Pasar página de una vez. Ya levantadas las restricciones de aforo en las salas de conciertos y teatros, el público acude al Auditorio Nacional con disposición de normalidad y, en mi caso, con el deseo de que esta sea la última vez que tenga que mencionar el covid en una reseña. Pero en esta ocasión se hace imprescindible, las limitaciones todavía presiden el trabajo de la Orquesta Nacional, ya que el programa consta de una única obra, la monumental Resurrección, interpretada con apenas la mitad la plantilla habitual – tan solo 55 profesores. La adaptación de José Luis Turina en manos de David Afkham, sin embargo, logra preservar la esencia de la obra, en intensidad, transcendencia y carga emocional.

David Afham, la Orquesta y el Coro Nacionales de España
© Orquesta y Coro Nacionales de España

El efecto más evidente de la reducción es sin duda la pérdida de la presencia en la sección de cuerdas, no tanto en sus momentos en solitario, sino en la convivencia con el resto de la orquesta. Así, los vientos, en especial los metales, dominan esta versión y, como consecuencia, la obra renuncia a parte de su espíritu romántico, a la vez que, a través de la explosión de timbres brillantes, potencia su vertiente de música de vanguardia.

Entre otras muchas funciones, las cuerdas mahlerianas sirven de sustento, envoltorio y mar de fondo a los numerosos efectos expresivos con los que el compositor construye sus obras –ahora muchos se nos muestran desnudos. Por ejemplo, los clímax frustrados, tan característicos, emergen sin trampolín y caen sin colchón, presentándose más escarpados y extremos. O se pierde el efecto del humor y la parodia en el tercer movimiento, al ser los contrastes por secciones menos evidentes. Pero, en todo caso, la interpretación se salva con honores por el excepcional trabajo de David Afkham y su tantas veces demostrada maestría en el balance de las voces orquestales, precisamente lo que se necesita más que nunca en esta ocasión.

Pero si la orquesta resolvió brillante, el Coro Nacional edificó algo de su propia historia. No se trata solo de una afirmación con significado figurado, este año celebraban su cincuenta aniversario y, para la función extraordinaria del jueves 7, invitaron a numerosos estudiantes de la escuela de canto –su futuro–, y a las generaciones anteriores –el pasado que lo creó. Los integrantes del presente se entregaron al máximo a ese público tan significado ofreciéndonos un final de sinfonía pluscuamperfecto desde el punto de vista técnico e imbatible desde el pasional. La conexión con el público protagonizó su intervención, el silencio absoluto en la sala tan solo roto por respiraciones agitadas y algún sollozo irrefrenable, pura emoción compartida.

Las solistas, por su parte, cumplieron, aunque parecieron algo ajenas a la magia que se desarrollaba a su alrededor. Karen Cargill ofreció un “Urlicht” de espíritu riguroso, aunque irregular y algo lejano. Destacó la potencia y oscuridad de la zona baja –en sus “Mensch” pudo sentirse el peso de la existencia. La soprano Christina Landshamer exhibió timbre luminoso, potencia y buen gusto; además de un buen empaste con su compañera, que así mejoró en el dúo final. 

Mahler nos advirtió que sus sinfonías son universos y el equipo de la OCNE se ha enfrentado a la, en principio, imposible tarea de mantener el grandioso mensaje de la resurrección con recursos muy mermados. Y lo han conseguido. Esta adaptación e interpretación es más que un simple experimento forzado, quedará cariñosamente en la memoria como una original versión, sorprendente, esforzada, luminosa y arrebatadoramente emotiva, a través de las magníficas voces de un coro entregado a la conciencia de su propia historia.  

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