“Britten es talismán en el Real”, se comentaba en los círculos cercanos al teatro en estas últimas semanas, con la doble esperanza de repetir los éxitos incontestables que las obras del compositor inglés han tenido en la era Matabosch, y añadir además una nueva hazaña al palmarés con el que nuestro coliseo continúa asombrando a toda Europa en este año de cierres por pandemia. El anhelo se ha recompensado, estamos ante la producción más redonda de una temporada de muy buen nivel. Este Peter Grimes es un imprescindible para la cualquier amante de la lírica o el drama.

Allan Clayton (Peter Grimes), Clive Bayley (Swallow), actores y Coro Titular del Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

La directora de escena Deborah Warner repite con esta propuesta el éxito que ya obtuvo con su galardonado Billy Budd, sobre estas mismas tablas. El libreto, de Slater y el propio Britten, nos presenta un protagonista con una doble faceta de víctima y verdugo, de cazador y presa. En consecuencia, los sentimientos contrapuestos, las emociones encontradas, la empatía y el rechazo dominan también la mayoría de las producciones. Warner, sin embargo, toma partido por el pescador y resuelve el conflicto a su favor; su Grimes es, ante todo, un mártir acosado por el populacho, que lucha por evitar su ineludible destino. Lo que podía haber sido una simplificación imperdonable funciona bien como alegato político en sus expertas manos.

Natalia Labourdette y Rocío Pérez (sobrinas), Jacques Imbrailo (Ned Keene), actores y Coro
© Javier del Real | Teatro Real

A través de una cuidadísima dirección de actores, Grimes emerge como icono de los parias, de la soledad como modo de existencia. Un poderoso y depuradísimo lenguaje escénico envuelve la acción. Warner demuestra su valía al hacer belleza con la desolación y lo grotesco como materias primas. Las breves e inquietantes apariciones del mundo onírico, ingrávido, de azul aguamarina, se combinan con el chabacano bullicio de la superficie costera, y nos demuestra que, en las manos adecuadas, la poesía también puede ocurrir en sucios arrabales.

El coro, la manada despersonalizada y opresora, el verdadero antagonista de Grimes, se articula a través del anonimato. La diversidad de los figurines los hace irreconocibles como individuos y les permite desplegar el odio colectivo desde la seguridad del camuflaje. Los personajes concretos que de él se despegan apenas tienen protagonismo; tras pronunciar sus frases, la masa a la que pertenecen los vuelve a engullir. El aspecto vocal vuelve a estar al buen nivel que nos tiene acostumbrados el Coro Intermezzo (Coro Titular del Teatro Real) en los últimos años, combinando un aparente caos en las escenas de desenfreno, con la unanimidad sin fisuras de sus numerosas condenas al desdichado paria.

Allan Clayton (Peter Grimes)
© Javier del Real | Teatro Real

Allan Clayton debuta en el papel con esta producción, quién lo diría. Encarna a la perfección la figura de perseguido, la angustia del que apenas sobrevive al día y ha sido condenado por principio. No hay rastro de amenaza ni rudeza en su vocalidad –sus episodios de fuerza son de autodefensa– y logra desplegar magistral su vena más delicada a través de la fragilidad lírica, en su reflexión sobre el dolor y el universo, en el final del primer acto, el momento más memorable de su sobresaliente actuación. Maria Bengtsson parece consciente de su papel de ángel redentor y lo refleja en una emisión limpia y cristalina, reforzada por un squillo poderoso, pero siempre balsámico. Su lenguaje corporal nos anuncia que su tarea está destinada al fracaso, un acierto más de la magnífica dirección de actores de Warner. Del resto de los personajes cabe destacar la potencia trágica del recitativo de Christopher Purves como Balstrode, animando a Peter a desaparecer, y la malicia sensual de las dos sobrinas interpretadas por Rocío Pérez y Natalia Labourdette. El evocador cuarteto de mujeres del segundo acto, interpretado con reminiscencias straussianas, demostró la impecable calidad del reparto femenino.

Allan Clayton (Peter Grimes) y su aprendiz (Saúl Esgueva)
© Javier del Real | Teatro Real

Desde el foso, Ivor Bolton pudo crear un ambiente tenso que mantuvo intacto desde el primer minuto hasta el final de la obra –no es fácil conseguir que la sala entera se paralice en los instantes de silencio. Dramáticamente, nos transportó al corazón de la naturaleza en los interludios, y a las despiadadas entrañas del destino en cada escena. La orquesta ha vuelto demostrar la excelente calidad con la que nos asombró en Siegfried, superando las dificultades de una partitura que impresiona con la rotundidad de sus fortes, pero cuyos mayores secretos radican en el colorido instrumental y la narrativa rítmica.

Este estreno ha venido precedido de atención mediática por asuntos que nada tienen que ver con lo artístico: el Brexit, un conato de brote y la sed de escándalos de algunos medios. Además, la noche del estreno el público contó con la presencia de más personajes públicos que un principio de temporada –parece que al poder cada vez le gusta más la ópera. Pero no nos equivoquemos, si esta noche será recordada largo tiempo es simplemente por lo que ocurrió en el escenario: creatividad, arrojo, grandeza, buena música y un sentido dramático profundamente humano; verdadera ópera, nada menos.

*****