La Orquesta Nacional vuelve al Auditorio Nacional, en esta segunda cita de la temporada, en grande forma y presentando algunos de sus ejes temáticos que caracterizan la programación de este curso: una atención especial para Robert Schumann y una presencia constante del violín como instrumento solista. La combinación de director y solista no era nueva, ya que James Ehnes nos visitó, también con Juanjo Mena, en diciembre de 2018, dejando una muy buena impresión. El programa nos brindaba dos grandes hitos del repertorio romántico, aunque cabe recordar que estas obras tuvieron sus dificultades para afirmarse en su época, por su carácter personal y complejo. 

Juanjo Mena y James Ehnes
© José Luis Pindado | OCNE

El Concierto para violín y orquesta, op. 77 de Brahms ofrece al solista un buen número de pasajes con épica y lucimiento pero también esconde muchas dificultades técnicas y sobre un planteamiento que requiere notable inteligencia musical. El extenso primer movimiento requiere un entendimiento sin fisuras entre violinista y orquesta, algo que se dio de manera magistral, con unas dinámicas equilibradas y proporcionadas. Ehnes tiene un sonido cálido, robusto, capaz de confrontar con la orquesta sin perder matices ni manifestar estridencias. Mena articuló el tejido orquestal de forma sosegada en los tempi, brillante pero sin exceso en la potencia, permitiendo ante todo la integración con el solista. Ehnes brindó una cadencia más delicada en la que se pudieron apreciar registros diferentes, jugando con los silencios y los pianissimi, creó una atmosfera que se prolongó también en el segundo movimiento, cuya apertura, a cargo del oboe y acompañado por la sección de viento, cabe señalar. Más allá que por la proporción del conjunto, el movimiento central destacó por un empaste pleno, sosteniendo al solista en todo momento y permitiéndole aprovechar el lirismo de la página. El movimiento conclusivo fue la verdadera ocasión de virtuosismo para el solista, quien abordó todas las dificultades técnicas con solvencia, desde las notas dobles, las octavas o el volumen contundente de la parte orquestal. Ehnes resolvió con brillantez, siempre orientado al discurso general que Mena desde el podio hilvanó con rotundez.

En suma, fue una interpretación que se caracterizó desde el comienzo por una construcción sólida, tal vez convencional, pero respetuosa del texto y del espíritu brahmsianos. Además Ehnes concedió dos bises bachianos, que mostraron otra de sus facetas y permitiendo apreciar el sonido nítido y terso de su Stradivarius. Todo ello nos lleva a considerar al violinista canadiense como un referente de primer nivel en el panorama actual.

Juanjo Mena al frente de la Orquesta Nacional
© José Luis Pindado | OCNE

Tras el descanso, Juanjo Mena acometió una Cuarta sinfonía de Schumann con el brío y desenfado habituales. Con tiempos más acelerados que en la primera parte del concierto, el Ziemlich langsam se inauguró misterioso con un cuidado crescendo, para abrirse hacia el impulso del Lebhaft, marcando los sucesivos contrastes en el desarrollo del tema. La romanza del segundo movimiento resultó bastante animada, sin dejar espacio a ninguna languidez, mientras que fueron los últimos dos movimientos los mejor construidos. El arrebatado Scherzo sacó a relucir el metal y la percusión y fue atravesado por la eléctrica batuta de Mena, algo que se trasladó también al movimiento conclusivo pero con mayor proporción. Tras el comienzo, que retoma el movimiento inicial con su carácter más pausado, la parte final que contiene una extensa coda de evocaciones beethovianas, fue incorporando diversos elementos que alimentaban los contrastes entre las brillantes partes solistas, así como entre los diversos motivos cada vez más pujantes hacia los destellos finales. Todo ello fue dirigido con energía y lucidez por el director vasco al que la formación sinfónica siempre siguió con atención y naturalidad.

La velada fue así coherente en la construcción del programa, brillante en las sonoridades emitidas, y marcada por la vitalidad romántica, gracias a un solista como James Ehnes, que posee medios más que notables, y a un director como Juanjo Mena que bien sabe hacer brillar los resortes de la Orquesta Nacional.

****1