El segundo concierto de esta temporada de la Orquesta Nacional de España continúa por el camino de la evolución sinfónica del maestro del que este 2020 se cumple el 250 aniversario de su nacimiento: Ludwig van Beethoven. En este caso se representó junto con la segunda sinfonía del genio de Bonn el Concierto para violín, “Estrasburgo”, de Mozart –excelente selección para una orquesta reducida que tan solo contó con 27 músicos aparte del solista– y para tal sesión plenamente clásica tuvimos el placer de contar con Giovanni Antonini como maestro de ceremonias. El director italiano, también experto flautista barroco, domina el género clásico, como bien ha demostrado comenzando la grabación de las sinfonías de Haydn junto con la formación Il Giardino Armonico. Pero... ¿qué es dominar el Clasicismo?

Básicamente saber utilizar los matices y saber marcar los contrastes. En esto destacó Antonini tanto en Mozart como en Beethoven, sabiendo doblegar la orquesta hasta lograr delicados piani y excelentes “fondos rítmicos”, para lo que no dudó en usar todo el cuerpo, agachándose y moviéndose por todo el podio, transmitiendo también una gran viveza. Del mismo modo, supo sacarle todo el brillo y potencia a los líricos forti, en los que pudimos oír claramente a la melodía saltar de una sección a otra de la orquesta. Destacando también en el primer movimiento de la Sinfonía núm. 2 de Beethoven el correcto uso de los acentos y sforzandi. No tan certero estuvo el maestro con el ritmo, quizás enturbiado por sus peculiares movimientos de brazos y manos –dirigió sin batuta– más cercanos al recargado Barroco que al Clasicismo y que le ocasionaron un par de momentos de tensión al comienzo de los movimientos primero y cuarto de la sinfonía a los que, sin embargo, se supo reponer rápidamente.

Giovanni Antonini al frente del violinista Giuliano Carmignola y la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín | OCNE
Giovanni Antonini al frente del violinista Giuliano Carmignola y la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

La orquesta supo funcionar muy bien bajo el mando de Antonini. En este caso, estuvo especialmente la cuerda muy empastada y atenta a la dirección, ofreciendo, como resultado, un timbre homogéneo muy acorde a lo deseado para este género. En cuanto a los vientos, los trompistas usaron la versión clásica del instrumento, la trompa natural que supo imprimir su característico timbre algo más estridente ideal para los "golpes de orquesta" de los que se valió Antonini para imprimir ese orden, tan apreciado en la época clásica, al concierto.

En cuanto al violinista, Giuliano Carmignola, ofreció un “Estrasburgo” con bastantes licencias que le permitieron hacer gala de su virtuosismo, especialmente con la cadenza del primer movimiento, repleta de dobles cuerdas e incluso algún pizzicato y que estuvo más cercana de Paganini que de Mozart. Destacó su naturalidad y flexibilidad para manejar el violín mostrando una sencillez solamente propia de los grandes maestros del instrumento. Sin embargo, le faltó algo más del ímpetu juvenil del adolescente Mozart que compuso este concierto en una etapa aún feliz en Salzburgo y en la que el Rondó es precisamente eso, un canto a la juventud y al desinterés, alejado de cualquier filosofía de vida compleja. En fin, supongo que no se puede tener todo, o el ímpetu y ardores juveniles o la maestría que solo dan los años de experiencia. Tal vez, de ahí, el prodigio de Mozart.

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