Sabemos de la complicada relación de Walter Benjamin con el cine, al que le achacaba en gran medida el atrofiamiento del aura en la obra de arte. Para Benjamin, el cine descentraba al sujeto, lo enajenaba en la constante exposición a la repetición de sus acciones en una pantalla donde, al fin y al cabo, la persona está presente pero ausente, incapaz de defenderse y condenada a permanecer grabada en el negativo de la película.

Para una de las últimas citas de una rotunda temporada del Círculo de Cámara, el CBA propuso repetir el formato ya ensayado la temporada pasada: una película clásica de Buster Keaton, en este caso El colegial, acompañado con música en vivo por el Trío Arbós. Y citábamos a Benjamin porque de alguna manera volver al cine con la banda sonora interpretada en directo podría ser una forma de romper esa pérdida del aura que denunciaba el pensador alemán. Volver, al menos en parte, a la dimensión del aquí y ahora, irrepetible, se hace patente a través de la experimentada formación de cámara madrileña y la partitura de Stephen Prutsman.

Cartel de la película de 1927, College protagonizada por Buster Keaton
© Wikimedia Commons

En tal sentido, el hecho de que se utilice una banda sonora escrita explícitamente para esa película después de tantos años también tiene su interés: Prutsman recrea un universo, lo reactualiza, propone una sonoridad que se asemeja a la de la música escrita para las películas pero al mismo tiempo es consciente de su distancia. Los ritmos del ragtime y del blues, que pretenden emular la música que acompañaba las proyecciones en aquella época, se entremezclan con sutiles variaciones sobre temas de Bach, Elgar, Prokofiev, compartiendo el protagonismo con lo que sucede en la pantalla y ofreciendo un resultado jovial y ecléctico, pero al mismo tiempo aludiendo a una dimensión reflexiva sobre la función de la música para el cine.

Las peripecias de Buster Keaton mantienen intacta la capacidad de conmover y hacer reír casi un siglo después y así, justamente por esa posibilidad de reiterar la experiencia en el tiempo, las imágenes sobre una pantalla cobran vida, una segunda vida, en nuestra mirada de espectadores contemporáneos. En esta dinámica de relectura y reactualización, el elemento de la música en vivo es un ingrediente fundamental. El Tríos Arbós sumó elementos con la participación de Pablo Quintanilla, como segundo violín, y Paul Cortese, como viola, en formación de quinteto, y con el añadido de algunos instrumentos de evidente caracterización cómica como el guitalele, cornetas y una batería jazz.

La música al servicio de la imagen: así lo dejaba claro, antes de la proyección, Juan Carlos Garvayo, pianista de la formación, presentando la tarde con un “Bienvenidos al cine”, que lo decía todo. Sin embargo, más allá de la intención de mero acompañamiento al clásico cinematográfico, la presencia del Trío Arbós fue mucho más contundente y para nada secundaria, tanto por el buen hacer musical como por el animado espíritu con que abordaron esta banda sonora de Prutsman.

Se vieron cómodos y divertidos, los elementos del ensemble, mostrando una perfecta sincronización con la película y luciendo una espontaneidad ejemplar, no obstante siguiesen las pautas de la obra. Había una chispa que nacía de la interactuación de los músicos con las hazañas y desaventuras de Keaton, que hacía que el discurso musical fluyese con naturalidad y articulando la visión del espectáculo. Las sonoridades del conjunto fueron diversas, tal como requería la partitura, pero casi siempre marcadas por el desenfado, la ironía y un color luminoso aunque con toques ácidos. También el catálogo de efectos estuvo muy acertado, incluso con alguna intervención vocal, para acompañar los gestos mudos sobre la pantalla.

Cabe reconocer que no se trata de las grandes obras de repertorio camerístico, donde medir a una formación y confrontar su interpretación entre otras muchas, es algo distinto: un espectáculo en el que destacan otras cualidades, como la frescura y la empatía, sólidamente sustentadas por las capacidades técnicas del Trío (o quinteto, para la ocasión) Arbós.

El público interrumpió con risas y aplausos (algo mucho más agradable de los habituales móviles y toses) en varios momentos, algo que probablemente no hubiese ocurrido con la sola proyección de la película. Esto demuestra que la banda sonora recreada en directo establece un renovado vínculo entre el espectador y la imagen reproducida; la música deja de ser mero accesorio y se vuelve mediación imprescindible, entre lo fijado y lo que transcurre en lo inmediato, entre el pasado y la posibilidad de revivirlo en el futuro.

Así, frente a la imagen que de alguna manera sufre la pasividad de ser proyectada, la música reactiva el aura de una experiencia compartida, proponiendo una nueva forma de enfocar nuestro ser espectador.

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