“En los momentos de iluminación nuestra alma ve directamente la verdad, del mismo modo que los ojos ven el mundo real. Aquella la percibe sin ayuda del razonamiento. La iluminación no es efecto de un éxtasis. No es un éxtasis beatífico, un deslumbramiento… sino una intensificación del pensamiento”. Con estas palabras comienza Iluminacja -Iluminación-, la obra maestra de Krzysztof Zanussi, y, abstrayendo las connotaciones genuinamente cinematográficas, la cita también puede guiar nuestras reflexiones a propósito de lo musical. Especialmente, si la ocasión se articula del modo en que ahora nos ocupa: Sinfonía núm. 50, de Joseph Haydn, Concierto para piano núm. 3, de Béla Bártok, y Sinfonía núm. 7, de Antonín Dvorák.

Los integrantes de la Münchner Philharmoniker © Wildundleise
Los integrantes de la Münchner Philharmoniker
© Wildundleise

Tal es el programa que, a manera de presentación discográfica parcial, conforma la gira española de Pablo Heras-Casado, Javier Perianes y la Münchner Philharmoniker. Una tournée, merced a lo egregio de sus protagonistas, prácticamente infalible, aunque probablemente no tan afamada con respecto al repertorio que la propicia. Es en este sentido que resulta pertinente nuestro vínculo iniciático con el film polaco, pues, mutatis mutandis, el itinerario propuesto, al margen de la beldad subyacente en su mera y propia escucha, sugiere repensar atentamente la historia de la música, con frecuencia reducida a caricatura o colección, siguiendo a Stefan Zweig, de “momentos estelares” -que, obsérvese, ensombrecen los tramos intermedios-.

Pablo Heras-Casado © Fernando Sancho
Pablo Heras-Casado
© Fernando Sancho
Así, el Concierto para piano núm. 3 (integrador, junto con el también bartokiano Concierto para orquesta, del flamante CD editado por Harmonia Mundi) funciona como epicentro intempestivo, como foco de irradiación retrospectivo que proyecta su luz sobre dos páginas canónicamente menos interpretadas, pero igualmente fundamentales en la forja de la tradición musical absoluta. Comencemos por el principio.

La Sinfonía núm. 50 de Joseph Haydn inauguró el concierto y marcó desde el comienzo el espíritu de la velada. Es sabida la exigencia que entraña el estilo del compositor austríaco, vertebrado, fundamentalmente, a través del molde estructural clasicista, la precisión rítmica (los ataques de la madera y el golpe de arco representan dos elementos cruciales para una lectura exitosa) y la sencillez (que no simplicidad o “facilidad”) de sus acordes. Pues bien, cada elemento fue llevado a cabo con maestría, criterio y la pericia que abandera desde hace años la Münchner Philharmoniker, una formación que figura por múltiples y propios méritos (qué duda cabe ante la exhibición de anoche) entre las mejores orquestas del mundo. Heras-Casado brindó una dirección consonante, logrando sincronía y dinámica en igual medida.

A continuación, Javier Perianes asumió el rol protagonista. Última (e inacabada; los compases finales fueron instrumentados por Tibor Serly) expresión del genio bartokiano, el Concierto para piano núm. 3 condensa una vida y un legado central para la historia musical del siglo XX. A lo largo de sus tres movimientos -Allegretto, Adagio religioso y Allegro vivace- el talento magiar cobra forma encarnándose en pulsaciones rítmicas sobre las que se encabalgan motivos melódicos arrobadores. En estos dos respectos brillaron con particular fulgor Heras-Casado, Perianes y los Philharmoniker de Múnich: la fuerza del discurso pianístico durante la apertura devino en misticismo y trascendencia en el Adagio religioso, siempre respaldado por un excelente trabajo de cuerdas y maderas, y, en el rondó postrero, la danza húngara y el “cuplet” transparecieron y alcanzaron el paroxismo. Bajos y chelos ejercieron de catalizador rítmico, en sinergia con el gesto eléctrico de Heras-Casado, y un viento sublime se erigió en correlato de la voz solista, regalando intervenciones tan cautivadoras como perfectas. El proceso minucioso dedicado a la grabación lució en el directo con su máximo esplendor.

Javier Perianes © Marco Borggreve
Javier Perianes
© Marco Borggreve

En la segunda parte, tuvimos la oportunidad de degustar otro tesoro infrecuente: Sinfonía núm. 7, de Antonín Dvorák. Llamada, por oposición a la Cuarta, “gran sinfonía en re menor”, en ella pueden detectarse las fórmulas arquitectónicas que apuntalarán los dos productos sinfónicos dvorakianos más celebrados: la Octava y la Novena. Y sin embargo, y en esto radica una de las mayores virtudes desplegadas por la Münchner Philharmoniker, el pentagrama es autosuficiente desde una exégesis a la altura. Así quedó patente tras el amerizaje de Heras-Casado y sus músicos en el Auditorio Nacional. Allegro maestoso, Poco adagio, Scherzo-Vivace y Allegro se encadenaron en un torrente arrollador de sonido, en todo instante revestido por el grosor y la tímbrica de la mejor escuela germana. Hay que aplaudir, por tanto, a tutti, desde violines a timbales, por su empeño y contribución al todo armónico; el resultado fue inconmensurable.

La escala madrileña de la gira comandada por Perianes y Heras-Casado, en conclusión, auspició una iluminación polisémica. No se trató únicamente de redescubrir y pensar las “zonas oscuras” de la historiografía musical, sino que también, y en ello radica lo primordial, el ejercicio constituyó un fin en sí mismo. Es menester congraciarse por semejante rutilar. 

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