“Quien está dispuesto a cambiar libertad por seguridad, no merece ni la una ni la otra, y acabará perdiendo ambas” decía Benjamin Franklin. Cambien la palabra “libertad” por “arte” o “cultura” y, sin variar una coma, la frase seguirá siendo igual de válida, con independencia de que ahora tengamos en Twitter el hashtag #CulturaSegura.

Dicho esto, que un cantante interprete con mascarilla es una mutilación brutal a una obra de arte, en este caso Songs of Travel de Vaughan Williams. La alternativa era evidente: cambiar el programa. Sea como fuere, que cada uno piense lo que quiera pensar, se me hace sumamente difícil evaluar a un cantante con mascarilla, al igual que no sé cómo hubiera podido hacer la crítica a Pablo Ferrández la semana pasada si este hubiera tocado con guantes de lana. Puesto que imagino que a Brindley Sherratt nadie le puso una pistola detrás para que cantase así, seré justo: destacó por una excelente pronunciación que acompañó de expresividad tanto vocal como corporal, con lo que ofreció una interpretación amena. Técnicamente destacó, para mal, la falta de armónicos, especialmente en el grave, registro en el que el piano fue prácticamente inaudible, lo que afeó todo cierre de frase. Mostró Sherratt también un interesante registro agudo para un bajo que, sin embargo, en ocasiones pareció un tanto forzado.

El bajo Brindley Sherratt y la Orquesta Nacional de España con David Afkham en la dirección © Rafa Martín | OCNE
El bajo Brindley Sherratt y la Orquesta Nacional de España con David Afkham en la dirección
© Rafa Martín | OCNE

La Orquesta Nacional realizó una gran labor en esta primera parte. La cuerda esgrimió un acompañamiento dulce y melodioso. La delicada y excelente orquestación de Vaughan Williams permitió a Afkham, con una dirección clara y elegante mover la orquesta con naturalidad. En definitiva, tenía todos los ingredientes para convertirse en una versión memorable de Songs of Travel, pero la mascarilla estaba de por medio y no pudo ser en esta ocasión.

No tan memorable fue la versión que Afkham ofreció de la Tercera sinfonía de Beethoven. La “Heroica”, la primera demostración de la naturaleza indomable, furiosa, y terriblemente humana del genio de Bonn. No logré entender qué pretendía Afkham. Comenzó la sinfonía tambaleándose. Los chelos estaban completamente descoordinados y el ritmo se mantuvo desigual y a tirones hasta bien entrado el primer movimiento. Sí se esforzó el maestro por realizar matices bien contrastados, requisito imprescindible en toda interpretación de una obra sinfónica de Beethoven que se precie, aunque quizás a costa de abusar de un fortissimo que para el cuarto movimiento de la sinfonía ya había perdido todo su poder de sorpresa.

Tomó el segundo movimiento un poco más rápido de lo habitual, lo que restó profundidad a la marcha fúnebre. Las maderas estuvieron bien en este movimiento, sin embargo, los violines coparon más atención de la que debían, tapando algunos de los solos de los vientos. En el Scherzo sí pudimos escuchar una lección de dirección de la mano de Afkham, y junto con una fuga excelentemente coordinada en el cuarto movimiento salvó el talento del director que la primera parte de la sinfonía pudiera haber puesto en duda. Destacó la labor de las trompas en su famoso trío dentro del Scherzo y la exuberancia de los violines en el Finale en los mares de notas de la “contradanza”.

¿Qué más decir? No fue una velada muy “Heroica”. Al parecer, los héroes, a veces también buscan la seguridad.

***11