El proyecto Beethoven de Javier Perianes y Juanjo Mena, iniciado en Londres en febrero de este año, se enfrentaba en el Festival de Santander a una auténtica prueba de fuego. Ya en la recta final de un intenso mes de espectáculos musicales, el público, que abarrotaba expectante el Palacio de Festivales, había tenido la oportunidad de disfrutar de algunas de las mejores orquestas, directores y solistas de la actualidad. Sin ir más lejos, esa misma semana una gran dama del piano Maria João Pires llevaba a Santander su mítica concepción de las sonatas de Beethoven. En ese contexto de excelencia, la voz singular e intimista de Perianes, la dirección inspirada y perfeccionista de Mena, y una London Philharmonic Orchestra con un número de efectivos sabiamente escogido, cosecharon un éxito indiscutible.

En la primera parte, el inefable pianismo de Perianes destacó especialmente en los movimientos lentos, el Adagio del Op.19 y el Largo del Op.37, por su fraseo milagroso, de una claridad, una belleza y, sobre todo, de una expresividad que pocos pianistas del presente han alcanzado en estas obras. Sereno y atemporal el primero, nostálgico y conmovedor el segundo, ambos movimientos fueron sublimes de principio a fin. Los movimientos extremos de ambos conciertos vinieron definidos por su instrumentación; más parca, en el Concierto núm. 2, más beethoveniana la del núm. 3, con la habitual presencia de timbales y trompetas. En ambos casos el protagonismo ya no fue tanto de la voz solista como del primoroso trabajo de dirección de Juanjo Mena.

El director Juanjo Mena © Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos
El director Juanjo Mena
© Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos

Decir que éste supeditó la orquesta al solista –algo tan habitual en el repertorio concertístico–, sería ignorar un magnífico trabajo de concertación en el que Mena contó con un instrumento de primer orden, la LPO, famosa por sus interpretaciones románticas y postrománticas, pero que en el resbaladizo territorio del clasicismo, demostró un sentido de ensemble milagroso, exhibiendo un sonido inmaculado en afinación, empastado hasta lo imposible. Los tempi en los movimientos extremos fueron vivos y su expresión estuvo carente de la retórica y la grandilocuencia con la que tantas grandes batutas del pasado los han recreado. El resultado fue una velada de música de cámara perfectamente tejida. Un deleite continuo, en el que, por citar un ejemplo concreto, destacaría las armonías mozartianas del Largo, en las que la LPO y Mena dieron vida a un torrente de texturas sonoras auténticamente sublimes. A pesar del reducido número de músicos, la calidad y la pureza de su sonido rompió cualquier barrera física para llenar hasta el último rincón del Palacio de Festivales.

Javier Perianes y Juanjo Mena durante el concierto en el Palacio de Festivales © Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos
Javier Perianes y Juanjo Mena durante el concierto en el Palacio de Festivales
© Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos

La segunda parte redondeó la velada con la que a juicio de muchos es la gema de esta colección de conciertos: el Cuarto, Op.58. Menos camerístico, está recorrido de principio a fin por un genuino aliento sinfónico, incluso en sus momentos más intimistas. Una vez más, Mena fue el artífice del balance y la claridad que caracterizaron el continuo diálogo entre solista y orquesta. Un mínimo desliz de las trompas en la introducción fue totalmente anecdótico frente a una arquitectura global tan bien construida. Las dinámicas y agógicas, tan decisivas en este concierto, con su discurso musical tan rico e imprevisible, fueron trazadas a la perfección. De forma más específica, la afamada chelista principal de la LPO, Kristina Blaumane, en su diálogo más individualizado con el solista en el Rondó, aportó un color e intensidad como pocas veces se puede escuchar en esta obra.

Un Perianes efusivo y extrovertido, y una orquesta iluminada, muy especialmente en los pasajes más hímnicos del movimiento, pusieron el colofón a una sensacional velada que, a pesar de la uniformidad de su contenido, mantuvo de principio a fin atrapado a los oyentes en sus asientos.

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