Nota preliminar: Es constatable que en el Auditorio Nacional de Madrid, con independencia de la entidad organizadora de los eventos que dicha institución acoge, se produce el extraño pero habitual fenómeno de lo que, trazando una analogía con el concepto del filósofo esloveno Slavoj Žižek, podría denominarse «escucha de paralaje». Así, dos propuestas musicales divergen y se superponen en función del lugar que ocupe el oyente: la que se anuncia en los programas de mano y la correspondiente al enjambre de toses, teléfonos móviles, envoltorios de caramelo y ruidos no menos notorios que, paradójicamente –cuando no se traspasa el umbral de lo semántico–, reprueban lo anterior. El presente escrito reseña únicamente la emisión que se vincula con la primera manifestación sonora, previa decantación abstractiva con respecto a la totalidad del conjunto de estímulos perceptibles.

La buena fama precede a la Gustav Mahler Jugendorchester. Es sabido que su plantilla reúne a algunos de los músicos jóvenes más brillantes de Europa, coordinando sus talentos en giras anuales que recalan en las principales salas del continente, interpretando un repertorio copioso y prolijo, e involucrando en el proceso a profesores, solistas y directores de reconocido prestigio, todo lo cual, qué duda cabe, redunda en beneficio de un proyecto ejemplar, que desborda el interés puramente pedagógico. En muchos sentidos, la GMJO funciona como una orquesta profesional, y ello apareja un amplio inventario de méritos –que se redoblan, es necesario subrayar, en virtud de la corta edad de sus integrantes–, pero también, no debe ser soslayado, una serie de condicionantes que pueden lastrar el objetivo fundamental de su cometido: ofrecer conciertos de calidad. Porque la probabilidad de fracaso, como pudo atestiguarse en la primera actuación en Madrid de la Ostertournee 2019, se incrementa a causa de circunstancias concretas: la exigencia de las obras –en esta coyuntura, la Tercera sinfonía de Gustav Mahler, uno de los trabajos más imponentes de su autor–, el cansancio acumulado, y, por qué no mencionarlo, el talante jovial que inevitablemente acompaña a la mocedad que engrosa las filas de la GMJO. Sin embargo, ¿acaso no es en el peligro, como asevera el célebre dictum de Friedrich Hölderlin, donde crece lo salvífico?

La Gustav Mahler Jugendorchester © Cosimo Filippini
La Gustav Mahler Jugendorchester
© Cosimo Filippini

Jonathan Nott parece haber tomado esta idea como premisa para su lectura de la Sinfonía núm. 3 de Mahler. La versión del director británico se materializó durante numerosos tramos a la manera de un reto entre todas las voces con las posibilidades de cada uno de sus instrumentos, privilegiando siempre el riesgo en las decisiones agógicas y dinámicas frente a texturas cuya tibieza, según lo que suponemos el criterio de Nott, no compensaría una mayor facilidad en la ejecución. Felizmente, no escasearon los pasajes en que tal exploración, próxima a los límites de la destreza interpretativa, propició sonidos sobrecogedores, verdaderamente infrecuentes en formaciones adultas: en el Kräftig inicial, la potencia de las llamadas de trompas, las arrolladoras escalas ascendentes de cuerda –donde contrabajos y violonchelos evidenciaron una agilidad y tensión equiparables a violines y violas– y los magníficos solos de trombón; en el Tempo di minuetto, la homogeneidad con la que se engarzaron las múltiples transiciones de la línea melódica, así como la sujeción rítmica durante las series de figuración breve; en el Comodo, la gracilidad de madera y archi, logrando que la coherencia de los scherzi no fuera óbice para su viveza; en el O Mensch! y el Es sungen drei Engel, los momentos vocales de la sinfonía, la gravedad del tono de Elena Zhidkova y su contraste con el alborozo del Coro y los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid, además del primoroso empaste armónico de ambos contingentes y la mezzosoprano con el trasfondo orquestal; y en el último número, el dilatado crescendo y la fluctuación del tempo, que ilustró mejor que ninguna otra página –a excepción, quizá, del cuadro introductorio– la asombrosa ductilidad de la GMJO. Asimismo fue patente la excelente preparación técnica de cada atril –mención especial para los líderes de sección–, exhibida a través de la majestuosa voluptuosidad de los tutti, el color aportado desde arpa y percusión o los unísonos mantenidos a pesar de la vertiginosidad de la articulación.

Sin perjuicio de lo dicho hasta ahora, esta crónica sería tendenciosa si camuflase las falencias que constituyeron un menos encomiable contrapunto, con el que la GMJO deslució las conquistas referidas. Hubo demasiados errores en los ataques y la afinación, particularmente notables cuando provinieron del viento metal –la mayoría de las veces fruto de las tesituras agudas y los delicados corales en piano–, y se acusaron no pocas tímbricas y velocidades fuera de balance: por lo general, metálicas y apresuradas en las violas, desmesuradas y excesivamente lentas en la tuba y el trombón bajo, tímida y no sincronizada en el caso de la concertino. Pero el aspecto más difícil de asumir radicó en la ausencia de un desarrollo orgánico que vertebrase estructuralmente la pieza: sobró ensimismamiento y faltó atención recíproca. 

En definitiva, y apelando mediante el quiasmo al Nietzsche que canta a la humanidad en el cuarto movimiento, habría sido deseable una juventud más madura y una madurez menos adulta. ¿Será porque «hay mayor peligro para una verdad cuando un poeta está de acuerdo con ella que cuando la contradice» (§84 La ciencia jovial)?

***11