Este bien pudiera ser el acontecimiento musical de la temporada, al menos en Barcelona. Tras muchos años de espera, algunos recitales líricos para calmar las ansias de escucharle, y un nutrido historial cancelaciones que siempre amenazan sus apariciones, Jonas Kaufmann llega por fin al Liceo con una ópera escenificada. Pero lo hace como las grandes figuras, con cuentagotas, con tan solo tres funciones fuera de abono y a precios astronómicos, algo que ha causado profundo enfado a los fieles al coliseo de Las Ramblas. Es el peaje que hay que pagar por las estrellas, por escuchar al tenor más mediático de la década, y al que en el estreno, su compañera de reparto le arrebató, merecidísimamente, el protagonismo.

Jonas Kaufmann y Sondra Radvanovsky © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Jonas Kaufmann y Sondra Radvanovsky
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Y es que en este Andrea Chénier, por justicia, hay que hablar primero de Sondra Radvanovsky, la triunfadora absoluta de la noche y responsable de una de las actuaciones más completas y emocionantes que haya tenido la suerte de contemplar. Su Magdalena es un prodigio interpretativo en el que las fronteras entre la teatralidad y lo musical desaparecen, para dar lugar a esa mezcla de excelencia vocal y credibilidad psicológica que solo las más grandes consiguen. “La mamma morta” fue la cima de la noche, una de esas piezas tan conocidas que pareciera que ya está todo dicho, pero que ella revitaliza a través de una técnica impecable y de su honestidad dramática. La introspección melancólica y doliente de la primera parte, apoyada en unos graves y filados estremecedores, fluyó de manera natural hasta la rebeldía brava de la segunda, cuando unos medios vocales poderosos y una emisión squillante amplia y llena brillo, colmaron la sala del teatro, no de voz -eso sería lo fácil- sino de sentimiento desnudo.

Sondra Radvanovsky © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Sondra Radvanovsky
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Kaufmann, por su parte, hizo un atractivo pero también algo irregular Andrea Chénier. A un cantante de su celebridad se le exigen inevitablemente actuaciones memorables y, este puede ser el problema; al escucharle, uno sospecha que la comparación con su propia figura lo ensombrece. Lo más interesante y conmovedor resultaron esas medias voces, algo cavernosas y ejecutadas plenas de aliento que conforman su mejor seña de identidad. Las numerosas partes de fuerza verista -esas de verdadero spinto- aparecieron muy convincentes o algo ausentes, según el momento y evidenciaron una de las contradicciones en Kaufmann: ese color oscuro, artificial pero también seductor, se consigue a base de entubar la voz, algo que cada vez más, también afecta a la proyección. Solo según fue avanzando la noche, y ante la evidencia de que sus compañeros de reparto acumulaban más minutos de bravos, pareció apretar el acelerador hasta una gloriosa sílaba final “…insieme” (juntos), cuando ya a las puertas del cadalso se puso al nivel de su compañera. Otro cantante que aprende que, al menos en este teatro, al público hay que ganárselo cada noche.

Carlos Álvarez recogió bien la moral escindida de Gérard -no es un malvado sin fisuras como su primo dramático, Scarpia- y con severidad y una cuidadísima línea de canto, ofreció un magnífico y sólido espectáculo en su aria “Nemico della patria”, que el público premió con minutos de ovaciones y una sonora controversia sobre si merecía o no un bis, que no llegó a ocurrir. De entre los secundarios hay que destacar también, cómo no, a Anna Tomowa-Sintow como la anciana revolucionaria. Es un privilegio escuchar esta parte de la historia de la lírica en una actuación cimentada en la sabiduría, que el natural efecto de la edad sobre la voz no hizo más que fortalecer.

Carlos Álvarez y Anna Tomowa-Sintow © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Carlos Álvarez y Anna Tomowa-Sintow
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La puesta en escena de McVicar, estrenada en Covent Garden, lleva lo clásico y lo literal hasta el extremo, con intenciones de épica y abuso del cartón piedra. Es una visión colorista y algo ingenua que evita sus personales elementos siniestros y que, por momentos, recuerda a un parque temático de la Revolución francesa. Pero al mismo tiempo cumple su función como un decorado de otro tiempo que, lejos de controversias hermenéuticas, tan solo enmarca a un cartel espectacular de cantantes que son los absolutos responsables de haber convertido a este Andrea Chénier en un gran acontecimiento.

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