Como si no existieran barreras para transitar entre el pasado y el presente, el ensemble suizo Der Musikalische Garten (El jardín musical) se dispuso en el escenario de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y con absoluta naturalidad le dio vida a la música barroca y le regaló al auditorio un auténtico viaje al pasado desde la perspectiva y el conocimiento del presente.

La primera obra, el Trío sonata en re menor de Georg Philipp Telemann, fue el destello inicial de este concierto y una pista de lo que acontecería. Los dos violines en scordaturaaquella técnica que altera la afinación de una o más cuerdas del instrumento para lograr mayor resonancia y ampliar las posibilidades armónicas– le dieron una sonoridad fascinante a los violines que se mezcló de forma impecable con el violonchelo y el clavecín. Mientras las dos cuerdas agudas cantaron las melodías con un sonido poco vibrado pero rico en armónicos y sonoridad, el violonchelo, con un color profundo y un fraseo continuo, y el clavecín con su motorritmo y su timbre brillante, lograron un fabuloso bajo continuo que llenó las melodías y aportó un perfecto equilibrio al ensemble. Los cambios de carácter y de tempo entre los cuatro movimientos fueron completamente sincrónicos, al igual que la unidad y conexión entre todos los intérpretes, quienes fluyeron en una sola vía, homogéneos, coordinados y compenetrados en sus roles.

La mesura y sencillez de su interpretación y expresión en escena hizo relucir, por encima de todas las cosas, la belleza pura de la música. Cada detalle fue justo y medido, sin dar lugar a gestos excesivos que desenfocaran la atención del detalle musical. De esta sobriedad expresiva, tan particular de la música antigua, se contagiaron todas las obras del concierto y, con especial notoriedad, el Trio sonata en sol menor de Georg Friedich Händel, influenciada por la música vocal en la que los movimientos lentos evocan los recitativos solemnes de una ópera, mientras que los rápidos tienen un despliegue lírico, dulce y fluido.

En la música de nuestro tiempo, gracias al desarrollo mecánico de los instrumentos, hay tantos recursos a la mano que a veces la música se agota en ellos. Las piezas del Barroco y su interpretación histórica, en cambio, tienen un desafío inverso y es el de hacer música con el mínimo de recursos posibles: poco vibrato en las cuerdas y dinámicas que se reducen a dos estadios: fuerte y suave, luz y sombra, como las denominó Joachim Quantz. Obras como el Trío sonata en do menor, "Sanguineus y Melancholicus" de Carl Philipp Emmanuel Bach sobresalieron en este sentido. El equilibrio, dado por el nivel de volumen de cada instrumento –el clavecín como base, el chelo como fondo y los violines como figura– funciona como los planos de un cuadro. El contraste entre piano y forte se da, más que todo, en las repeticiones de frase. Por lo demás, cada instrumento se mantiene en su nivel, sin muchos puntos medios entre una dinámica y otra, sin crescendi o diminuendi. Y así, solo con esa relación de planos se logra una mezcla perfecta, con el sonido puro, bien entonado y resonante, se logra una sonoridad envolvente, con la conducción de las frases, los cambios de tempo, el carácter y la unidad del ensamble se alcanza una auténtica expresión y una belleza genuina. Justo en conciertos como este es posible comprender a cabalidad la famosa premisa “menos es más”.

Este fue un concierto memorable que le recordó a la audiencia que un grupo de cámara es un nuevo instrumento. Es la unión de las fuerzas condensadas, la sinergia perfecta que logra un nuevo sonido único e irrepetible, una identidad sonora que mueve fibras. Es, también, un juego de roles en el que se refleja la vida: un diálogo entre instrumentos en el que a veces todos se dan la mano y se mueven en armonía y en el que se generan conflictos que deben ser resueltos entre las mismas partes. Trío sonata en do menor, "Sanguineus y Melancholicus" reitera esto de forma permanente: allí, dos caracteres opuestos representados por los dos violines se debaten y dialogan hasta encontrar un consenso musical. Los dos afectos, logrados de forma maravillosa, fueron soportados y reforzados por los otros dos instrumentos. Los cambios de tempo, radicales y repentinos, fueron tan precisos y exactos que sorprendió su perfección.

Der Musikalische Garten suena como un disco, intacto, exacto y pulcro. Es un ensemble imperdible, de una profunda sensibilidad y un trabajo armonioso que le da vida a la música antigua y que permite que el pasado no sea un tiempo finito, sino un ciclo que se renueva en el presente, tal como un mismo jardín vuelve a florecer sobre sí mismo.

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