La fascinación que los niños prodigio de la música desde siempre han producido, colisiona en muchas ocasiones con el rechazo que provoca el asistir a una interpretación musical en la que aquello que debería ser el atractivo primordial -la propia música- pasa a un segundo plano ante la exhibición precoz de facultades y talento musical. Y efectivamente, había una enorme expectación en el Palacio de la Ópera ante la presentación de la violinista granadina, María Dueñas, quien a sus 15 años ya ha acumulado una amplia cosecha de primeros premios en certámenes internacionales. Para más morbo, Dueñas, en su debut con la Orquesta Sinfónica de Galicia, interpretaba uno de los caballos de batalla del repertorio para violín y orquesta: el endiablado Primer concierto de Niccolò Paganini.

Los temores a que el espectáculo primase por encima de la música, se disiparon desde la mismísima entrada de la solista. Tras una chispeante introducción de la Sinfónica, en esta ocasión dirigida por su titular Dima Slobodeniouk -recién aterrizado de su debut con la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam- Dueñas mostró en una entrada milagrosa que su interpretación iba a conjugar un derroche de técnica violinística con el máximo respeto a la esencia musical y a la belleza de las melodías casi cantables de una obra en la que hay mucho más que deslumbrantes pirotecnias. Fue una introducción incisiva, plena de carácter, llevada a una velocidad de vértigo, pero en la que en ningún momento ni la claridad ni la entonación se resintieron lo más mínimo. Una apabullante exhibición de dobles cuerdas, golpes de arcos, saltos de cuerdas, huracanes de arpegios y semicorcheas, pianissimi imposibles etc., acompañados de un vibrato perfectamente graduado gracias al cual la solista extrae de su Nicola Gagliano un sonido fascinante, enormemente cálido y poderoso, que llenó hasta el último rincón del Palacio de la Ópera.

La violinista María Dueñas durante el concierto junto a la OSG © Pablo Rodríguez | OSG
La violinista María Dueñas durante el concierto junto a la OSG
© Pablo Rodríguez | OSG

En el operístico Adagio, Dueñas impregnó a la melodía de una expresividad fabulosa. La introducción con espressione representó una auténtica lección de sutileza y musicalidad, la cual se prolongó en las sucesivas secciones del movimiento. Fue una interpretación que realzó la inspiración de esta música, en tantas ocasiones ninguneada. En el Rondo final la exhibición de Dueñas alcanzó un nivel épico. Únicamente en los imposibles armónicos en dobles cuerdas de la segunda sección del movimiento se tambaleó la consistencia mostrada hasta el momento. Pero fue una decepción puntual que pasó al olvido tras una cadencia sobrehumana y una propina que le va a Dueñas como anillo al dedo: el Caprice núm. 5 de Paganini llevado al límite de la velocidad imaginable.

El concierto se había abierto con una sentida interpretación de Fratres de Arvo Pärt en su versión para cuerdas y percusión. Una música de tanta desnudez y austeridad pone a prueba la capacidad de las cuerdas de obtener un sonido cohesionado y diáfano. La Sinfónica estuvo a la altura del reto. Sólo cabe lamentar que la respuesta del público fuese tan minimalista como el propio contenido musical de la obra.

En la segunda parte volvimos a Italia, esta vez a través de la idealización de Felix Mendelssohn en su Cuarta sinfonía. Fue una hermosa interpretación en la que Dima acentuó la vitalidad y la energía juvenil de esta obra maestra. Tiempos extremedamente vivos y grandes contrastes dinámicos caracterizaron al Allegro vivace. En el Andante, Slobodeniouk siguió al pié de la letra la indicación con moto. Fue una atípica pero muy lúcida recreación de esta procesional música. En el Con moto moderato la interpretación adquirió un carácter más diáfano, pero sin que nunca llegara a moderarse el intenso pulso que recorrió la interpretación de la sinfonía.

Como era previsible el Saltarello fue una explosión de colores orquestales, en el que disfrutamos de un continuo y exuberante diálogo de las maderas y de unas cuerdas abrumadoras que parecían absolutamente contagiadas de la energía juvenil que en la primera parte había llenado la sala. Un tiempo vivo, pero aplicado con gran inteligencia - continuos contrastes dinámicos que por momentos alcanzaban niveles sobrecogedores ¡en ambos extremos del rango dinámico!- definió a una interpretación memorable de principio a fin.

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