En algunas ocasiones, las giras internacionales protagonizadas por orquestas de reconocido prestigio terminan deviniendo en proyectos que, debido a razones como el tráfago sucesivo de viajes o el poco tiempo disponible para la adaptación a la acústica de los espacios en que tienen lugar las interpretaciones, no satisfacen plenamente las altas expectativas que con normalidad genera un evento de dichas características. Sin embargo, otras veces, frente a las adversidades mencionadas, los tours funcionan a la manera de acicate para corroborar en el extranjero la excelencia evidenciada en la práctica habitual de las respectivas salas de origen. Valery Gergiev y la Orquesta del Teatro Mariinsky, según pudo atestiguarse anoche en el Auditorio Nacional –una vez más gracias al auspicio de La Filarmónica–, han de ser vinculados a esta segunda casuística.

Lo demostró, en primer lugar, la lectura del Prélude à l'après-midi d'un faune, de Claude Debussy. La presencia de Gergiev, inmóvil frente a sus músicos durante varios segundos tras la salida al escenario, fue capaz de silenciar a la Sala Sinfónica, propiciando las condiciones ambientales idóneas para que la ensoñación debussyana se desplegase con todo su coturno. Destacó en la apertura cada una de las intervenciones del viento madera, especialmente logradas por parte de la flauta travesera y el fagot. La cuerda casi siempre se mantuvo en un adecuado segundo plano, permitiendo que la melodía y los arpegios del arpa se elevasen con una densidad volátil pero no frágil, a medio camino entre dinámicas forte y mezzoforte. Gergiev dosificó con criterio los crescendi, elongando los tramos de mayor tensión armónica para un más impactante efecto en su posterior resolución. Este notable inicio, reforzado por las felicitaciones que los propios miembros del Mariinsky dedicaron a sus solistas, dio cuenta del buen estado de forma del conjunto ruso.

El pianista Daniil Trifonov © Dario Acosta
El pianista Daniil Trifonov
© Dario Acosta

A continuación irrumpió sobre la tarima, en su habitual estado de excitación, Daniil Trifonov. La página a desgranar: Concierto para piano núm. 1, de S. Rachmaninov. Probablemente esta obra no alcance las cotas de lirismo y sofisticación escritural que su autor conquistó en los conciertos para piano ulteriores –por lo demás, circunstancia compresible: la partitura fue completada a la edad de 19 años–, pero ofrece, por contra, un fascinante recorrido por lo que puede considerarse la fragua de los elementos que tiempo más tarde se convertirían en puntales del mejor lenguaje rachmaninoviano. Así, las frenéticas síncopas, la evolución y complejidad de las armonías o la dialéctica entre la mano derecha y la mano izquierda permitieron a Trifonov derramar su energía sobre el teclado y exhibir su virtuosismo durante los tres movimientos sin solución de continuidad. Gergiev cedió todo el protagonismo a la voz del piano, limitando sus gestos a la sujeción de los tempi y a marcar entradas, despegando tan solo en contados pasajes la mirada de la partitura. Repetidas ovaciones arrancaron al prodigio una propina que desató todavía en mayor grado su primorosa habilidad técnica: la transcripción de la conocida Partita para violín en mi mayor, BWV1006, firmada, asimismo, por Rachmaninov.

Tras el interludio, la Quinta sinfonía de Gustav Mahler fue el objeto de la más encomiable exégesis de la velada. Desde la perfecta afinación, medida y ataque de la llamada de trompeta inaugural hasta el glorioso tutti con el que se clausuró el Rondo-Finale: nada desentonó en una versión excelsa, que combinó gracia –maravilloso el Scherzo, así como los solos de un intachable Lorenz Nasturica-Herschcowici en su labor de concertino–, desgarro –sublime ejecución del Adagietto– y exuberancia sinfónica –las intervenciones de cuerda, viento y percusión en los primeros compases de la Trauermarsch, los corales de metales en el Stürmisch bewegt, la fuerza de bajos en el Allegro giocoso postrero…–. Gergiev no únicamente articuló una red de equilibrios agógicos que estructuró con solidez el desarrollo del discurso, sino que también lideró en todo momento el fraseo, las intensidades de cada voz, el color de la tímbrica y el resto de elementos que tuvieron parte en la conformación de la impresión sonora resultante. El efecto de ello: un recital memorable, que confirmó –otra temporada más– la hegemonía de Valery Gergiev y la Orquesta del Teatro Mariinsky en el circuito internacional. ¿Por qué no son las giras de las grandes orquestas siempre así?

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