Colocar en un mismo programa las Trois petites liturgies de la Présence Divine de Messiaen y el Requiem de Fauré es ponernos a prueba en el juego de las diferencias, de las analogías, de las similitudes o de las discontinuidades. ¿Qué tienen en común ambas obras más que el hecho de que están compuestas por autores franceses y son música litúrgica? Entre Messiaen y Fauré hay algo más que dos generaciones de distancia: hay un cambio de paradigma, un nuevo cosmos que suplanta al universo postromántico. Y aun así, se advierte una íntima conexión, una conciencia en torno a las distintas posibilidades de declinar un sentimiento de devoción. Esta pareció ser la clave de lectura que quiso dar Kent Nagano al frente de la Orquesta y Coro Nacionales, en un concierto que destacó la concentración, la intensidad y el énfasis en algunos puntos fuertes.

Kent Nagano al frente de la Orquesta y Coro Nacionales de España
© Rafa Martín | OCNE

La primera obra vio además la participación del pianista Pierre-Laurent Aimard y de Nathalie Forget en las Ondas Martenot, mientras la orquesta se limitaba a la cuerda, la celesta y la percusión, además del coro exclusivamente femenino. En la primera liturgia, Nagano insistió sobre la interioridad del texto, con la constante repetición de los motivos melódicos en los que se introducían pequeñas variaciones y matices, con un efecto hipnótico en el que el piano de Aimard (pianista bien conocedor de este repertorio) recorría el tapiz del coro y la cuerda. En el siguiente movimiento, Nagano dirigió con orden, cuidando que las capas sonoras no perdieran su equilibrio pero sin renunciar a la contundencia cuando fuera necesario. En particular, cabe destacar que Nagano aprovechó muy bien la disposición del coro, que a causa de su dispersión (o justamente gracias a ello) plasmó una sonoridad con múltiples resonancias. También se vio toda la sabia sencillez del uso del silencio, casi como si quisiera hacer reposar la acumulación que se daba por momentos en la obra de Messiaen. Nagano supo hacer brillar también a la cuerda, utilizándola en su registro más agudo, casi hiriente, pero siempre con gesto medido y sin descuidar los detalles de cada frase. Nathalie Forget también tuvo sus momentos de protagonismo con este peculiar instrumento, imprimiendo ese toque inconfundible a la composición con buen atino.

El Coro Nacional y la Orquesta con Kent Nagano en la dirección
© Rafa Martín | OCNE

Después de readaptar el escenario, dimos ese salto en el pasado, al universo amable de Fauré, con su célebre Requiem. Entró el coro al completo así como la sección de viento y el organista Óscar Candendo, en lugar del piano, las ondas Martenot y algunas de las percusiones. Desde el Introitus, Nagano artículo un sonido más cálido que en la parte anterior, aterciopelado y pleno, sin fisuras entre coro y orquesta. Las intervenciones de los solistas fueron correctas y bien coherentes con el conjunto: Sarah Wegener tiene una voz cristalina, rica de armónicos, y cantó con expresión y musicalidad. Por otro lado, el barítono alemán Christoph Pohl tiene una voz rotunda, de buen empaque, que se correspondió bien con la gravedad de sus intervenciones. Desde la delicadeza del Offertorium a la plenitud del Agnus Dei y la sublimación del In Paradisum final, la versión de Nagano de esta conocida pieza fue prácticamente antológica: nada quedó fuera de lugar, el director estadounidense supo sacar la dosis de personalidad a cada instrumentista y cada cantante para hacerla confluir en el conjunto, plasmando texturas sutiles pero sólidas, dinámicas variadas, pero siempre al servicio de la seriedad y el rigor de la pieza.

Se decía que Nagano intenta buscar la conexión entre Messiaen y Fauré: obviamente ha de encontrar soluciones estilísticas distintas que se adapten a cada lenguaje. Sin embargo, capta una esencia común: la espiritualidad inquieta de Messiaen y la apacible de Fauré fueron consideradas por Nagano como dos caras de una misma medalla, como dos formas de declinar el sentimiento de devoción y expresar una religiosidad que ambos compositores concebían sinceramente. Así esa esencia común se refleja en el gesto del director, nunca exagerado, pero siempre exigente, y una orquesta y coro que supieron dar lo mejor de sí. Al acabar la interpretación de las obras, Nagano y la OCNE fueron capaces de hacer retener el respiro, en unos mágicos instantes de silencio, antes de que estallara un emocionante aplauso por una velada para el recuerdo.

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