Muy atractiva propuesta desde la Casa da Música de Oporto, conformada por un programa de contrastes que ejemplifica a la perfección la trayectoria musical iniciada hace quince años con la inauguración del fascinante auditorio diseñado por Rem Koolhaas. Un marco ideal para que, desde la dirección artística, António Jorge Pacheco haya llevado a cabo su sueño de aproximar al gran público las vanguardias musicales, tanto del pasado como de la contemporaneidad.

Si a priori asociamos los nombres de Scelsi y Respighi a mundos sonoros antagónicos, su valiente maridaje en un único programa, intercalando las tres monumentales piezas que constituyen la trilogía romana de Respighi entre cada una de las cuatro miniaturísticas piezas de Scelsi, resultó en una experiencia musical absolutamente reveladora. Más allá de la epidérmica conexión geográfica, ambos autores comparten un dominio de la escritura orquestal, tanto a nivel macroscópico como microscópico. Este aspecto es obvio en Respighi, no tanto en Scelsi; sin embargo, la producción sinfónica de este último, anterior al giro estilístico que experimentó en los años cincuenta, ya prueba su excelente talento orquestador; valga como ejemplo su La nascita del Verbo.

El director Stefan Blunier
© Schafgans

La Cuatro piezas giran temáticamente en torno a una única nota. Sin embargo, la concepción de Blunier, admirador y especialista en esta música, demostró que en absoluto se tratan de piezas minimalistas, predecibles y monótonas. Ya desde la primera, en la que se presentan los “temas”, Blunier realzó su carácter sinfónico, enfatizando las variaciones dinámicas, tímbricas y sus sutiles fluctuaciones microtonales. Fue mágica la transición a las Fuentes de Roma, respetada por el público en silencio. Nunca antes había percibido de forma tan clara la deuda de esta obra con la Alpina de Strauss, estrenada tres años antes y que sin duda Respighi asimiló a la perfección. Su carácter cíclico y descriptivo; su evolución en un solo trazo desde la serenidad de Valle Giulia, el ascenso en el Triton, el galáctico clímax de Trevi y la trascendente disolución en Villa Medici, fueron recreados de forma impactante y virtuosística por los músicos de la Sinfónica de Oporto, evocando a esas grandes “alpinas” en concierto que todos llevamos impresas en la memoria.

Un tramonto preciosista -al estilo del Sonnenuntergang straussiano- se fundió de forma mágica con la segunda pieza scelsiana, no en vano es la más introspectiva del ciclo. Blunier acentuó su dramatismo al máximo, confiriendo a su clímax un carácter estremecedor. Concluyó la primera parte con Pinos de Roma. Un caballo de batalla para cualquier orquesta que requiere un orgánico expandido al máximo. Tras disfrutar la temporada pasada del hacer de la Sinfónica de Oporto en el repertorio romántico, tenía curiosidad por ver la respuesta orquestal en un contexto bien distinto. El resultado fue gratísimo, con una orquesta muy inspirada y equilibrada en todas sus secciones. La labor de renovación e internacionalización de la plantilla, pero también de incorporación de talentos jóvenes -reflejo del notable impulso de la educación musical en Portugal- ha dado excelentes frutos. Imposible realzar una sección, aunque merece especial mención el trompeta alla lontananza en su mahleriano solo, la crucial presencia del órgano de la sala Suggia y la percusión en pleno en la orgía sonora de la Via Appia; sobrecogedora como pocas veces se podrá escuchar en una sala de conciertos.

La tercera pieza scelsiana supuso un descanso percusivo y un oportuno viaje interior antes de abordar el brutal Circense de las Fiestas romanas. Máximo reto para el director este brutal cambio de paradigma; pero Blunier venció y convenció, demostrando que podemos augurar grandes hitos de su vinculación con la orquesta portuense. Su bagaje musical y directorial es indiscutible; únicamente podría resultar un tanto problemática su extroversión en el pódium, pero probablemente fue un reflejo del extremo programa. Su autoridad se contagió al público que mantuvo el silencio tras el colosal estallido de La Befana, abordándose sin solución de continuidad la cuarta pieza, la más explosiva de las cuatro, y que a pesar de lo camerístico de sus efectivos resultó no menos impactante que su festivo predecesor. Tras ella el público estalló en unánimes aplausos como pocas veces la música de Scelsi habrá desencadenado. Sorprendente colofón a una inolvidable y clarividente fusión de gran música.

El alojamiento en Oporto de Pablo Sánchez ha sido facilitado por la Casa da Música.

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