Es Judith Jáuregui una de las pianistas españolas que más se prodigan en nuestros escenarios. Sin embargo, sus conciertos siempre resultan amenos, por lo amplio de su repertorio y, muy especialmente, porque es una artista cuya carrera está en constante evolución y crecimiento. En el contexto de la programación de la Filarmónica lucense, presentó en el Salón de columnas del Círculo de las Artes un programa, que tal como la propia pianista comentó al final de la velada, estaba constituido por obras especialmente queridas para ella. En su conjunto un amplio y variopinto catálogo de obras que abarcó el romanticismo alemán, los nacionalismos musicales español y nórdico, y el impresionismo francés.

Se inició la noche con dos Danzas españolas de Granados; la núm. 5 Andaluza y la núm. 2 Oriental, por este orden. La primera fue interpretada con un gran contraste entre las distintas atmósferas de la pieza, realzando muy bien Jáuregui el cantarino punteado de la mano izquierda. Fue más introspectiva la segunda; también muy inspirada, con un hermoso equilibrio entre la melodía y el acompañamiento. El lento central, sin ser excesivamente atmósferico, resultó de una fuerza evocadora. Sin aplausos, tras Granados, Jáuregui abordó la impetuosa Sonata de Grieg. Injustamente infrecuente, es una excelente obra de juventud, rebosante de ideas y exultante en sus modos de expresión. En el crucial Allegro moderato inicial, Jáuregui no estuvo afortunada a la hora de transmitir el ímpetu y la frescura de la obra. Un excesivo contraste dinámico y un tiempo vivo, igualmente extremo, más que enriquecer la partitura, fueron en detrimento de la música. No es necesariamente la grabación del propio compositor una referencia, pero sí ejemplifica una concepción de la obra más contenida y alejada de histrionismos.

Judith Jáuregui
© Mendialdua Music

En el remanso de paz del Andante molto, volvió Jáuregui a estar más cómoda, recuperando el intimismo y la pureza del Granados inicial. El Minuetto recuperó el tono grandilocuente del primer movimiento, pero en esta ocasión con un dramatismo más convincente. Un vertiginoso Molto Allegro cerró la obra. Se abrió con una poderosa introducción, rebosante de energía, pero al mismo tiempo de lúcida solemnidad. El virtuosismo de la pianista, exultante a lo largo de todo el movimiento, cristalizó en una coda arrolladora, y con gran sentido musical. La primera parte concluyó con la luminosa L'Isle joyeuse de Debussy. Fue una interpretación que fue de menos a más, con una insatisfactoria definición de los planos sonoros en la exposición, muy alejada del Debussy transparente y puro. Pero el cariz de la interpretación cambió gradualmente cuando el ímpetu y la emoción, hicieron su aparición en la poderosísima recapitulación; auténticamente exultante.

La segunda parte, exclusivamente brahmsiana, mostró la faceta más nostálgica y evocadora del compositor con la interpretación completa de las seis piezas del opus 118. Fue el bloque del programa en el que Jáuregui se mostró más sólida y compacta, con un primer Intermezzo y una Balada rocosas, muy consistentes, en las que obtuvo un magnífico sonido de su instrumento, graduando a la perfección los tempi y las dinámicas. Fueron igualmente lúcidos los números más intimistas; con un Andante teneramente reposado, carente de afectación, pero desvelando la esencia de la obra con clarividencia. El final del ciclo, con una serenísima Romanza núm. 5 y un Intermezzo núm. 6 absolutamente exquisito, de una belleza insondable, cerró de forma emotiva este canto del cisne brahmsiano, rebosante de ternura y nostalgia. Emoción tan latente que inhibió el aplauso del público, abordando Jáuregui ya fuera de programa una de las piezas caballo de batalla del repertorio; la Balada núm. 1 de Chopin. Una interpretación vibrante, sólida y granítica en sus clímax, pero a la vez turbulenta cuando la música lo pide. Jáuregui recreó asimismo con encanto la ensoñación del segundo tema, fiel a la indicación sotto voce de Chopin.

Hubo asimismo nostalgia en la alocución de la pianista que precedió su última propina rememorando su infancia en la mariña lucense y despidiéndose con una pieza que forma parte de los momentos más íntimos de su vida, Jeunes filles au Jardin de Federico Mompou.

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