El instrumento, el violín, el creador, Johann Sebastian Bach, y su re-creador, Fabio Biondi: elementos esenciales y casi únicos para dar cuerpo a una integral de las Sonatas y Partitas para violín solo del compositor alemán, algo antológico y al mismo tiempo poco frecuente por la complejidad de la hazaña. Insistía el programa de mano sobre esta dimensión solitaria y titánica, así como recordaba que esta integral constituye el “Himalaya” para los violinistas. Siguiendo esta metáfora, Biondi sería un escalador de estilo alpino, aquél que aúna las competencias técnicas con la resistencia física y la templanza mental; de hecho, la integral de Sonatas y Partitas de Bach es una apuesta total, en la que el éxito de la empresa está constantemente puesto en entredicho. Y lo cierto es que Biondi, experimentado escalador de las cumbres barrocas, no pareció tener en esta ocasión una de sus noches mejores.

El violinista Fabio Biondi
© Emile Ashley

Ante todo, cabe decir que la situación de concentración que la empresa requiere no fue adecuadamente propiciada: tanto después de la primera obra –la Sonata, BWV1001– entró una cantidad importante de público, y lo mismo pasó después de la siguiente pieza –la Partita, BWV1002– con el consiguiente revoloteo a la búsqueda de los asientos. Ello incomodó al violinista italiano, quien tomó unos tempi excesivamente rápidos (las grabaciones de esta integral rondan las dos horas, y el concierto duró algo parecido, pero incluyendo la pausa), y transmitió una sensación rutinaria en varios momentos. Especialmente las dos primeras piezas adolecieron de varios pasajes mal resueltos, notas falsas y con afinación imprecisa de manera recurrente y una construcción polifónica más bien rígida, con un resultado global bastante asombroso para un violinista de esa talla. Las cuerdas dobles, tan recurrentes, se atacaron de manera brusca, con total falta de nitidez y llegó incluso a haber ciertos desajustes en el tiempo. A partir de la Sonata núm. 2, BWV1003, Biondi pareció templar mejor su violín, sosegó algo los tiempos y plasmó una construcción más ordenada e interesante. Aunque es cierto que nunca llegó a devolver un sonido particularmente cálido, al contrario siendo éste más bien áspero y nervioso, al igual que el fraseo, poco fluido.

Después de la pausa, esperaba el tótem por excelencia de esta integral, a saber la Partita núm. 2, BWV1004 con la célebre Chacona. En la cadena del Himalaya, esta obra podría ser comparada no solo con el Everest, por ser el más alto, sino al mismo tiempo con el K2 o con el Annapurna, por ser la más exigente. Y aquí Biondi dio todo lo que faltó en la primera parte –y que tampoco hubo en gran medida en lo restante del concierto–: sonido más profundo, articulación de las voces clara y correctamente resuelta, afinación notablemente más lograda. Sin llegar a esa una interpretación de referencia, así todo fue una recreación más que digna y lo suficientemente inspirada como para rescatar parcialmente la primera parte. Las dos obras restantes, la Sonata núm. 3, BWV1005 y la Partita núm. 3, BWV1006, mostraron mayor implicación del violinista italiano, con una ejecución digna, y con algunos problemas, precedentemente indicados, bastante bien resueltos. Sin embargo, hay algo que afectó también a estas piezas, sobre todo en lo relativo a la tímbrica –en particular las notas altas sonaron sin la suficiente nitidez– y también unas dinámicas que no siguieron un criterio claro y coherente.

Fabio Biondi en esta ocasión no hizo cima, por quedarnos en esa metáfora alpina: entre las carencias evidenciadas, la falta de homogeneidad del conjunto y las notables expectativas que podía haber por este concierto, nos quedó un sabor algo amargo de la velada. Tal vez este tipo de hazaña no sea necesaria, ni aporte un deleite al oyente ni al intérprete por el mero hecho de realizarla, de salir ileso de ella. Se lo jugó todo con honestidad y quedó una velada agridulce. Pero si algo aprendemos de los grandes –y Biondi lo es– es que incluso en los días más complicados te enseñan a afinar el criterio, a apreciar mayormente aquello que no se dio en esta determinada ocasión, pero que se vislumbra más allá de ella. 

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