El lunes 27 de enero, la víspera del concierto de Orozco-Estrada, Fumiaki Miura y la Hr-Sinfonieorchester Frankfurt en el Auditorio Nacional de Madrid, me encontraba en la ciudad bañada por el río Meno, una urbe donde cada vez es más fácil atisbar grandes edificios acristalados, como la sede de la Hessischer Rundfunk, cuya orquesta cuenta desde 2014 con la dirección titular del colombiano, proyectando así, también sobre el ámbito musical, aires renovadores evidentes y que pueden divisarse a distancia. Pero, sin menoscabo de la cuidada factura de sus retransmisiones en directo y de su excelente catálogo de conciertos disponible en la plataforma YouTube, la mejor manera de comprobar las virtudes del conjunto alemán consiste, desde luego, en sentarse cerca del escenario sobre el que actúe.

Desde tal posición privilegiada asistí, un día después, al trepidante inicio de Una noche en el Monte Pelado, el poema sinfónico de Mussorgsky, en el que la precisión de violines fue correspondida por el resto de instrumentistas durante los diferentes tramos de una pieza que exige no únicamente destreza, sino asimismo vuelo lírico y balances contrastados en cada uno de sus cuadros programáticos. La sincronía en ocasiones no alcanzó la redondez inmediatamente, como en los delicados pasajes que emergen tras el “Aquelarre de brujas”, pero Orozco-Estrada siempre supo corregir las desviaciones (en este caso, la falta de unísono en los pizzicati de los contrabajos) para terminar brindando un digno resultado final.

El director Andrés Orozco-Estrada © Martin Sigmund | IMG Artists
El director Andrés Orozco-Estrada
© Martin Sigmund | IMG Artists

Tras esta notable carta de presentación, el joven violinista Fumiaki Miura compareció para desentrañar las notas del Concierto para violín de Chaikovski. Entonces sucedió algo infrecuente: el espectáculo no radicó tanto en la voz solista, que, pese a una sobrada soltura, manifestó arbitrariedad en muchas de sus decisiones, con un sonido apretado (pero un sonido apretado de un Stradivarius, al fin y al cabo; timbres más ligeros llegaron, no obstante, tiempo después, con motivo de la propina) y eventuales golpes de arco que escamotearon parcialmente la expresividad, sino en el apartado orquestal: Orozco-Estrada, con la mirada prácticamente fijada en Miura y adaptando sus gestos a las cambiantes proposiciones de éste (en numerosos casos parecieron improvisadas), transmitió a la Hr-Sinfonieorchester Frankfurt la información adecuada en todo momento. La versatilidad fue prodigiosa y la heterodoxa versión de la particella violinística quedó justificada al propiciar semejante reacción.

Pero hubo que esperar hasta la segunda parte, dedicada íntegramente a Richard Strauss, para que los intérpretes de la formación de Frankfurt pudieran desplegar su talento sin ninguna cortapisa. El acto de contemplar a Orozco-Estrada anticipar cada compás del Don Juan y de El caballero de la rosa devolvió la imagen de una gesta fraguada no sólo desde su conocimiento experto de la partitura, sino también gracias a un estado de forma pletórico: el podio se convirtió en un foco irradiador de energía y seguridad, que contagió a cada atril dispuesto sobre la tarima. Esto fue patente, además de en la calidad de la interpretación, en los movimientos de la Hr-Sinfonieorchester Frankfurt: rostros sonrientes, movilidad sin tensiones y una permanente actitud solícita ante las instrucciones que marcaba el dibujo aéreo de la batuta. El Don Juan probó la solvencia de una orquesta que no se arredra ante las dificultades técnicas, sino que, más bien, crece cuando tiene oportunidad de tocar sin contención (sin que ello signifique que no maneje con igual tino dinámicas sutiles y tempi moderados) y la suite de El caballero de la rosa pavimentó un sendero hasta la perfección, hallada a mitad de camino: el vals permitió corroborar un desempeño tan excelso como cautivador.

No cabe duda de que Orozco-Estrada es la clave de bóveda que sostiene el progresivo éxito que ha ido granando los últimos años la Hr-Sinfonieorchester Frankfurt. Ahora sólo cabe desear que los excesos del marketing no enturbien ni echen a perder una carrera brillante, cuyos límites, por fortuna, aún estamos lejos de poder establecer.

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