Con la expectación propia de un concierto de inauguración, y el entusiasmo que siempre genera una nueva actuación de la Mahler Chamber Orchestra, esta vez bajo la dirección de Jakub Hrůša, el Festival Internacional de Santander dio comienzo a su edición número 68. El programa seleccionado para la ocasión perfiló un recorrido por tres grandes compositores del siglo XIX, Felix Mendelssohn, Frédéric Chopin y Ludwig van Beethoven, propiciando un ejercicio de notable exégesis musical, en el que, sobre todo, destacó la trama orquestal con funciones no melódicas y el rigor (no exento de flexibilidad) en el apartado rítmico.

La primera parte exploró, concretamente, dos trabajos relevantes de una misma fecha, 1830: Las Hébridas, de Mendelssohn, y el equívocamente denominado Concierto para piano núm. 1 de Chopin, en la versión del solista coreano Seong-Jin Cho. La obertura, inspirada en la misteriosa Gruta de Fingal, perteneciente a las Islas Hébridas de la costa escocesa, permitió advertir el esplendor del estilo sinfónico mendelssohniano. Así, el protagonismo de fagot, violines y violonchelos brilló gracias a los diversos contrapuntos, una cuidada estructura de dinámicas ascendentes y decrecientes y la alquimia temática construida sobre los dos motivos principales. El prolijo mecanismo interno, cuya mayor dificultad técnica radica en la estabilidad de los tempi frente a las múltiples y breves articulaciones, fue resuelto con oficio por Hrůša y la Mahler Chamber Orchestra, que ameritaron desde el inicio el crédito depositado en ellos como responsables de la apertura del festival cántabro.

El pianista Seong-Jin Cho durante su actuación en el Festival de Santander © Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos
El pianista Seong-Jin Cho durante su actuación en el Festival de Santander
© Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos

A continuación compareció en el escenario Seong-Jin Cho, joven talento del teclado, especialmente consagrado al repertorio de Chopin, para interpretar el Concierto para piano núm. 1 del autor polaco. En virtud de la adscripción geográfica de la pieza escuchada anteriormente, podría traerse a colación, en términos generales, la contribución del egregio representante de la Ilustración escocesa, Edmund Burke: si los vertiginosos giros de Las Hébridas habían evocado el concepto de lo sublime acuñado por el filósofo británico, el fraseo y los delicados arabescos de Chopin remitían ahora al otro polo de la dicotomía, lo bello. El buen hacer de Cho desempeñó un papel fundamental en dicha labor, asumiendo la dirección lírica de una partitura en la que, por lo demás, el rol de la orquesta se encuentra supeditado de manera íntegra al discurso del piano. Refulgió con particular coturno el desarrollo del Romance - Larghetto, el momento central y más logrado de toda la obra, y, en definitiva, el coreano mostró dotes a la altura de la atención que el contexto santaderino ha prestado a la mejor tradición pianística. Ello dio lugar a una propina, ejecutada con idéntica gracilidad: el célebre Adagio cantabile de la sonata Patética, de Beethoven.

Pero fue tras la pausa cuando, a propósito de la Cuarta sinfonía de Beethoven, la Mahler Chamber Orchestra desplegó sus capacidades con una pujanza inaudita hasta entonces. Seguramente a causa más de la enorme fama de las sinfonías núm. 3 y núm. 5 que de carencias escriturales, la Cuarta ha corrido una suerte no tan lustrosa como la de aquellas, siendo fagocitada por las cumbres consensuadas del corpus beethoveniano y resultando mucho menos frecuente su presencia actualmente en los auditorios. Pero conviene no olvidar que su año de alumbramiento, 1806, se corresponde con un período de gran fertilidad creativa para el genio de Bonn; una feracidad de la cual también pueden hallarse trazas en esta página, transida por el incombustible afán de perfeccionamiento de la forma sonata. Así lo probó el conjunto fundado por Claudio Abbado, en una coreografía de golpes de arco exactos y tuttis apabullantes, que obtuvo un rendimiento sonoro encomiable debido, por encima de cualquier otro argumento, a la lectura de Hrůša. El director moravo dispuso una dialéctica de tensiones y distensiones en la que los pasajes de mayor densidad armónica engarzaron fluidamente con los tramos de solo, donde merecieron ser aplaudidas prácticamente la totalidad de las intervenciones del viento madera. Fue de este modo como el Adagio - Allegro vivace iniciático se conectó con el Allegro ma non troppo postrero, que desencadenó un cierre elegante, sin menoscabar la meritoria impronta producida por los movimientos intermedios. Con la excepción de puntuales desajustes en las transiciones tonales y agógicas, puede afirmarse que la Mahler Chamber Orchestra brindó una ejecución de calidad, sólida, arriesgada y precisa. 

No es, qué duda cabe, una decisión desacertada, máxime teniendo en cuenta el carácter ceremonial de las circunstancias. Tampoco desdeñaríamos que esta firmeza y energía se replicara, a la manera de bajo continuo, en el resto de propuestas que auspiciará la presente edición del FIS. Antes al contrario: sería motivo de celebración, como ya lo ha sido su primer concierto.

El alojamiento en Santander de Ramón del Buey Cañas ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santader.

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