La Orquesta Sinfónica de Galicia enfrentó la recta final de su temporada de abono con un concierto constituido por un variopinto programa al cual el ovetense Pablo González fue el encargado de conferirle unidad. Director habitual de la orquesta desde su debut en el año 2010 con una intensa Quinta mahleriana, tras sus importantes pero breves titularidades con la Sinfónica de Barcelona y la Orquesta de TVE, podría tal vez ser uno de los posibles candidatos al tan disputado puesto de director titular de la OSG.

El director Pablo González
© Benjamin Ealovega

Abrió el programa la obra más extensa, pero no profunda, de la noche, Harold en Italia de Berlioz, novedad en los atriles de la Sinfónica de Galicia. Y no es una sorpresa, pues es una partitura un tanto difícil de encajar por su elusivo carácter, que la ubica entre la sinfonía, el poema sinfónico y el concierto. El arranque fue prometedor con una majestuosa y muy bien moldeada introducción orquestal. Esta contrastó al máximo con la entrada del solista, el alemán Nils Mönkemeyer, quien, en su dúo con el arpa –representación de la soledad del joven protagonista en los Abruzos– optó por una aproximación lánguida, muy contemplativa. El joven, pero afamado solista, deslumbró por su sonido cálido y aterciopelado, muy convincente en todos los registros. Tras este pasaje la orquesta lidió con gran seguridad con la cascada de tuttis que Berlioz despliega en la segunda parte del movimiento, siempre compactos y brillantes. La Marcha de los peregrinos fue llevada a un tiempo vivo por González, muy incisivo a lo largo de toda la noche, buscando el máximo contraste con los disonantes arpegios centrales, atmosféricamente recreados por Mönkemeyer. La Serenata montañesa permitió el lucimiento de las maderas de la orquesta, las cuales crearon un magnífico tapiz sonoro, en el que la serena sección central permitió disfrutar del hermoso registro agudo del solista.

El extravagante final, con las intervenciones de los músicos desde el exterior del escenario y los continuos y sonoros diálogos entre cuerdas y vientos fue resuelto correctamente por González. La orquesta respondió con magnífica precisión a su impetuosa dirección, destacando la concentrada percusión y las numerosas intervenciones de los trombones, siempre impecables en su recurrentes ráfagas de tresillos. A pesar de ello, hubo una sensación de agotamiento en el idiosincrático discurso del compositor.

La sensación ambigua que dejó la primera parte se despejó en la segunda con un diseño atípico pero eficaz. Consistió en dos breves piezas, ambas suites de ballet, ambas fundamentales en el repertorio tanto por su inspiración melódica como por sus efervescentes orquestaciones. Desde un punto de vista conceptual, cuesta entender el sentido de programar la primera suite de El sombrero de tres picos aislada del resto de la obra. Es una partitura tan habitual y conocida que no se entiende la necesidad de colocar con calzador los apenas quince minutos del ballet. Sea como fuere, fue una interpretación deslumbrante con una orquesta inspiradísima y una dirección racial. El plato fuerte de la noche llegó una vez más con la música de Maurice Ravel; la no menos célebre segunda suite de Daphnis y Chloe. Y con ella disfrutamos de un indescriptible lienzo sonoro de quince minutos de duración en el que los músicos de la OSG pusieron todo su talento al servicio de una magistral interpretación. Un Amanecer pleno de exotismo y plenitud; una exuberante Pantomima, con un preciosista solo de flauta; y unas cuerdas misteriosas y envolventes que junto con las trompas nos llevaron a la incisiva y arrolladora Danza general. Sólo se echaron en falta las voces del Coro de la Sinfónica, pues se optó por la versión instrumental. Afortunadamente, tendremos ocasión de disfrutar a fondo del coro en el próximo concierto.

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