Es siempre gratificante acudir a un concierto sinfónico en el Auditorio de Ferrol, pues para muchos, entre los que me cuento, se trata de la sala sinfónica con mejor acústica de la comunidad gallega. Al deleite acústico se sumó un atractivo programa -diseñado por el costarricense Giancarlo Guerrero- el cual encajó como anillo al dedo en las relativamente reducidas dimensiones de la sala. Si en visitas previas Guerrero se había decantado por programas arrebatados y extrovertidos, en esta ocasión reunió tres obras rebosantes de poesía y sensualidad que hicieron las delicias del público ferrolano; por cierto, bastante numeroso dadas las circunstancias postpandémicas.

Giancarlo Guerrero
© Lukasz Rajchert

El concierto se abrió con el Blumine mahleriano; un deleite que parece condenado a ser disfrutado en solitario, pues muy pocos directores cometen la aparente irreverencia de recolocarlo en el entramado orquestal de la Primera Sinfonía. Es cierto que esto sería un anacronismo musical, pues la sinfonía vivió un proceso de maduración al cual Blumine y el resto del poema sinfónico Titán permanecieron ajenos, pero al mismo tiempo resulta frustrante el no poder escuchar la pieza en el contexto sinfónico con el que establece tan profundos vínculos temáticos y narrativos. Aisladamente, Blumine se ve reducido a un interludio tan hermoso como inconexo. Guerrero optó por una concepción menos estática de lo habitual, en la que, tras la sugerente introducción de cuerdas y trompas, el canto de la trompeta, recreado sin tacha, resultó un tanto vivo, menos ensoñador de lo habitual. La llegada de la segunda sección con unos venerables contrabajos y los evocadores solos de oboe y trompa, generó una atmósfera absolutamente mahleriana. El bruckneriano clímax, magníficamente subrayado por el timbal, dio paso a la hermosa disolución final.

A continuación, volvimos a escuchar por enésima vez Mi madre la oca y por enésima vez volvimos a dejarnos subyugar por el maravilloso mundo de fantasía que Ravel crea en esta pieza con unos modestos mimbres orquestales. Guerrero planteó la obra de forma intimista y nostálgica, muy especialmente en la Pavana y Pulgarcito; ambas piezas más ensoñadoras que el Blumine previo. Únicamente en La emperatriz de las pagodas Guerrero sacó a relucir la energía que le caracteriza para dar vida de forma brillante y sofisticada a la fanfarria central y a la subsiguiente marcha oriental. En El jardín de las hadas las cuerdas de la Sinfónica, lideradas en esta ocasión por Ludwig Dürichen, volvieron a asombrarnos con su perfecto empaste y su cuidada articulación, en sintonía perfecta con la concepción desde el pódium, deliberada y expansiva, la cual funcionó a la perfección.

Tras un descanso, en el que por razones desconocidas se mantuvo al público en la máxima oscuridad, la segunda parte nos depararía un nuevo despliegue de lirismo, sensualidad y exuberancia orquestal. Parece una contradicción que un arreglo camerístico pueda distinguirse por este último aspecto, pero ciertamente así fue. Es tal el derroche melódico que Richard Strauss despliega en su Ariadna de Naxos, que incluso una reducción de la ópera, sin voces y con un ensemble camerístico, a pesar de casi sus tres cuartos de hora de duración, resulta ameno de principio a fin. Es el de Wilson Ochoa un arreglo exigente, muy especialmente para las maderas, que en todos sus atriles gozaron de continuos momentos de lucimiento que nos hicieron recordar las exuberantes y otoñales Sonatinas del compositor, por desgracia tan infrecuentes en nuestros auditorios. Guerrero dirigió a la orquesta de forma clarividente, mostrando una absoluta empatía con la partitura, impregnándola de un aliento lírico conmovedor que hizo las delicias de los asistentes. El sublime “Ein schönes war” ("Qué bello fue") no sólo fue el momento central de la Suite sinfónica, sino también la frase que mejor definiría lo que fue una inefable velada musical.

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