La Cenerentola de Rossini es casi fruto de la casualidad, de la coincidencia entre la frenética actividad del compositor de Pésaro, las limitaciones contingentes de la producción, las exigencias de los empresarios teatrales, la censura romana y un libretista hábil. Todo ello llevó a una versión del cuento de Perrault alejada de toda magia y elemento sobrenatural, para centrarse en una comedia de enredo, o lo que viene a ser, un dramma giocoso, en el que no deben faltar los golpes de escena, las sorpresas, pero también debe destacar una evolución de los personajes.

Aigul Akhmetshina (Angelina) rodeada de Borja Quiza, Michele Angelini y Nicola Alaimo
© Javier del Real | Teatro Real

La producción que se presenta en el Teatro Real, firmada por Stefan Herheim y proveniente de Oslo, reintroduce una cierta magia, al menos a nivel visivo, construyendo una versión de gran impacto escénico. Se suceden sólidas estructuras, proyecciones de imágenes, continuos movimientos de los actores y el coro, rompiendo la rigidez habitual entre las escenas, con un entramado más fluido y menos anclado a los números musicales. Y tal vez el problema de esta producción sea precisamente ese: demasiada acción y demasiados giros a la trama incrustados en los resquicios que deja el libreto nos dejan con una sensación de desasosiego y plasman una imagen farsesca del conjunto, algo distinto de un drama jocoso. El uso reiterado del Rossini deus ex machina, convertido en recurso polifuncional, destripa el argumento a los ojos mismos de Angelina, que resulta así un personaje más bien plano, y reduciendo la escena a un juego más bien frívolo de disfraces, engaños y equívocos. Ello deja el campo libre a la inventiva de Herheim y a su pirotecnia escénica, bien construida, como dijimos, pero que pierde en tensión narrativa e incluso opaca la música por momentos.

Aigul Akhmetshina (Angelina), Michele Angelini (Don Ramiro)
© Javier del Real | Teatro Real

Y con respecto a la calidad musical, cabe destacar la solidez desde el foso de Riccardo Frizza que posee todas las cualidades para brillar en este repertorio: desde el timbre afinado y eléctrico de las maderas, hasta los característicos crescendos rossinianos, el maestro italiano consiguió vertebrar el entero discurso con un sonido pleno y enérgico que sostuvo con convicción a los cantantes en la escena. El coro masculino tuvo su protagonismo si bien no todas las intervenciones fueron del mismo nivel, probablemente por la gran exigencia escénica que tuvieron que afrontar. En cuanto al reparto vocal, el segundo de esta producción conjugó voces más afirmadas, otras más modestas y por lo menos una buena y prometedora sorpresa. Ésta última fue justamente la protagonista, la Angelina de Aigul Akhmetshina, mezzosoprano rusa de 25 años, posee una voz segura en todos los registros, que se muestra equilibrada tanto en las arias solistas como en los conjuntos. Derrocha energía y no escasea en potencia, como demostró en el aria final "Nacqui all'affanno", aunque puede que todavía le falte un poco de madurez dramática. En todo caso se revela como una voz con increíble potencial.

También merece una valoración positiva el Don Ramiro de Michele Angelini: es un tenor de buena flexibilidad vocal, timbre balanceado y empaque sólido, que apunta maneras también para roles de mayor calado lírico, y se desenvuelve bien sobre la escena. Por otro lado, el Don Magnifico de Nicola Alaimo acapara muchas de las atenciones de esta producción con su rostro jánico (padre de la Cenicienta y Rossini, el demiurgo) y mantiene un nivel vocal constante y notable en toda la obra –desde el inicial "Miei rampolli femminili" al logrado dueto "Un segreto d'importanza"- así como una presencia escénica hilarante y rompedora. Más modestos el Dandini de Borja Quizá y el Alidoro de Riccardo Fassi. El barítono gallego tiene una voz contundente, que no se queda atrás a la hora de alcanzar las notas más altas, pero hay momentos en los que carece de nitidez y matices en el registro medio con un fraseo no siempre fluido. En todo caso cumplió bien en los conjuntos y se integró sin fisuras en el elenco. Por otro lado, el bajo italiano tuvo dificultades para destacar en los conjuntos y, en el aria escrita para la segunda versión por Rossini, "Là del ciel nell'arcano profondo", se desempeñó correctamente, aun sin brillar en ningún aspecto particular.

Natalia Labourdette y Carol García (Clorinda y Tisbe) junto a Don Ramiro, Alidoro y Dandini
© Javier del Real | Teatro Real

Desenfadadas, oportunamente impertinentes y con voces adecuadas las hermanastras Tisbe y Clorinda, respectivamente representadas por Carol García y Natalia Labourdette, aportaron las necesarias notas de color, sobre todo en el primer acto, como contrapunto a Angelina. Los conjuntos, verdadera alma musical de las óperas rossinianas, estuvieron bien construidos, sin estridencias, aunque les faltó algo de chispa y desenfreno, sobre todo frente a una escena en continua agitación y probablemente a causa de un nivel no homogéneo del elenco.

Estos elementos dieron lugar a una función de apreciable resultado, con voces que merecen ser escuchadas y con buen potencial, si bien para nuestro gusto el protagonismo de la propuesta escénica de Herheim interfiere demasiado con la música y recarga en exceso de segundas intenciones el cuento, disolviéndolo a favor de su elemento farsesco.

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