No solamente las entradas se agotaron a días de que se supiese que Philip Glass volvía a Barcelona, sino también las dudas. Su consagración entre el público más amplio ya es un hecho. Por fin. Pese a que los esquemas los rompió a finales del siglo pasado, su repertorio cuesta que entre en las salas de las grandes instituciones de la música del territorio nacional y continúa viéndose de reojo su obra, aceptada con algo de escepticismo.

<i>Einstein on the Beach</i> en el Palau de la Música © Antoni Bofill
Einstein on the Beach en el Palau de la Música
© Antoni Bofill

Pero Einstein on the Beach es un tótem, una mole sonora que no deja a uno igual. Con o sin detractores, no se puede negar la evidencia de que Glass y su obra constituyen el paradigma de la música minimalista más primitivo. Bien lo llegaron a demostrar en un Palau repleto, a través del arrastre sonoro de casi cuatro horas (en versión concertística en esta ocasión) que llevó a cabo el Ictus Ensemble y el Collegium Vocale Gent, impecables en concepción y desarrollo. Despliegue de potencia para todo el conjunto en toda la realización, donde resaltó la capacidad de la doble dirección al mando: Georges-Elie Octors y Tom de Cock. También colaboró Suzanne Vega como narradora y figura collage, replegando a todos los personajes del ideario originario de Glass-Wilson en una sola presencia, pero de poco valor sustancial para la dramaturgia de la obra. La pieza se constituyó como obra arquitectónica que cobija en su interior una amalgama de referencias a diversas disciplinas como la pintura (esa acumulación de motivos breves, repetitivos con pequeñas variaciones y con aumentos y descensos, que recuerdan a los lienzos impresionistas), la danza (el movimiento incesante de los bloques sonoros de la narración) o la arquitectura (un enorme esqueleto musical con diversos elementos decorativos).

Los componentes del conjunto Ictus Ensemble y la coral del Collegium Vocale Gent hicieron una demostración de tesón y genialidad; lograron que la pieza no flaquease en potencia, llevándola a cabo con una apuesta convincente y auténtica que haría, sobre todo a la parte coral, la protagonista absoluta y culpable de inducir al público en una hipnosis. El coro (amplificado) en el centro y la disposición de dos organistas (sintetizadores a la vez), saxofones, flautas, clarinete y, cómo no, el violín solista (¡Einstein!) crearon una sola forma híbrida y compacta, a pesar de su inclinación natural a la metamorfosis sonora constante.

Aunque el planteamiento de la obra fuese puramente musical, el concepto escenográfico de Germaine Kruip se presentaba como un espacio efímero, una edificación hecha de luz que inducía a pensar que se contemplaba más una instalación contemporánea que un conjunto musical. Fugacidad de las luces que componían y descomponían la escenificación a cada knee play, y que evocaba la idea de la relación entre tiempo y espacio y cómo la cavidad de la luz da forma al concepto. Línea de trabajo muy interesante que casa perfectamente con la voluntad de Glass en esta obra. La parte negativa, bajo la óptica del espectador, se encuentra quizás en el abuso de esa capacidad lumínica que desprendían los cañones y los espejos encontrados en escena, que se proyectaban directamente sobre la vista del público llegando a resultar algo molesto en algunos momentos. Eso y un pequeño problema técnico en el inicio sería lo único destacable en cuanto a lo negativo de la velada (dejando de lado un público que no acabó de entender eso de la flexibilidad de acceso a la sala con respeto hacia intérpretes y espectadores).

Einstein on the Beach resultó ser un acto musical, hipnótico, mántrico, incluso espiritual y excepcionalmente vital. La belleza se encontró en su contenido encriptado, en la capacidad de transformar lo inconexo en un todo unitario con sentido. De evocar la idea de que la música puede transformarse en un lugar. Quien espere afecto o grandilocuencia, que no siga. Esta pieza pide dejarse atrapar por aquello inteligible. Pero aviso a los escépticos: no dejarse tentar por el pentagrama de Glass es casi como no querer dejarse tentar por los destellos de la Sainte Chapelle o por las pinceladas de un Monet.

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