El Teatro Real de Madrid estrenó temporada por todo lo alto. La ocasión merecía de una ópera grande, o “grand opèra”, género que se desarrolla en París –lugar en el que se estrenó la primera versión del Don Carlo– y que tiene como algunas de sus características los grandes números corales y de ensemble y la temática histórica –de la época antigua o medieval– o mitológica. Pero seguro que no les estoy diciendo nuevo, al fin y al cabo también la temporada pasada se estrenó la temporada en el Real con otra obra emblemática de la “grand opèra”: el Fausto de Gounod. Estos arranques, prácticamente superproducciones, están resultando un gran acierto, y es que, a pesar de que se desarrollan aún en temporada estival, cuando se supone que la afluencia de público es menor, captan la atención de los medios desde septiembre, antes que cualquier otro teatro o sala de conciertos, y además, siempre uno se fija más en una temporada que empieza con un Don Carlo que con un Lucio Silla, por mucho que nos duela a los groupies del genio austríaco. Pero el formato de “grand opèra” no es suficiente para asegurar un buen comienzo, sino que son indispensables otros dos importantes ingredientes: una escenografía monumental y un gran reparto.

<i>Don Carlo</i>, producción de David McVicar en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Don Carlo, producción de David McVicar en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Respecto a lo primero, la monumentalidad del escenario planteado por David McVivar fue patente y los excelentes efectos de iluminación a cargo de Joachim Klein permitieron que una escenografía que en un principio me recordaba, por el azulejo blanco, a las gradas de una piscina de la Rusia soviética, pudiese convertirse en un contenedor adecuado para que el espectador construyese tanto el monasterio de San Jerónimo de Yuste como la basílica de Nuestra Señora de Atocha, los jardines de palacio o una cárcel... aunque en algunos casos hubiese que forzar un poco más esa imaginación.

En cuanto a las voces, hubo grandes nombres en los tres repartos, pero los que asistimos a la segunda función no podemos decir que no escuchásemos a cantantes de primera. Nada más abrirse el telón observamos ya a la pareja protagonista: Don Carlo y Elisabetta. El primero, interpretado por Andrea Caré, mostró un bello timbre metálico que resaltó en los agudos gracias al vibrato que el tenor italiano supo dar en su justa medida. Su chorro de voz, potente y bien colocado, le permitió lidiar sin problema con la voz de Ainhoa Arteta en el papel de Elisabetta, un papel muy adecuado para la soprano lírico-ligera que supo, con gran variedad de recursos, sacar provecho a las melodías de esta aristócrata enamoradiza, pero muy consciente del rol que su condición noble le había designado y, mostrando una gran responsabilidad increíble para una jovencita de 15 años –que, por cierto, es la edad real con la que Isabel de Valois se desposó con Felipe II–.

Ainhoa Arteta (Elisabetta de Valois) y Michele Pertusi (Felipe II) © Javier del Real | Teatro Real
Ainhoa Arteta (Elisabetta de Valois) y Michele Pertusi (Felipe II)
© Javier del Real | Teatro Real

Pero Verdi, no escribe para Elisabetta la voz de una niña, sino la de una dama más propia de las románticas novelas de caballería que de los anales de la historia. Si no, tal vez le hubiera asignado a la protagonista un registro más ligero. Ese papel, sin embargo lo tiene la Princesa de Éboli que, a pesar de ser una mezzosoprano, debe hacer adornos, gorgoritos y demás ligerezas al más alto nivel. Y Silvia Tro nada tiene que envidiar a cualquier soprano ligera. Su voz, ágil como un ruiseñor y clara como el chorro de un manantial, hizo las delicias de los espectadores del Teatro Real en cada una de sus interpretaciones. Destacando, por supuesto, su presentación durante el segundo acto en el que cantó a dúo junto con Natalia Labourdette –quien sí es una soprano ligera– en el papel de Tebaldo. Sus voces funcionaron muy bien en conjunto.

En cuanto a Simone Piazzola, a pesar de que su registro y el resto de sus cualidades vocales son espléndidas, no acabó de encajar en el papel del marqués de Posa. Tras un primer dúo junto con Andrea Caré en el que a ambos se les debe achacar la falta de naturalidad en un fraseo que sonó artificial y en ocasiones incluso forzado, no se supo recuperar hasta el final del cuarto acto cuando, por fin, nos mostró un aria a su altura.

Ainhoa Arteta (Elisabetta de Valois) © Javier del Real | Teatro Real
Ainhoa Arteta (Elisabetta de Valois)
© Javier del Real | Teatro Real

Me guardo lo que más me gustó para el final de la reseña, y todo ello lo pudimos apreciar en el número más conocido de la ópera: el Auto da Fé. En él vimos primero al coro, cuya impresionante actuación es merecedora de los más altos halagos debido a la gran calidad que supieron ofrecer a pesar del constante movimiento al que les sometió el director de escena. Acompañando a éste, y con una actuación no menos meritoria, la orquesta a manos del recién estrenado como director principal invitado del Teatro Real Nicola Luisotti. El trabajo del maestro fue excepcional coordinando a cantantes y músicos para lograr una cohesión perfecta entre coro, orquesta y solistas.

Sobre ellos resonó la voz de Michele Pertusi como Felipe II. El bajo italiano se mostró regio, potente, sonoro al igual que dubitativo e incluso trémulo cuando el papel así se lo exigía, fue, quizás, el que mejor supo ocupar el rol del monarca que Verdi creó para este Don Carlo.

Imagínense ustedes la experiencia que nos brindó el Real cuando, unido a todo lo que, en la medida de lo posible he intentado narrarles, la enorme cruz sobre el escenario se prendió en llamas al final del tercer acto. Sin duda una experiencia mística como ya lo fue Gounod con un escenario similar. Tomen nota, que si esto de las cruces en los estrenos se convierte en tradición, tal vez nos encontremos con que la próxima temporada se estrena con el regreso al Real tras más de tres lustros de Tosca.

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