Norma es un icono, un estado emotivo; Norma es la evocación de un universo que puede llegar a nosotros solamente a través de unas melodías únicas y una sonoridad atemporal. Símbolo del belcantismo que se expresa en un dramatismo que alcanza lo sublime, Norma es uno de esos títulos que raramente falta en las temporadas de los teatros líricos. Hay Normas de todo tipo y todas las grandes sopranos se han medido con el papel protagonista, siendo así una ópera tremendamente popular y que somete por tanto a una notable presión a los cantantes. Pero también lo hace con la puesta en escena: ¿qué más proponer? ¿Qué inventar para remozar un título archiconocido? ¿O tal vez sea mejor simplemente ponerse al servicio del reparto musical?

Escena de Norma con Hibla Gerzmava en rol titular en el centro
© Javier del Real | Teatro Real

Estas dudas probablemente se habrán presentado también a Justin Way, encargado de esta nueva producción del Teatro Real, que intenta buscar algún giro dramático inesperado, pero que comete alguno de los más imperdonables errores que todo montaje puede tener. El recurso del teatro dentro del teatro no encuentra posible desarrollo por la acción misma del libreto y además hace incomprensible la figura de Norma, que vive atravesada por la tensión entre su amor secreto y la devoción hacia su comunidad. Si Norma no es más que una actriz que representa el papel en la Italia dominada por los austriacos ¿qué sentido tiene todo el segundo acto que se desarrolla supuestamente fuera de las escenas? ¿Dónde queda la centralidad del vínculo sagrado si ella en realidad no es una sacerdotisa? Ya no se trata de si es verosímil o no, cuanto de desaprovechar las tensiones del personaje, quebrantando un eje fundamental. Si a ello le sumamos una escenografía que sacó a relucir modestos decorados, la opción mejor, después de algunos números, es abandonarse a la sublime partitura de Bellini y concentrarse en el aspecto musical.

En relación con la Orquesta Titular del Teatro Real, cabe decir que sonó con decisión, como suele ser habitual, aunque en la obertura se escucharon algunas estridencias y se plasmó una sonoridad a la que le faltó un poco de hechura y calado. Según se desarrolló la obra, Marco Armiliato supo acompasar mejor las intervenciones desde el foso, sosteniendo bien a los cantantes y al Coro Titular. Este último fue convincente dando buen cuerpo a las escenas colectivas.

En cuanto a este segundo reparto de la producción, brillaron las dos protagonistas femeninas, mientras que el Pollione de John Osborn no pudo mantenerse al mismo nivel. Osborn posee una voz elegante, de baricentro bajo y con buena agilidad, pero le cuesta llegar a las notas altas tanto en potencia, como en entonación, lo que le lleva a prepararlas demasiado. A pesar de sus límites, hay que decir que fue de menos a más y tuvo un momento destacado en "In mia man alfin tu sei". Por otro lado, el Oroveso de Fernando Radó y el Flavio de Juan Antonio Sanabria, así como la Clotide de Berna Perles, acometieron correctamente sus papeles en las escasas intervenciones que les corresponden.

Adalgisa (Annalisa Stroppa) y Norma (Hibla Gerzmava)
© Javier del Real | Teatro Real
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De la Norma de Hibla Gerzmava, hay que reconocer la voz potente, con facilidad para alcanzar el tercio alto y que no carece de ductilidad. Es cierto que en las notas más agudas, su voz se tiñe de matices algo metálicos, así como desde un punto de vista dramático no consiguió encarnar toda tortura interior del personaje, pareciendo más cómoda en los momentos más brillantes que en los más intensos. Inevitable no citar "Casta Diva" -vara de medida de toda soprano que canta Norma- que Gerzmava entonó con convicción aunque con un fraseo y unos respiros no muy naturales y un vibrato por momentos demasiado marcado. Aun así Gerzmava se creció en los números con su compañera de reparto, la mezzosoprano italiana, Annalisa Stroppa. Su Adalgisa robó ciertamente la escena, siendo el rol más sobresaliente del reparto. Grande intensidad dramática, voz firme, de belleza destacable en todos sus registros, Stroppa dejó su huella en todos los momentos en los que intervino, irradiando verdaderos destellos que traspasaron lo improbable de la puesta en escena. Las escenas "Sola, furtiva al tempio" o "Deh, con te, con te li prendi" devolvieron la magia a través de su entendimiento y una exquisita musicalidad.

Nunca es fácil medirse con Norma, y menos aún en tiempos de pandemia, pero la producción que propuso el Real en esta ocasión no tiene la suficiente ambición como para quedar en el recuerdo. Salvada desde el respecto vocal, la velada alternó momentos agradables, algún que otro detalle algo embarazoso, y ciertos momentos de musicalidad pura, los cuales nos transportaron a las alturas incalculables e irrepetibles a las que puede acceder la voz humana.

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