Acostumbrados a los solemnes oratorios religiosos y a las óperas que narran heroicas epopeyas, la Parténope se presenta como una curiosidad dentro del repertorio de Handel. Una curiosidad que, en su excepcionalidad, está repleta de belleza. Destacan sus recitativos con un mayor interés musical que en las óperas serias del compositor alemán. En consecuencia, tenemos algunas arias más breves, pero esto, lejos de plantear un problema, se convierte en una oportunidad que el director de escena Christopher Alden supo aprovechar para construir una de las óperas barrocas más dinámicas que hemos podido disfrutar en nuestro Teatro Real.

Los personajes de la ópera de Parténope en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

La escena comienza, según lo que prometía lo anunciado por el teatro, en un ambiente burgués inspirado en el art decó neoyorquino. Parténope pierde la corona y se convierte en una diva de los años 20. Un papel en el que encaja bien el personaje y en el que Brenda Rae supo desenvolverse con gran seguridad y naturalidad. No entendí, sin embargo, como el otro monarca, Emilio, es transformado en un paparazzi. En este caso fue una adaptación más forzada del personaje que no terminó de encajar y complicó la comprensión del ya de por sí enrevesado argumento. No faltaron los guiños cómicos, grotescos y forzados, pero seguramente con esa intencionalidad: buscar lo grotesco, casi lo soez, en contraste con una escena pulcra y elegante. Cumple en este aspecto Alden el objetivo de Handel: hacer de su ópera una sátira de la comedia de enredos y de los argumentos de las óperas italianas del momento. Irónicamente, esta sátira causó el enojo de los puritanos del momento ‒a pesar de que el Mayflower ya había partido hacia América cien años antes‒ y la versión de Alden también provocó más de un desaire.

Brenda Rae (Parténope)
© Javier del Real | Teatro Real

En el foso encontramos una Orquesta Sinfónica de Madrid que Ivor Bolton “barroquizó”. Los metales tocaron con sus respectivos barrocos y el maestro se trajo de Inglaterra a los músicos necesarios para reforzar el bajo continuo. Aunque comenzaron con garbo y sonoridad, ya en la introducción, al cabo de pocos minutos, el bajo continuo se vio sobrepasado por el resto de la orquesta, lo que resultaría una premonición de lo que escucharíamos durante toda la velada. Fuerza y direccionalidad al comienzo de las arias que se iría diluyendo hasta perder ese necesario ímpetu que el bajo confiere a la música de esta época.

En cuanto a las voces hubo luces y sombras. Al comienzo parecía que los timbres de los contratenores no acababan de encajar entre ellos. Enseguida se destacó la voz de Brenda Rae, ligera y con volumen alcanzaba los agudos con un vibrato que deslucía a su vez los ornamentos en los que carente de ese vibrato no conseguía que su voz sobresaliera. Su amante Arsace, encarnado por Iestyn Davies, entonó unas líneas elegantes y suaves, a veces demasiado suaves, con lo que le lucieron más las arias de los actos segundo y tercero que del primero. No obstante, si supo sacar la voz en el aria "Furibondo spira il vento" hacia el final del segundo acto, quizás el número más famoso de la Parténope. En él Davies demostró gran musicalidad en una cadenza muy lograda. El otro pretendiente, Armindo, al que puso voz Anthony Roth Costanzo, si consiguió destacar más en el primer acto con una voz bastante aceptable a pesar del agitado movimiento escénico que Christopher Alden le propone para la escena del "Voglio dire al mio tesoro". Igualmente movida fue el aria que más aplausos le brindó: un divertidísimo "Nobil core che ben ama" en el que vimos claqué y hasta zapateados y castañuelas.

Teresa Iervolino (Rosmira), Anthony Roth Costanzo (Armindo)
© Javier del Real | Teatro Real

Teresa Iervolino interpretó el papel de Rosmira travestida como Eurímene y presentó un chorro de voz constante, un timbre exquisito y un volumen adecuado. Supo adornar con gusto las arias y a pesar de que tuvo que forzar algún ataque al agudo, en líneas generales entonó unas arias muy orgánicas y repletas de musicalidad. Jeremy Ovenden no consiguió destacar con este Emilio convertido en paparazzi. Ni el volumen ni el timbre poco brillante fueron los adecuados para lidiar con la orquesta de Ivor Bolton que en los momentos de la batalla al comienzo del segundo acto supo sacar un gran potencial, justo cuando Emilio tiene un papel más protagonista. Completa el reparto el barítono Nikolay Borchev en el papel de Ormonte con un único aria en el primer acto: "T’appresta forse Amore". Teniendo en cuenta que sigue la tradicional forma del aria da capo, me hubiera gustado escuchar una mayor variación en la repetición que fue un tanto anodina.

A modo de resumen, Christopher Alden ha sabido crear con el material de Handel y tan solo recortando algunos recitativos una ópera gamberra y divertida que, aunque trasladada al art decó de los veinte, sigue manteniendo el espanto de lo grotesco que tanto se satiriza al rememorar el barroco. Por otra parte, al Teatro Real aún le queda trabajo para convertirse en un auténtico referente en ópera barroca. No obstante, estrenos como éste hacen que vaya sumando puntos en un campo que merece la pena ser explotado.

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