Qué mejor manera de comenzar la temporada de Ibermúsica que con la presencia de Daniel Barenboim al frente de la Staatskapelle Berlin; no nos cansamos de admirar la templanza y eficiencia de esta gran formación que, de acuerdo con el programa de mano, tiene 450 años de antigüedad. El maestro argentino lleva también sus treinta años al frente de esta orquesta y se ve que conoce muy bien sus entresijos, pues a veces nos parece que bien podría el maestro simplemente marcarle el pulso al grupo, y este sabría perfectamente qué hacer para producir el sonido y la articulación premeditada.

La Staatskapelle Berlin en el Auditorio Nacional con Daniel Barenboim en la dirección
© Rafa Martín | Ibermúsica

En el programa, la Inconclusa de Schubert y la Tercera de Beethoven. “¡Otra vez!” dirían sin dudar quienes demandan mayor presencia de músicas contemporáneas en nuestros auditorios. Pero el caso es que por más que oigamos y estudiemos estas partituras, siempre nos da este conjunto la sensación de asistir a una obra nueva. Así nos pareció la Incompleta en la versión que nos ofreció el maestro argentino. Un cambio inesperado en el tempo y en el carácter dinámico, o un planteamiento sonoro que destacaba voces instrumentales que normalmente quedan ocultas en la homogeneidad orquestal, produjeron una sinfonía fresca y renovada.

Destacamos la habilidad para conducir sin prisas el discurso musical hasta el momento climático de la partitura que contiene los elementos de mayor expresividad dramática; así como para otorgar soltura y abundancia sonora a un Andante con moto que en otras manos se presenta generalmente más estática y prudente.

Daniel Barenboim al frente de la Staatskapelle Berlin
© Rafa Martín | Ibermúsica

No obstante, bien por una cuestión de enfoque interpretativo o por exaltación particular del carácter de cada compositor, si bien nos pareció el primer tiempo de la sinfonía de Schubert el más logrado en el aspecto técnico, nos resultó la sinfonía de Beethoven superior en el elemento expresivo. Ya desde el primer compás del Allegro con brio quedamos subyugados por la magnífica partitura y por la insuperable dirección. La dirección, ya lo sabemos de otras veces, económica de gestos, pero inmensa y duradera en resultados claramente perceptibles: un gesto sutil y se reducía el sonido a un pianísimo imposible; una acometida más severa y sonaban perfectamente equilibrados los acentos rítmicos que abundan en el Scherzo; y aún con el movimiento más simple puso a funcionar el inmenso pasaje fugato de la marcha fúnebre, donde consiguió que la claridad del entramado contrapuntístico redundara en la explosión del fulminante dramatismo de este pasaje.

Todo esta construcción expresiva vino también elaborada por una atención fundamental a la estructura de la forma musical, con una ejecución limpia que propició la enunciación inteligible de todo el material temático inicial, para su posterior identificación en los tremendos desarrollos. Nos resultó, además, particularmente perspicaz en las variaciones del Finale, que, no obstante su carácter fragmentario, mantuvo unidad y dirección en todo momento.

Un concierto inolvidable y especial, como ven, para iniciar la temporada de Ibermúsica con una Serie Barbieri que depara sin duda grandes conciertos con grandes maestros. No se lo han puesto fácil Daniel Barenboim con su Staatskapelle Berlin.

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