Hay conciertos cuya impronta se cifra en el breve lapso de unos segundos, en el dibujo que la música traza casi fugazmente mediante los giros de dos pentagramas, o incluso de dos compases. En una obra tan monumental como la Segunda sinfonía de Gustav Mahler, esta circunstancia puede señalar el fracaso de la versión en cuestión, advirtiéndose como una suerte de alivio, compensación o destello de una grandeza no alcanzada en toda su dimensión, pero también lo contrario si la interpretación halla deliberadamente su centro de coordenadas o su punto de fuga en un tramo climático, resolutivo, sinóptico, que polariza el resto de notas e indicaciones dispuestas sobre la partitura, dirigiéndolas hacia sí y dotándolas de un sentido que se revela únicamente tras la audición de dicho nodo.

El coral de trombones del Im Tempo des Scherzos y la entrada del coro en el mismo movimiento fueron, en la lectura de Dudamel, los dos momentos de inflexión más notorios, lo cual, dada la estructura de la sinfonía, resulta moderadamente frustrante, toda vez que la sección del finale no logró las cotas de intensidad que se presumen a nivel formal. Esta descompensación, sin embargo, no obedeció tanto a una merma en el desempeño de la Filarmónica de Múnich como a la irregularidad en la construcción acumulativa del discurso precedente, en el que la lógica dominante fue la de la intermitencia.

Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Múnich © Javier del Real | Teatro Real
Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Múnich
© Javier del Real | Teatro Real

Así, el Allegro maestoso del Todtenfeier transcurrió sin acusados obstáculos, al margen de la variable cohesión de la masa orquestal (sorprendentemente, violonchelos y contrabajos dieron lugar a un unísono más conseguido que el de violines, pero renunciando a una mayor potencia en los ataques y la tensión de las escalas ascendentes y descendentes), eventuales desafinaciones y una tendencia a homogeneizar los diferentes motivos, como pudo apreciarse en el tímido contraste entre los pasajes de trémolo de archi y las declamaciones del oboe.

El segundo movimiento prolongó esta dinámica, ahora con mejor acomodo en los tempi del Andante moderato. El sonido continuó sin evidenciar toda la redondez de la que es capaz la Filarmónica de Múnich, pero sí fue patente una mayor unidad en la articulación, especialmente en la cuerda. La dirección de Dudamel contribuyó a ello con abundantes gestos de subdivisión, que inevitablemente encontraron su contraparte en el menoscabo del vuelo lírico de las voces melódicas, pero asimismo incrementaron la solidez del desarrollo de la exégesis, desembocando en el In ruhig fliessender Bewegung con solvencia.

El pasaje central de la sinfonía (tanto el número célebremente reescrito por Luciano Berio en su Symphony como el Urlicht), no obstante, fue el más imperfecto. El tercer movimiento careció de la fluidez que desde su propio rubro esta página reclama. Se trató, fundamentalmente, de un problema de escucha, que Dudamel, demasiado preocupado en los ejercicios de contención de todos sus efectivos (a quienes dirigía de memoria) no supo corregir en el podio (a pesar de algún visible semblante de descontento), si bien estos desajustes no llegaron hasta el extremo de convertirse en un problema excesivo: bastaron para subvertir la organicidad y el contrapunto prácticamente jazzístico planteado por Mahler en este cuadro, pero no superaron, ni mucho menos, la barrera de lo inadmisible.

Tamara Mumford brindó una entonación correcta de los versos a propósito de la luz prístina, aunque se echó en falta más delicadeza en la dicción del texto en alemán. Pero fue inmediatamente después cuando el coral de trombones del Im Tempo des Scherzos irrumpió como una epifanía. Hasta este instante las sensaciones habían sido destempladas, pero el desenvolvimiento de la parte conclusiva de la sinfonía arrojó el fulgor musical que se había hurtado previamente. Y el mérito de ello no debe recaer únicamente sobre los excelentes vientos de la Filarmónica de Múnich, sino que también ha de reconocer la impecable labor del Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. La entrada en pianissimo provocó el estremecimiento anhelado y, con la complicidad puntual de Chen Reiss, la clausura gloriosa que proclama la Auferstehung brilló con mayor resplandor del que habían auspiciado los cuatro primeros movimientos. Se hizo buena, entonces, la máxima de Klopstock: ¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío, en un instante! Pero también ello es lo que se lamenta: haber acariciado la plenitud de modo tan efímero.

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