Sorprende encontrar una obra como el War Requiem programada para despedir el año. Forzando enormemente las justificaciones programáticas, se podría hablar de un trabajo sobre los adioses para estas fechas. Pero es mejor olvidarse del calendario y entregarse a ella como una necesaria alternativa a la oferta musical de una ciudad inundada de Navidad y endulzada hasta la saciedad por la tradición polvoronera.

José Ramón Encinar y Juanjo Mena durante la interpretación del <i>War Requiem</i> © Rafa Martín
José Ramón Encinar y Juanjo Mena durante la interpretación del War Requiem
© Rafa Martín

Todos los réquiems comparten la necesidad de revestirse de buenas dosis de espiritualidad y transcendencia, es esta precisamente su función. Y demuestran que, para proponerse entablar un diálogo con la muerte, los compositores necesitan desplegar al máximo sus recursos musicales, como en este caso, con dos orquestas, dos directores, dos coros y tres solistas. Pero este de Britten, además, está cimentado en una reflexión moral –también política– que requiere una considerable dosis de humanidad desnuda. Cuando estos dos elementos se unen, el genio de Britten se despliega al máximo y proporciona un acontecimiento emocional, revelador y reflexivo, único en todo el repertorio; algo que ocurrió tan solo parcialmente en esta ocasión. La Orquesta Nacional, en manos de Juanjo Mena, cumplió, sin defectos y con corrección. El ahorro de detalles y la falta de complejidad de las dinámicas orquestales resultó en una actuación alejada de la intensidad metafísica que la partitura exige. Algo de lo que sí encontramos trazas en los fraseos y colores de la formación de cámara, dirigida por José Ramón Encinar.

El cartel de solistas no podía ser más prometedor, tres grandes y reconocidísimos artistas que además exhiben estilos muy diferentes entre sí. Como si acabara de retornar a Brideshead, Ian Bostridge, expuso una vez más el espíritu de la aristocracia británica y resumió ejemplarmente su traslado a la lírica. Desplegó una cuidadísima e impecable dicción para un canto que tendió al recitativo dramatizado, no por carecer de técnica vocal, sino, muy al contrario, por usarla precisamente al servicio de la teatralidad. Es la suya una actuación física, algo histriónica, plagada de unos tics corporales que se sospechan indispensables para que su canto, meticulosamente afectado, funcione. Frente a esta excentricidad, nos encontramos la ortodoxia incontestable de Matthias Goerne. Entiende en carácter de ciclo de canciones de la obra, un terreno en el que se siente más que cómodo. No le importó sacrificar la legibilidad de texto para reforzarlo a través de las dinámicas poetizadas y de esos matices en las consonantes que le han hecho célebre. Frente a Bostridge hubo contraste, pero también una sincera complicidad a través de su mimo a la palabra. Sus diferencias estilísticas fueron, precisamente, las que dotaron de credibilidad al encuentro final entre el soldado muerto y su verdugo, creando la escena más emocionalmente poderosa de la noche.

El <i>War Requiem</i> de Britten en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
El War Requiem de Britten en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín

Ricarda Merbeth no estuvo a la altura de la merecidísima reputación de la que disfruta. Esperamos de corazón que fuera tan solo sea una mala noche. Su lejana posición en el escenario reflejó también una distancia emocional. Tan solo pareció integrarse en determinados momentos, pausados, como el inicio del “Lacrimosa”. Pareció estar siempre en una inexplicable competencia con el coro, que acompañó con una emisión cargada de vibrato, en un tercio agudo adelgazado y en ocasiones algo estridente. El coro de adultos, irreprochable, proporcionó una buena dosis de grandeza, e incluso algunos apuntes transcendentes, haciendo del Sanctus un verdadero enjambre ontológico. La situación oculta del coro de niños introdujo un aire de misterio a la actuación. La escolanía de El Escorial mostró su calidad en los momentos celestiales e, incluso en mayor medida, en un uso inquietante y oscuro del registro grave infantil.

En el principio de la noche pudimos escuchar una Inacabada de tránsito, un Schubert amabilísimo e indolente que, en ausencia de solistas, funcionó como adelanto de lo que luego ocurriría en la segunda parte. Una orquesta reducida a acompañante delegó a los cantantes la inmensa tarea de intentar explicar la muerte, o al menos de nombrarla; y es que esta fue sin duda la noche de las voces, de las palabras y el verbo.

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