Todavía reciente la magnífica impresión que Gustavo Gimeno y los músicos de su agrupación luxemburguesa habían causado en el concierto inaugural del Festival Internacional de Santander, teníamos ocasión de volver a disfrutar su buen hacer en dos de las obras más señaladas y populares del primer romanticismo: el Concierto para violín de Mendelssohn y la Quinta sinfonía de Beethoven. Clásicos populares, pero no por ello sencillos de abordar. Justamente lo contrario, pues hablamos de obras tan interiorizadas por los amantes de la música que cualquier imprecisión, pero también cualquier desviación con respecto al canon establecido, difícilmente pueden pasar inadvertidos.

Julian Rachlin
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

En ese sentido, resultó mucho más canónico el Mendelssohn, en el cual hubo una modélica imbricación entre la orquesta y el solista, Julian Rachlin. Sin embargo, éste se mostró un tanto titubeante en el attaca del Allegro molto appasionato inicial que se movió entre lo otoñal y lo meloso. Afortunadamente, Rachlin al momento se dejó arrastrar por la vivacidad y la energía que emanaba de la orquesta, haciendo que su virtuosismo y musicalidad se erigieran en protagonistas, muy especialmente en la cadencia central del movimiento, toda una exhibición de técnica, no vacuo, sino aderezada con la máxima riqueza expresiva. Fue un momento clave que catalizó la interpretación del movimiento, imprimiéndole a la recapitulación un mucho mayor impacto. El Andante permitió ahondar, en un contexto más intimista, en la ya citada musicalidad de Rachlin, quien exhibió sofisticación y preciosismo en su línea melódica, junto con unas dinámicas perfectamente graduadas y un convincente uso del vibrato. Todo un deleite que dio paso al final en el cual disfrutamos del Rachlin más extrovertido y vibrante, con unos arpegios limpios y vertiginosos y unos agudos brillantes, siempre perfectamente integrado en el discurso orquestal. La abrumadora mini-cadencia final dio paso a una excitante, por no decir feroz, cabalgada final de solista y orquesta. La Sarabanda de la Partita para violín solo núm. 2 de Bach fue la emotiva propina que Rachlin regaló al público del festival.

Gustavo Gimeno
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

El gran reto de la noche llegaba para Gustavo Gimeno con la Quinta sinfonía de Beethoven. Un auténtico Solo ante el peligro para el director valenciano, pues es tan inabarcable como venerable el legado que en esta obra han dejado los grandes directores del pasado, pero también los de la actualidad ¡A muchos de los cuales el propio Gimeno ha seguido y estudiado a lo largo de los años desde su posición privilegiada de percusionista del Royal Concertgebouw de Ámsterdam!

Reconozco que a priori tenía curiosidad por saber a cuál de sus ilustres mentores, Jansons o Abbado, iba a adherirse la concepción de Gimeno de la obra; pero el ataque del archifamoso motivo inicial dejó claro que el joven director ha madurado sus propias ideas. Así, Gimeno no dio la más mínima opción al ritardando en la cuarta nota, con lo cual la doble afirmación inicial adquirió un carácter compacto y conciso como pocas veces se puede escuchar. Toda una declaración de intenciones que se tradujo en un Allegro con brio absolutamente individual, atípico por su combinación de energía y de concisión. De hecho, éste resultó más afín a las versiones historicistas de Herreweghe o Harnoncourt, siendo incluso más sucinto que ellas ¡con sus seis minutos y medio de duración! No transmitió sin embargo una sensación de atropello o superficialidad y esto fue debido en gran parte a una orquesta en absoluto estado de gracia, con unas trompas de un color y una presencia que subían la adrenalina al público, unas maderas incisivas y valientes y unas cuerdas que sonaban como un solo instrumento. Unos mimbres de oro para que la narrativa del marcial Andante y del heroico Scherzo arrastrasen al oyente hasta el éxtasis de la coda del Presto final. El hermosísimo y sereno de la Rosamunda de Schubert fue la hermosa despedida de un director y un conjunto llamados a alcanzar grandes metas.

El alojamiento en Santander de Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.

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