Manuel de Falla. Uno de los más grandes compositores (no sólo a nivel español) del siglo XX y, sin embargo, ¿han reparado alguna vez en lo escueto de su catálogo? Esto se debe, según dicen, al perfeccionismo del gaditano, que destilaba cada una de las notas de su partitura para que reflejasen exactamente lo que él quería. De ahí que nadie dude en el paisaje sonoro que se crea en estas obras completamente en sintonía, no con la moda alhambrista que propagó el maestro Sarasate por toda Europa, sino con el profundo conocimiento e interés por el flamenco que tenía don Manuel.

Estoy seguro de que David Afkham habrá estado en la Alhambra en algún momento, pero no estoy tan seguro de que haya escuchado alguna vez a los gitanos del Sacromonte y, sin eso, ¿cómo se va a comprender a Falla? Mira que tuvo la colaboración de Javier Perianes, quien tocó con tanto duende como profesionalidad, pero pareció no contagiar de esta magia a la orquesta y, finalmente se ofreció una versión de Noche en los Jardines de España cuanto menos decepcionante. No piensen que no voy a justificar semejante acusación.

Integrantes de la Orquesta Nacional de España durante el primer concierto de la temporada © Rafa Martín | OCNE
Integrantes de la Orquesta Nacional de España durante el primer concierto de la temporada
© Rafa Martín | OCNE

Para dirigir Falla hacen falta tres cualidades principalmente: primero, conseguir la cohesión orquestal de la música alemana. Los crescendi, los matices por acumulación de instrumentos los desarrolla Falla con la misma facilidad que lo hiciera Beethoven y como tal se deben dirigir, en este aspecto Afkham, como es evidente, no tuvo ningún problema a pesar de la reducción de la plantilla de la orquesta debido a la situación actual. En segundo lugar, y esto se debe al paso de Falla por Francia, hay que tener unos buenos vientos con capacidad de solista, algo que, no sólo tiene nuestra Orquesta Nacional, sino que es además uno de sus puntos más fuertes, especialmente esas maderas de tan delicados timbres. Sin embargo, el último punto es quizás el más importante: la pasión española. Y de esta, Afkham ni una gota. Perianes se esforzó por proponer, especialmente en el tercer movimiento, cesuras, rubatos y otras licencias perfectamente esbozadas que el maestro se empeñó una y otra vez en despreciar y en consecuencia ejecutó un Falla completamente anodino y carente de carácter.

Beethoven ya fue otra cosa. Al principio de la Fantasía coral pudimos por fin escuchar a Perianes en todo su esplendor con una “elegancia apasionada” que me recuerda a los retratos de mujeres de Julio Romero de Torres por tratarse de una belleza más popular que aristocrática, algo con lo que estoy seguro que estaría de acuerdo el genio de Bonn. Fíjense si se volvió castiza la escena que cuando retiraron el piano se le aplaudió igual que a las mulillas que retiran al toro después de la lidia en la fiesta. No crean que me olvido del coro. Reducido y enormemente separado, hizo un excelente trabajo creando, debido a las circunstancias, un curioso efecto envolvente. Así que mi enhorabuena a García Cañamero por haber encontrado una solución tan inteligente e interesante para sobreponerse a la situación.

La Sinfonía núm. 1 de Beethoven dio a Afkham la oportunidad de redimirse y éste no la desaprovechó. A pesar de su peculiar forma de dirigir, consiguió que la orquesta funcionase como una maquinaria bien engrasada incluso con el metro y medio de distancia, y supo destacar en cada momento las partes importantes en las que, una vez más, pudieron lucir su talento los solistas de las diferentes de las secciones de la ONE.

Al final el público sí que aplaudió a rabiar. Se lo merecían. Tanto la orquesta, como el coro, como todos aquellos que tras el escenario hacen posible que la música suene en un auditorio, pulmón musical de nuestra ciudad y nuestro país, que demasiado tiempo había permanecido mudo.

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