En el regreso de la Orquesta Nacional de España a la ciudad donostiarra, tras doce años de ausencia, los afectos románticos coronan un programa protagonizado por P. I. Tchaikovsky y R. Schumann, de reconocida excelencia. David Afkham guió con agudeza los matices técnicos en un espacio de creación estética que rozó la elevación, en especial por la ejecución de la agilidad cromática de Leonidas Kavakos como solista invitado. La escucha orbicular entre solista y orquesta hará de la interpretación del conocido Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op. 35 una experiencia sensorial honesta, sin jerarquías de superioridad prejuiciosas con los cánones clásicos. La grácil melodía que la caracteriza se manifiesta coherente con el adorno colorista de Kavakos, quien hubo de atacar las exigencias sonoras con saltos elásticos, trinos aflautados y membranas vibrantes. La pureza de sus agudos diviniza la pulcritud del armónico, mientras el candor de los graves se afronta con rasgada robustez.

David Afkham
© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez

La partitura de Tchaikovsky ha adquirido con Leonidas Kavakos una voz que guarecer entre la larga descendencia que le precede, igual en armonía, tonalidad y cadencias, pero de un sentir propio escuchado tras las pausas respiradas. Su manera de decir, representa la lectura de un artista que mira la obra desde los sentimientos que transmite, utilizando la técnica como resorte que amplifique, nunca dificulte, su tocar. Frenético, sostenido, vigoroso, sutil, en una oposición constante de adjetivos que no pueden registrar la viveza candorosa de su actuación. Si se quiere, la analogía de la naturaleza puede ser provechosa, estando a escasos metros de donde el río Urumea se aúna al mar, en este afán por retratar la manera en la que el violinista construye su acompasar orquestal. En un camino entre acantilados se escucha el rítmico serpenteo de las piedras desprendidas hacia la pendiente profunda que surca las aguas; muy cercano, entre los dedos deslizándose danzantes hacia el abismo, la cascada hace su presencia en la rotundidad de su gesto, y cuando parece que han de abalanzarse contra él, una fuerza dulce toma el rostro espumoso de las olas.

Leonidas Kavakos, David Afkham y la Orquesta Nacional de España
© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez
El pianissimo susurro ensordece los ímpetus en crescendos que ansían completar el poder acústico; y es en esta apertura emocional, cuando la audiencia puede discurrir con el particular tempo cromado de Kavakos, pues ha logrado hablar de su “yo romántico”. Uno que apela a aderezar la obra con la consciencia del contexto musical que el compositor tomó en su momento, entre la homofonía litúrgica y los aires danzados del folclore ruso, y la idiosincrasia del violinista como intérprete del hoy. El violinista dijo en una ocasión: “Todos los compositores se proponen lo mismo: la conquista de las emociones a través de la música”, pero, sin aquellos que saben recrear lo escrito, es imposible llegar a comunicar. Su elevación se enriquece así cada vez que el sonido emerge de las cuerdas de Kavakos, en una apnea exhalada por el frenesí veloz de su arco. La sonoridad de su violín no pierde personalidad en su convivencia con la orquesta, parece querer replegarse entre la red que conforman los músicos de la ONE. Esto, además de ser muestra de su inteligencia interpretativa, representa la excelente batuta que hay detrás, a cargo de David Afkham

La Orquesta Nacional en el Kursaal de San Sebastián
© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez

Para concluir, en este tiempo estival, se convocó para la segunda parte del concierto al esplendor fantástico de la Primavera, poética en su inspiración reminiscente al haber tomado Schumann los versos de Adolph Bötter. De la poesía pasamos a la pintura en el dibujo de esta Sinfonía núm. 1 en si bemol mayor, Op. 38, en un retrato certero del carácter fresco de los cuatro movimientos que tuvieron por título: “Arranque de la primavera”, “La tarde”, “Felices compañeros de juego” y “Plena floración”. La orquesta hizo florecer el fruto latente liberado de la escarcha invernal a través de un equilibrio pleno de intensidades. Los elementos aureolados por los motivos tocados con acentuación enérgica de flautas, oboes, clarinetes, trompas y trombones, confluyen con la cierta espiritualidad de las cuerdas, en arpegiado veloz, completando la articulación rítmica demarcada por una textura que se deja enriquecer por la brillantez de cada timbre. Los olores de lo bello sublime se reparten de este modo con gran vigor entre la sección de viento, cuerda y percusión.

El deleite por la expresión impecable cumple con creces lo exigido en un concierto como este, en donde la autoría de la interpretación, incluida la del director, galardonan lo compuesto tiempo atrás. Y no siendo suficiente con el universo escogido, tanto el solista como la orquesta hubieron de dilatarse con hermosos bises requeridos por un público entusiasta. Noches como esta hacen reconocer la necesidad de no dejar de compartir experiencias artísticas en directo en un entorno cultural, de gran riqueza y excelentísimo nivel, como el que está ofreciendo la presente edición de la Quincena Musical de San Sebastián.

El alojamiento en San Sebastián de Cintia Borges ha sido facilitado por la Quincena Musical de San Sebastián.

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