a día de hoy todavía cuesta atraer al público que se merece. Pero el Gran Teatre del Liceu volvió a dar una lección de coherencia y legitimidad del buen trabajo. Una de las mejores producciones liceístas del año junto a Pelléas et Mélisande, sin duda.

Escena de Wozzeck en el Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Venida del Festival de Salzburgo, esta producción cuenta con la dirección artística del gran William Kentridge, artista que confluye la estética expresionista con un compromiso social en una narrativa formada por proyecciones y austeridad en puesta escénica. El arte del horror no deja un rincón sin habitar; el contexto de la explotación, la violencia, la miseria y la alienación como punto álgido del drama de este soldado, reducido a objeto por los abusos y presiones, hace que la vorágine autodestructiva se centre en inmortalizar una imagen interna y mental de un mundo desolado y psicótico. El uso del lenguaje visual de Kentridge consigue retratar, y de qué manera, la idea central: agudizar el progresivo deterioro del soldado jugando con la ambigüedad de las secuencias animadas, que unen la identidad del protagonista con la del propio Kentridge, quien no duda en enlazar las heridas del apartheid con las del protagonista, manteniendo la agresividad con dibujos simbólicos y expresivos. Las imágenes son el lenguaje de esta producción.

Matthias Goerne (Wozzeck)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La deshumanización logra ser subrayada por un escenario grotesco, hecho a partir de deshechos, tarimas, puentes y escaleras (firmado por Sabine Theunissen), y donde las proyecciones de fondo funcionan a nivel representativo del escenario del momento de la historia y/o asociaciones mentales y mundo interior del protagonista. Siendo este último mucho más grande que el físico, ya que los espacios escénicos se presentan como miniaturas de los diferentes niveles de su realidad. Todo sin necesidad de movimiento ni cambios, con una iluminación de Urs Schönebaum que consiguió los efectos más intimistas. Una solución prolífica en la que la producción ocurre dentro de la proyección, con una mirada política y espeluznante.

Matthias Goerne (Wozzeck) y Peter Rose (Doctor)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En cuanto a reparto, Matthias Goerne daba vida a un Wozzeck intenso y controlado; siendo uno de los cantantes de su generación más cualificados, el barítono dominó el personaje con una proyección y fortaleza en la voz muy equilibrada. Sus líneas musicales invitaban a explotar las posibilidades del sonido y mantuvo una continua variación en ello. Contó con Annemarie Kremer como Marie, quien se estrenaba en el teatro catalán, haciendo de su versatilidad vocal una herramienta de contrapeso y aportó matices a sus líneas más lírico-dramáticas, especialmente en el segundo acto, destacando la vertiente más clásica con la explotación de los recursos atonales. Una combinación protagonista de diez, complementada por la figura del Capitán en Mikedi Atxalandabaso; este mostró dominio en los detalles sinuosos, aportando variación en su perfil de tenor trágico. 

Annemarie Kremer (Marie)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En un rango por debajo, Peter Rose daba vida al Doctor, quien en algunas ocasiones le faltó proyección, y un Torsten Kerl en el papel del Tambor Mayor, de presencia y siguiendo la línea de juegos armónicos del resto del reparto. Josep Pons dirigió una orquesta pulida en detallismos, dando muestra de las horas de trabajo; el director catalán domina el repertorio y se nota que está a gusto en él. El tratamiento forzosamente sórdido de la partitura atonal fue envuelto por una ligereza aportada, en el que se destacó el equilibrio entre lo exasperante de las líneas y la templanza en la interpretación, dando un especial trato a la sección de metales. Intensidad repartida en todas las formas musicales de la obra, así como en las escenas individuales y en la diversidad de los caracteres. Una paleta de colores orquestales clara para la representación de unos estados anímicos complejos, restringidos en efectos y con texturas y sutilezas que pasan a ser atmósferas. El equilibrio de voces e instrumentos, sobre todo en los registros bajos, combinaron con la aspereza del dibujo de Kentridge, complementándose lenguaje musical y material en una forma encarnada del horror.

Un espectáculo ovacionado, necesariamente, por su coherencia en la interpretación del mensaje y por el trabajo impecable en una partitura exigente. El mensaje de Wozzeck se ha forzado al máximo. El horror es lo que es, y se debe de enseñar como lo que es.

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