El segundo programa de la mini-residencia en el Festival de Santander de la London Symphony Orchestra ahondó en la línea sin concesiones ya descrita para su programa previo. Una selección de obras orquestales muy exigentes en cuanto a su plantilla y complejidad e interpretaciones de altísimo calibre.

En este sentido, se puede considerar un regalo de auténtico lujo para el público del festival el poder escuchar en vivo una obra tan referencial en la música contemporánea, como es el caso de Harmonielehre de John Adams. Apenas interpretada hasta la fecha en España, pocos directores conocen la obra como el propio Rattle, quien realizó en los años noventa una mítica grabación con la Sinfónica de Birmingham.

La poderosísima introducción de la obra, en la que la percusión expone el motivo rítmico que recorrerá todo el primer movimiento, constituyó un magnífico ejemplo de lo que solo Simon Rattle puede llegar a hacer con esta música. Huyendo del cliché minimalista –acertadamente, pues si esta música se puede reducir a un adjetivo sería justamente el contrario: maximalista– Rattle frasea este mecanicista pasaje con una sutileza asombrosa, confiriéndole una insospechada calidez y vitalidad. A esto se unió la armónica fusión con la que Rattle integró la lírica melodía de los chelos con los atávicos ritmos repetitivos de maderas y violines. Los sobrehumanos metales de la LSO recondujeron la salvaje progresión hacia una imponente coda, absolutamente reminiscente del arranque de la partitura.

Simon Rattle al frente de la London Symphony Orchestra en el Palacio de Festivales © Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos
Simon Rattle al frente de la London Symphony Orchestra en el Palacio de Festivales
© Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos

En el segundo movimiento, Rattle ahondó sin prejuicios en la expresividad romántica más exuberante. Las citas de Sibelius, Wagner, Debussy y muy especialmente los acordes desgarradores de la Décima sinfonía de Mahler, constituyeron un auténtico melting pot de motivos musicales del mundo de ayer que invoca Adams y del cual nació la modernidad musical ¡La misma que precisamente Adams, un siglo después, quiso armonizar, por no decir doblegar, en Harmonielehre! En un alarde de precisión y perfección, Rattle propulsó el Meister Eckhardt final con la máxima energía. Pero al mismo tiempo, exhibió un control absoluto de las dinámicas y de los balances sonoros, consiguiendo que las caleidoscópicas texturas orquestales brillasen por igual. La exultante conclusión alcanzó tal impacto sonoro y estético, que rompió las barreras arquitectónicas del Palacio de Festivales. Me cuesta creer que la imagen de un petrolero o de cualquier otro buque de gran tonelaje izándose sobre las aguas de la bahía de Santander, no se le estuviera apareciendo a todos y cada uno de los miembros del público.

Como el propio Rattle comentó en rueda de prensa, transportarse desde el skyline norteamericano al mundo bucólico y armonioso de la Segunda sinfonía de Brahms era una auténtica prueba de fuego para sus músicos. Y, sin embargo, estos superaron el reto a la perfección, modulando y moderando al máximo su inveterada energía. Fue más bien el propio Rattle quien parecía todavía atrapado por la psicodélica música de Adams. El resultado fue un Allegro non troppo inusitadamente crispado, por momentos rozando el expresionismo. Un Brahms diferente al habitual, cien por cien Rattle, pero que, tal como había sucedido el día anterior con Haydn, resultaba adictivo por la inspiración y la sinceridad que transpiraba. Abruptos saltos dinámicos e inquietantes silencios eran solo atemperados por las recurrentes citas de la canción de cuna del propio Brahms, pero incluso estas resultaban azarosas. Solo el sempre tranquilo final serenó esta atmósfera opresiva con una sublime lección de musicalidad desde la cuerda grave y las maderas.

Los movimientos centrales resultaron más canónicos. Así, a pesar del carácter otoñal de la dilatada sección inicial asignada a los chelos, Rattle confirió al Adagio non troppo un color luminoso, mucho más optimista. Para ello se apoyó en unas flautas brillantes e incisivas y unas evocadoras trompas. El Allegretto grazioso quasi andantino fue un nuevo escaparate para unas maderas prodigiosas, encabezadas esta vez por la oboísta de la orquesta. Rattle, ya firmemente anclado en el mundo decimonónico, se dejó llevar por la levedad del benigno Wörthersee que no solo inspiró a Brahms, sino también a Mahler, Berg y un largo etcétera de compositores.

El Allegro con spirito fue un tour de force arrollador en el que Rattle llevó a sus músicos a los máximos extremos dinámicos y agógicos. Pero siempre preservando los matices en una mezcla perfecta de claridad y precisión, la cual condujo a un final no menos exultante y arrollador que el escuchado en la primera parte.

El alojamiento en Santander de Pablo Sánchez Quinteiro ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santader.

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