Démosle otro merecido aplauso al Teatro Real. No solo nos sigue asombrando con esas heroicas funciones de Sigfrido, sino que además, y mientras ensaya ya su próximo Peter Grimes, se atreve a compaginarlas con una nueva producción en el extremo opuesto de los presupuestos de la lírica: Norma, una de las cimas del bel canto. Es esta sin embargo una apuesta con un resultado menos rotundo que el de su compañera simultánea de cartel.

Yolanda Auyanet como Norma
© Javier del Real | Teatro Real

La nueva propuesta de Justin Way provoca inicialmente el justificado rechazo que debe causarnos cualquier escenografía que exhiba el cartón piedra de una manera tan descarada, me atrevería a decir que insolente. No sirve como excusa la idea del teatro-dentro-del-teatro que vertebra su interpretación abierta del libreto –los materiales escénicos parecieran de una producción del Fantasma de la ópera a la que se le ha quedado corto el presupuesto. Pero según avanza la trama, hay que reconocerle al australiano la capacidad para construir unos personajes creíbles con los que el espectador actual puede conectar: esa Norma madura, actriz protagonista de su propia tragedia o una Adalgisa para la cual la sororidad parece ser un asunto tanto de clase como de género. Es altamente recomendable atender a los personajes individuales y obviar los aspectos panorámicos y corales.

Es además necesario acercarse a la Norma de Yolanda Auyanet sin los prejuicios con los que las grabaciones históricas han colmado, muy especialmente, este papel. Su sacerdotisa cumple en la faceta lírica con un canto refinado, bellas agilidades, delicados pianos y un fraseo algo corto, aunque elegante. Pero Auyanet destaca, sobre todo, por su aspecto dramático.

Norma (Yolanda Auyanet)
© Javier del Real | Teatro Real

En su “Casta Diva” hay momentos ligeramente estridentes en los ataques y fraseos del agudo, pero que deben entenderse desde esta perspectiva, no son alabanzas a la luna, sino la expresión de los conflictos internos de una actriz en decadencia aquejada de serios problemas de pareja. No deja una actuación vocal de referencia, pero sí una interpretación extraordinariamente creíble del personaje, con la que es inevitable empatizar –todo un logro, recordemos que hablamos de bel canto.

La mejor voz de la noche, sin lugar a dudas, fue la de Clémentine Margaine como Adalgisa, de poderoso caudal, tersa e impecablemente colocada. Nos ofreció un magnífico espectáculo vocal y se alzó como protagonista inesperada en cada una de sus apariciones en compañía, aunque pareciera moderar generosamente su emisión para adaptarla a los medios de sus compañeros. Esto es tener clase. Sin embargo, su vocalidad rechinó con el espíritu del personaje. El color oscurísimo y la densa calidad de su voz no acaban de encajar con el perfil de joven e inocente sacerdotisa –recordemos que el papel es originalmente para soprano aunque sea frecuentemente abordado por mezzos. Si con Auyanet la atención vuela a los aspectos teatrales, con Margaine los oídos nos dirigen a un canto exuberante. 

Adalgisa (Clémentine Margaine)
© Javier del Real | Teatro Real

Anduvo justo el Pollione de Michael Spyres, voluntarioso, parecía siempre dispuesto a despegar desde un centro sólido, pero se perdió en cada incursión en el tercio alto. Tampoco destacó en el aspecto dramático, invisible en la escena, su función consistió en confirmar que esta Norma es cosa de mujeres. Por su parte, el breve, pero excelente Oroveso de Roberto Tagliavini demostró que belleza de canto y rotundidad no tienen por qué estar reñidas.

En el foso, la lectura Marco Armiliato creció según avanzaba la obra, desde un bullicioso y poco refinado inicio a un segundo acto donde supo potenciar los clímax emocionales de cada uno de los dúos. Ahí precisamente estuvieron los mejores momentos de la velada, en la complicidad de unos cantantes que resolvieron sus diferencias vocales para, apoyados por la orquesta, conjugar la belleza de sus voces y expresar arrebatadoramente las pasiones contradictorias que construyen la obra de Bellini. 


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