Tras el paréntesis pandémico, la Sinfónica de Galicia volvió a programar su tradicional Concierto de Navidad. Una buena noticia sin duda, pues ya en los años previos a la pandemia, esta cita estaba perdiendo fuerza debido a la desaparición o deslocalización de sus más importantes patrocinadores. Aunque no son estos los mejores tiempos para reverdecer viejos laureles, hubo ciertamente una buena asistencia de público en el Palacio de la Ópera, para disfrutar de un atípico crossover granadino. José Trigueros realizó una propuesta muy distinta a la habitual en estos conciertos, dando vida a la música de dos nombres fundamentales de la Edad de Plata de la cultura española; Federico García Lorca y Manuel de Falla, pero haciéndolo desde una perspectiva, no nueva, pero sí infrecuente en nuestro auditorio: la que aportó la cantaora flamenca Marina Heredia.

Marina Heredia
© Bernardo Doral

Para llevar al escenario las Canciones españolas antiguas de Federico García Lorca, contamos con la primicia de la orquestación realizada por José Trigueros. Su trabajo, tal como indica en sus magníficas notas al programa Luis Suñén, se une a las realizadas por Juan Manuel Alonso, Feliu Gasull, Josep Pons, Joan Albert Amargós y Lluís Vidal. Trigueros optó por una realización sobria y transparente muy respetuosa con la línea vocal. Marina Heredia cantó con amplificación, la cual, sin ser necesaria, acentuó los registros más desgarradores de su instrumento, por ejemplo, en el célebre Anda jaleo que abrió el ciclo, pero también en la racial El Café de chinitas. Pero hubo también la máxima dulzura y calidez en sus hermosas y evocadoras Las morillas de Jaén o en el Romance de don Boyso. En el acompañamiento, Trigueros mostró la máxima empatía y lucidez, haciendo que la camerística orquesta y la solista se integrasen en un todo rítmico y musical único. Trigueros es un director más que apropiado para este repertorio tanto por su versatilidad y el un amplísimo repertorio que atesora a pesar de su juventud, como por su identificación con la música popular española, la cual lleva muy dentro desde los inicios de su carrera en las agrupaciones musicales de su Vall d’Uixó natal. El público disfrutó de forma extrovertida, desinhibida, estableciéndose una química muy especial con el escenario; hasta el punto de que sólo falto que Marina Heredia se descalzase y encajase unos palos de baile.

La segunda parte del concierto resultó igualmente interesante, pues son contadísimas las ocasiones de disfrutar en el escenario de la música de El corregidor y la molinera; la farsa mímica que constituye ni más ni menos que un plenamente desarrollado embrión de El sombrero de tres picos. Tan infrecuente que hasta los años ochenta no vio su primera grabación discográfica. Ante esto, aparte de las citadas notas de Suñén, el breve recorrido que Trigueros realizó con sus músicos por los temas principales de la partitura, sin duda supuso un apoyo fundamental para el público. La interpretación fue de principio a fin una brillante recreación en la que las ya comentadas cualidades de Trigueros se pusieron al servicio de una concepción colorista y muy amena, rebosante de carácter, pero en la que igualmente lució la claridad y la minuciosidad de la escritura de Falla, quien, en opinión de los conocedores, probablemente hubiera estado mucho más a gusto con este camerístico antecedente que con el orquestalmente hipertrofiado Sombrero. Disfrutando escena tras escena llegamos casi sin enterarnos a la conclusión de la obra en la que la apenas insinuada jota cobró una enigmática dimensión, tan nueva como impactante.

Marina Heredia retornó en la segunda parte para ofrecernos la sentida Copla del cuco y como primera propina, la Danza del fuego fatuo de El amor brujo. No hubo en esta ocasión Marcha Radetzky pero sí un desgarrador pregón de Heredia que puso el broche de oro a una muy especial velada. 

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