Recuerdo vivamente leer a Rafael Sánchez Ferlosio citando y reivindicando, en el artículo Cultura ¿para qué? (El País, 25 de julio de 1998), al desconocido autor de un Arte de tocar las castañuelas: «No hace ninguna falta tocar las castañuelas, pero en caso de tocarlas, más vale tocarlas bien que tocarlas mal». En las vísperas del año 2020, poco antes de que el inexorable 250 aniversario del nacimiento de Beethoven proclame urbi et orbi la vigencia, la belleza, la perfección, la fuerza y el genio del compositor de Bonn (y su música), cabe reformular aquella advertencia anónima y afirmar: «No hace ninguna falta adelantarse a la ocasión y tocar de nuevo la Novena de Beethoven, pero en caso de tocarla, más vale hacerlo bien (como mostraron Kirill Petrenko y la Berliner Philharmoniker el pasado mes de agosto)». Especialmente, es preciso añadir, si la obra en cuestión se programa en un concierto inaugural (esta vez el de la 8ª temporada de La Filarmónica), y, todavía más, si se depositan en ella las esperanzas de que una muy mejorable primera impresión quede completamente soslayada por los acordes de An die Freude. Pero no: ni siquiera la sobresaliente intervención del Orfeón Donostiarra en el movimiento conclusivo pudo disimular lo que en la coyuntura que nos ocupa sólo resultaron prescindibles y molestos prolegómenos.

El director Karl-Heinz Steffens © Michael Bode
El director Karl-Heinz Steffens
© Michael Bode

Empezando por los programas de mano. En la página que presenta “El concierto de hoy”, además de un dudoso uso de la expresión “público generalista”, pueden detectarse la ausencia de signos de puntuación necesarios y el empleo arbitrario de otros. Inquieta imaginar lo que hubiese ocurrido si el texto superase las tres oraciones. Pero los errores más graves se encuentran en “Mucho más que la Oda a la Alegría”, las notas de David Puertas Esteve, cuyo párrafo inicial, del mismo modo que el último (y no son, lamentablemente, los únicos ejemplos), contienen clamorosas incorrecciones de estilo similar (por limitarnos a la superficie del ámbito ortográfico). Nadie con un conocimiento del castellano aceptable podrá evitar pensar que el rigor en la escritura (sin valorar siquiera lo que tales páginas dicen y dejan de decir) aquí brilla por su ausencia. Huelga mencionar que ello no constituye un precedente óptimo para el apartado musical que se introduce.

Pero el sonido no supuso un cambio cualitativo en este sentido. Sorprende escuchar a un clarinetista de la talla de Karl-Heinz Steffens y, sobre todo, a la Orquesta de la Ópera de Praga maltratar tan persistentemente el Concierto para clarinete, K622 de W. A. Mozart (hasta un punto próximo al deseo del término de dicho trance). Al margen del discurso solista, anodino en muchos de sus compases más célebres, plagado de notas falsas y, por lo general, escasamente lucido, la cuerda actuó desordenadamente y proyectando un timbre de menesterosa calidad. No hubo homogeneidad en la sección de violines: las cadencias, el fraseo y la dinámica de los mismos pasajes variaban con relación al atril hacia el que se dirigiese la mirada, y ni el vibrato ni la articulación siguieron un criterio reconocible. Por otra parte, la ligereza, cualidad imprescindible en prácticamente cualquier interpretación del repertorio mozartiano, estuvo lastrada por arcos poco ágiles y un viento cuyo impulso fue insuficiente. Tampoco coincidieron los tempi de Steffens con los de la orquesta (algo que se acusó particularmente durante el Adagio) y el Rondo postrero no se prolongó con justicia a través de ninguna pieza de propina.

El Orfeón Donostiarra © Iñigo Ibañez
El Orfeón Donostiarra
© Iñigo Ibañez

Tras el intermedio, ya con el Orfeón Donostiarra poblando los bancos del coro, y con un número de efectivos en la Orquesta de la Ópera de Praga sustancialmente mayor al que había participado anteriormente, se ofreció una Novena de Beethoven irregular, sin energía ni precisión y abandonada a la suerte de una redención coral y solista que, pese al buen desempeño de Vida Mikneviciute, Michaela Zajmi, Aleš Briscein y Edgars Ošleja, no logró compensar el recorrido atravesado hasta el momento de su entrada en escena. El fallido arranque del Allegro ma non troppo presagió la exigua fiabilidad de trompas, y la atmósfera en la que este movimiento y el Scherzo se desarrollaron estuvo privada de la tensión que reclaman sus audaces pentagramas. Steffens, a pesar de dirigir de memoria, no halló el medio adecuado de invertir los ánimos y el ejercicio, que finalizó entre toques de percusión descontextualizados y un asombroso despliegue del Orfeón (perfectamente afinado y nítidamente proyectado sobre la masa instrumental del conjunto checo), no proporcionó, sin embargo, la satisfacción que requerían las circunstancias. Este concierto de apertura, en definitiva, nos deja con ganas de conocer lo que resta de temporada, pero no tanto a causa de la expectativa creada por aquél como en virtud de una mejoría que consiga olvidar sus infortunios.

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